Marian Rosado Gallardo Maastricht, algo más que el nombre de un tratado europeo
Entre Bélgica y Alemania, al sur de Holanda, se encuentra una pequeña ciudad de impronunciable nombre para los hablantes alejados del neerlandés: Maastricht. La ironía es que se podría decir que Maastricht es neerlandesa sólo en eso, en su nombre. Nada más llegar a la capital de Limburgo, el visitante se percata de que se respira una atmósfera diferente, algo familiar, cálida, incluso mediterránea. Y es que, aunque el resto de Europa conozca Maastricht más que nada por el Tratado firmado en 1992 –un cimiento más hacia la unidad europea–, la ciudad bañada por el río Mosa es la más antigua de los Países Bajos, junto con Nimega. Por eso, desde ser ciudad de control fronterizo en el Imperio Romano hasta impulsora de la Revolución Industrial holandesa, pasando por ciudad de peregrinaje en la Edad Media o disputada por españoles primero y franceses después en el siglo XVII, Maastricht tiene influencias del sur europeo que la alejan de lo nórdico. Esto no sólo se comprueba en su ingente patrimonio histórico, sino en el carácter afable, alegre y abierto de sus gentes. Quien visita Maastricht encuentra algo más que “piedras”. Puede disfrutar de naturaleza en los alrededores o de un auténtico ambiente cultural, universitario y cosmopolita en el centro. Todo esto mientras hace unas compras, bien en sus prestigiosas boutiques bien en otras tiendas más asequibles, y disfruta de un bufé abierto de alta cocina (cinco restaurantes de la ciudad poseen la famosa estrella Michelín) o también de su delicioso queso y vino en restaurantes menos acomodados.
El discreto, aunque eficiente, transporte público (a partir de las 7 de
la tarde los autobuses pasan sólo cada hora), invita a seguir el ejemplo
de sus habitantes y coger una bicicleta para moverse por la ciudad, sin
duda lo más recomendable. Eso, y evitar intentar nombrar la ciudad:
Maastricht. |
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