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Portada Nº Julio 2010
Reportajes y Entrevistas
Sección General

 


JUAN MANUEL EGUIAGARAY, DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN ALTERNATIVAS

“La magnitud de la crisis que vivimos va a exigir esfuerzos muy amplios durante mucho tiempo”

Juan Manuel Eguiagaray: “La educación es una fuente de igualación de oportunidades para los ciudadanos y un factor de progreso social, de crecimiento económico y de prosperidad” (foto  F. A.)
 

“El País Vasco es, en estos momentos, un factor de esperanza”
 


 Por GEMA SUÁREZ SÁNCHEZ

Juan Manuel Eguiagaray Ucelay nació en 1945 en Bilbao. Se crió entre la capital vizcaína y la localidad de Amorebieta. Estudió con los jesuitas. En 1976 se incorporó al Partido Socialista de Euskadi, dejando su actividad como profesor de Economía en la Universidad de Deusto. Fue diputado provincial de Vizcaya entre 1979 y 1981. Diputado del Parlamento Vasco desde 1980 hasta 1988 y secretario general de los socialistas vascos entre 1985 y 1988, año en el que fue nombrado delegado del Gobierno en la Región de Murcia. En 1990 fue elegido miembro de la ejecutiva federal del PSOE.    

En 1991 se incorporó al Gobierno de Felipe González, primero como ministro de Administraciones Públicas y en julio de 1993 sustituyó a Claudio Aranzadi como titular de Industria y Energía hasta mayo de 1996. Durante su gestión, se puso en marcha el Plan Prever y se inició el proceso de privatización de empresas públicas como Indra, Endesa, Enagas, Iberia, etc., todas ellas participadas por el Instituto Nacional de Industria (INI), hoy Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI).  

Actualmente, es miembro del consejo asesor de la Fundación Grupo EP, de CAP Gemini España y miembro del consejo de administración de EADS Participations B.V. Asimismo, es director de la Fundación Alternativas. 

PREGUNTA.– ¿Cómo valora hoy el resultado de estas privatizaciones para el tejido industrial español y la competitividad del país? 

RESPUESTA.– Fue el resultado de una decisión largamente meditada. Nos parecía que lo que se había generado en el ámbito público, y que precisamente se había convertido en la crema de las empresas importantes del país, no necesariamente tenía que mantenerse indefinidamente en el sector público.  

En aquel momento, cuando se iniciaron las privatizaciones, no lo concebíamos como un modo de hacer caja, que es lo que después se pensó, sino más bien como un proceso en el cual el sector público no está necesariamente para encuadrar empresas que puedan funcionar con total efectividad en ámbito privado. El sector público tiene otras funciones seguramente más relevantes, y en la medida que no sea indispensable tenerlas en el sector público, probablemente está bien que pueda haber accionistas privados que garanticen su futuro.  

Por lo tanto, mi valoración de aquel esfuerzo que hicimos, que fue pionero y discutido por algunos que creían que esto era una negación de las esencias ideológicas del socialismo o por quienes creían que era un proceso demasiado tibio, creo que fue algo que marcó el camino de tiempos posteriores.  

Lo que sí lamento es que otros, en un periodo en el que se identificó de una manera demasiado ligera eficiencia y economía con el sector privado, fueron capaces de colar ante los benevolentes ojos y oídos de los ciudadanos de este país que la privatización equivalía poco menos que al cielo y que no se podía esperar más que una suma de bienes de ella, lo cual evidentemente ni era, ni será nunca, el resultado razonable.  

Pero iniciamos un periodo, yo creo que con una cierta mesura. Cuando después el Gobierno del Partido Popular sucedió al Gobierno del Partido Socialista, no dudó en utilizar la privatización de empresas públicas para convertirlas en la base de un poder político, al frente del cual colocó a algunas personas demasiado relacionadas con el propio Partido Popular y con el Gobierno del señor Aznar. 

P.– Hoy estamos viviendo una continuación de este proceso, como el caso de Iberia, que llega a un acuerdo con British Airways, o el de Endesa, que ha pasado a manos de la compañía eléctrica italiana Enel. ¿Qué opina usted de estos cambios?   

R.– Es un escenario completamente distinto. Iberia ya es una empresa privada. En su momento, yo tuve que afrontar no pocos problemas para sacar a Iberia del sector público, para hacer de ella una empresa eficiente y para que fuera posible su recapitalización, que requería la autorización previa de la Comisión Europea.  

De aquellos esfuerzos, no siempre bien entendidos ni muchísimo menos aplaudidos, surgió una empresa que hizo un gran esfuerzo por convertirse en una compañía aérea moderna. Ahora, con todo lo pasado, veo con modestísima satisfacción que aquellos esfuerzos hayan posibilitado una fusión con British Airways en condiciones de casi paridad.  

Visto con los ojos de hace diez, quince años, esto era una aventura imposible. Hoy, sin embargo, es el resultado de haber hecho hace muchos años algunos deberes y de haber empujado a esa compañía a que se busque la vida, que naturalmente es lo que tienen que hacer las empresas en una economía de mercado. 

Algo parecido se puede decir de las eléctricas. En este país, desde la postguerra hasta los años sesenta y setenta, había mucha minería y se tenía que producir gran cantidad de energía a partir de las minas de carbón. Dentro del sector público, Endesa se convirtió en una empresa potentísima. Y debo decir, además, que viniendo de unos orígenes que empujaban en la dirección de la menor eficiencia, se convirtió por una excelente gestión en una de las mejores empresas energéticas del país.  

Su privatización se inició conmigo y luego continuó. Endesa es ya hoy una empresa privada. Luego se han producido decisiones que han llevado a que su capital mayoritario sea italiano. Me hubiera gustado un destino algo diferente, pero probablemente es también el resultado de algunas de las insuficiencias de los propios gestores anteriores, y ciertamente de un proceso bastante complicado en una economía globalizada como la europea, en la que no pueden ponerse puertas al campo y hay que aceptar que lo mismo que los españoles adquirimos aeropuertos británicos, los italianos pueden eventualmente comprar empresas españolas.  

P.– ¿Podría haber caído en manos alemanas? 

R.Podría. La discusión sobre si era mejor o peor no debe hacerse en términos fundamentalistas. Lo que quiero decir es que seguramente son resultados derivados de nuestras incapacidades. No digo que me resulte indiferente que el capital de las empresas sea nacional, europeo o de otros países. No es indiferente, de ahí se derivan algunos efectos. Pero discutir entre Francia y Alemania, o entre Italia y Alemania, se presta a no pocas dosis de demagogia. No estoy seguro de que la decisión que finalmente surgió sea la mejor de todas, pero es legítima o tan legítima como otras.  

Lo que creo es que la reflexión no debiera conducirnos a que las empresas españolas tienen que ser solamente de capital español. Esto es una visión nacionalista incompatible con la Unión Europea y con la economía globalizada. Además, no debemos caer en la ingenuidad de creer que estas decisiones son solamente producto del azar, sino que en ocasiones son el resultado de nuestras propias insuficiencias. 

P.– Usted fue quien ideó el Plan Prever para renovar el parque automovilístico del país. ¿Este tipo de plan es suficiente para superar la crisis, o cree usted que debe ser complementado con otros?  

R.– Un Gobierno, por sí solo, no hay manera de que pueda hacer frente a una crisis de la dimensión que tiene la que estamos viviendo. En el mundo automovilístico se producen intervalos, más o menos estables, cíclicos en todo caso. En su día, el Plan Prever permitió aliviar en parte la tensión que se producía sobre una de las industrias más importantes del país, como es la automovilística. Impulsó la demanda, mantuvo la producción, contribuyó a mantener puestos de trabajo, ayudó a renovar la flota, etc. Versiones diferentes de aquel plan se han ido produciendo, afortunadamente, en los años siguientes y fue el inicio de una determinada manera de hacer en este sector.  

Pero las cosas son más complicadas y no se trata solamente de hacer planes de demanda o de incentivos a la demanda. La política impulsada en estos tiempos exige otras actuaciones. Y hoy el Ministerio de Industria impulsa no sólo medidas equivalentes al Prever, sino que se ha adentrado en planes diferentes.   

Por ejemplo, a mi me seduce mucho, porque creo que es adelantarse a las necesidades del presente y acercar el futuro, el impulso que se está produciendo con el vehículo eléctrico. Para la protección del medio ambiente, para tener un transporte urbano menos contaminante, para ahorrar energía, incluso para el mantenimiento de los puestos de trabajo y de la renovación de la industria del automóvil. El hecho de que en España se sitúen empresas que van a producir nuevos vehículos, que son los vehículos del futuro, es ciertamente una buena iniciativa y además puede contribuir energéticamente también a la sostenibilidad del medio ambiente.   

Se están empezando a impulsar estas cuestiones como parte de esa estrategia de economía sostenible. Lo está haciendo el actual ministro de Industria, y creo que tendrá que continuar en los próximos años.  

¿Todo esto es suficiente? No, nada es suficiente: la magnitud de la crisis que vivimos va a exigir esfuerzos muy amplios durante mucho tiempo. Será necesario continuar en los próximos años la tarea de introducir reformas y reorientaciones en la economía.  

P.– ¿Considera usted que la industria aeroespacial española, en concreto Casa, tiene el nivel adecuado de competitividad para garantizar su supervivencia como participante minoritario dentro de Eads? 

R.– Por precisarle un poco, Casa ya no existe, lo que existe es Eads. La empresa española Casa se integró como socio fundador en ese gran conglomerado que es Eads.  

Me parece un gran proyecto europeo, un proyecto de futuro, y sería muy bueno que España no sólo se mantuviera en él, sino que ampliara su presencia. De hecho, así lo viene haciendo: de nuestro porcentaje inicial de participación, no sólo en el capital sino en la producción, hemos ido adquiriendo nuevas responsabilidades.  

El buen hacer de las empresas, factorías e instalaciones españolas se ha reconocido. España ha ido adquiriendo porcentajes crecientes de participación en los diferentes modelos de avión que se han ido sucediendo en el tiempo, en cada nuevo proyecto, y ahora estamos por encima del doble de nuestra anterior participación.  

Esto es importante: significa que nuestra tecnología y nuestra capacidad productiva, en un área muy avanzada, no es pequeña. Significa que somos razonablemente buenos, y creo que ese esfuerzo tecnológico, industrial, de fabricación, de mantenimiento de puestos de trabajo, de expansión…, debe proseguir con una mayor presencia en los órganos corporativos de decisión de la compañía aérea Eads. Lo cual exige que nuestra presencia en el capital de la compañía, en mi modesta opinión, al menos se sitúe al mismo nivel de nuestra cuota como integrante de los diferentes productos de Eads.  

Creo que doblar la participación española en la compañía Eads es un designio razonable, simplemente para que en el futuro no tengamos que arrepentirnos de que nuestro papel ha sido ocupado por alguien que ahora no está

P.– Recientemente hemos sabido los salarios desorbitados de los controladores aéreos y de su coste para las arcas públicas, así como sus posibles efectos en la competitividad del sector del transporte aéreo español. ¿Qué alternativas viables podrían barajarse si este colectivo no aceptase una reducción salarial a niveles razonables?  

R.– No quiero meterme en el pellejo del ministro. Esta es una historia que no es nueva, no es nueva en España y desde luego no es nueva en el mundo. En otros países se han producido problemas similares y han tenido soluciones o respuestas distintas de los gobiernos.  

En algunos casos contemporizar, aguantar, tener la fiesta en paz y permitir que todo siga igual; y en otros enfrentarse a un problema cuando parecía ya insostenible e, incluso, tomar decisiones a veces muy drásticas como la militarización de los servicios de control del tráfico aéreo.  

Pienso que en España se quiere ir por una vía de entendimiento y de negociación. Pero me parece que hay una cierta pedagogía social, en virtud de la cual pequeños colectivos no debieran ser capaces de poner en jaque a un país. Creo que en eso, al menos en ese nivel y formulado de esa manera, todo el mundo debiera estar de acuerdo. Si estuviéramos de acuerdo en eso, sería bueno que diéramos pasos sosegados para tratar de que tal cosa no ocurriera, y sería deseable que no hubiera que tomar medidas de otro tipo.  

En fin, le deseo mucha suerte al ministro que tiene que gestionar un tema complicado, como lo prueba que en el pasado tal vez no siempre se adoptaron las decisiones más idóneas. En todo caso, creo que se está produciendo un ejercicio de pedagogía social extremadamente útil en este momento. 

P.– Se ha abierto una polémica importante sobre la energía nuclear y los residuos radioactivos procedentes de centrales nucleares. ¿Qué considera usted preferible, pagar a Francia o hacer cementerios radioactivos? 

R.– Como tantas cosas, creo que es un problema de decisión social. Somos libres para decidir qué queremos hacer. Lo malo es cuando tomamos decisiones cuyas consecuencias después no parece que estemos dispuestos colectivamente a aceptar, y esto es lo que produce una cierta zozobra.  

Un país puede ser libre de decir: “no quiero energía nuclear para el futuro”. Y en ese caso, tendrá que tomar una determinación sobre qué quiere hacer con los resultados de decisiones del pasado, con los residuos de unas centrales nucleares que probablemente estén en funcionamiento en ese momento. Ahí puede decidir: “me voy a gastar una pasta gansa en hacer que los residuos se los lleve Francia o quien sea”.  

Sería bueno que todos fuéramos conscientes de cuánto cuesta esa decisión y que, cuando la tomáramos, supiéramos que con eso nos empobrecemos un poco. Sería bueno para tomar las decisiones de una manera informada, no como si esto lo pagara la ministra de Hacienda, que no es ella quién lo paga, lo pagamos entre todos.   

Y la otra cuestión, que es la que más me preocupa, es que adoptemos la decisión de tener energía nuclear. De saber que ello lleva consigo residuos y la conveniencia de dotarse de un marco para la decisión, incluso por consenso en el Congreso, sobre la necesidad de tener una planta o un lugar para la ubicación en las mejores condiciones de seguridad de los residuos radioactivos. Para que luego, sin que nadie haya objetado que eso sea razonable, cuando aparezca en el horizonte que el lugar designado puede ser este o aquel, no tengamos que oírles a algunos decir: “no, no, yo estaba de acuerdo, pero siempre y cuando no fuera conmigo, que no me tocara a mi”.   

Esto me parece que pone de relieve algunos problemas en los mecanismos de decisión colectiva, y creo que eso es lo que la gente no quiere encontrar en las decisiones públicas. En fin, el mundo y la sociedad son complejos, pero no es fácil aceptar que nos demos unas reglas y luego nos las saltemos, dependiendo de si nos viene un poquito mejor o un poquito peor.   

Como país necesitamos tener unas reglas respetadas por todos, y creo que ahí se está poniendo de manifiesto la existencia de ciertos problemas, de algunas disfuncionalidades del sistema.  

La fundación que dirige Juan Manuel Eguiagaray fue creada en 1997 con el objeto de promover la reflexión política, social, económica y cultural en España y Europa. Cuenta con un laboratorio de estudios para el desarrollo de las ideas de progreso y su traslado a las políticas públicas, sometiendo dichas políticas a un escrutinio permanente, analizando su adecuación a la creación de una sociedad más avanzada en libertades, justicia, equidad social y progreso económico. Una de sus más recientes publicaciones es el Tercer Informe sobre la Democracia en España, 2009.  

P.– Uno de los objetivos de la Fundación Alternativas ha sido generar ideas sobre la educación. Teniendo en cuenta que en los últimos años se han sucedido varios cambios legislativos sin resultados, nos gustaría saber qué opina usted sobre las nuevas propuestas políticas que se están debatiendo y qué plantea la Fundación en este ámbito…   

R.– Tenemos una sección dentro del laboratorio que se llama Alternativas en Educación, en la que pretendemos ofrecer la mejor información sobre los rasgos de nuestro sistema educativo y sobre las políticas educativas que se están llevando a cabo fuera de España, dentro de España y en las distintas comunidades autónomas. Ofrecemos un banco de datos excelente, creo yo, para los investigadores.   

La educación nos parece tan importante, desde el punto de vista del presente y el futuro, que es una fuente de igualación en las oportunidades de los ciudadanos: no importa en qué condiciones, en qué familia o en qué lugar nazcan. Es también un factor de progreso social, de crecimiento económico y de prosperidad.  

Por eso estamos persuadidos de que la educación, sobre la que siempre habrá doctrinas y aproximaciones distintas, necesita al menos un marco común de entendimiento. Hemos tenido leyes comunes y compartidas, pero sin embargo la educación se ha convertido, en demasiadas ocasiones, en un campo de disputa entre unos y otros, entre el Gobierno y la oposición, entre el PSOE y el PP, etc.  

Creo que tiene toda la razón el ministro de Educación al tratar de buscar un pacto. Un pacto no para ignorar las diferencias, pues no hay ninguna razón para que todos tengamos que pensar lo mismo, sino para que circunscribamos las diferencias a aquello en lo que de verdad diferimos, sin que pretendamos diferir en todo.   

Al fin y al cabo, discutir sobre educación para la ciudadanía está muy bien, pero eso no nos impediría saber que hay que impartir matemáticas, literatura, lengua, historia y unas cuantas materias más. Y hay que hacerlo bien, con profesionalidad. La gente tiene que salir del sistema educativo con un nivel de suficiencia, al menos en algunas de estas disciplinas y en algunas habilidades y destrezas básicas.   

Esto es lo que me parece fundamental, que sepamos sacar del debate político lo que compartimos como ciudadanos de distinta condición ideológica: qué es y qué función tiene el sistema educativo. Y yo creo que ese es el tema principal.   

Por tanto, estamos pensando en la organización de un seminario sobre el pacto educativo, con la idea de que algunos de nuestros mejores especialistas en sociología de la educación, en economía de la educación, etc., aporten sus ideas para construir los mimbres de un eventual pacto educativo si finalmente los partidos políticos se ponen de acuerdo.  

En una sociedad democrática y avanzada, se supone que debemos tener valores convenidos y compartidos, así como un buen conocimiento de la experiencia de los demás países para adoptar algunas de sus mejores prácticas como parte de nuestro sistema educativo.   

P.– En los últimos años se ha seguido una política de crecimiento de los fondos dedicados a investigación e innovación. No obstante, dichos fondos se han asignado a través de préstamos para investigación y no como gasto real. ¿Cuál es su opinión sobre esta política? ¿Cree usted que sería más efectivo que el Estado dedicase estos fondos a becas de investigación e inversiones directas en centros de investigación?    

R.– Me preocupa un poquito menos la manera en que se materialicen los apoyos, que el que de verdad haya apoyos. Discutir sobre créditos o sobre subvenciones es una discusión demasiado técnica.   

Lo importante es que en los últimos años ha habido una apuesta, muy decidida, por la investigación y el desarrollo como componentes clave del modelo de organización social de nuestro país. Habíamos hecho demasiados discursos en tal dirección, pero había poca implementación en términos de impulso y apoyo presupuestario.   

Nada es blanco o negro, pero parece que hay un salto cualitativo en los cuatro o cinco últimos años en relación con esta cuestión. Creo que estamos en una senda razonable de aspirar a equipararnos, porque llevamos retraso, con los países de la Unión Europea en esta materia.  

¿Cómo se haría esto? ¿Por qué vías? Hay un montón de instrumentos para hacerlo. Me parece que no se trata solamente de dotar a los centros públicos de investigación de fondos para su funcionamiento, ni de dotar de más fondos para que puedan contratar solamente ellos al personal dedicado a la investigación. El I+D es un sistema, un sistema que necesita objetivos jerarquizados e instrumentos adaptados a cada uno de los objetivos.   

Algunas fórmulas crediticias pueden ser instrumentos mucho mejores que la subvención para incentivar el interés, para acelerar de verdad la competencia y para introducir estímulos y celo entre quienes tienen que utilizar adecuadamente los fondos.  

Este año hay un poco menos impulso que otros, como consecuencia de la crisis. Pero este esfuerzo no se mide anualmente, sino en un período de un lustro al menos, donde lo que cuenta es la capacidad de mantener un empeño permanente, una tasa más o menos constante en esa dirección. Creo que estamos empezando a aproximarnos al nivel necesario.   

P.– El Plan Bolonia se ha implantado en diversas universidades, como la Carlos III, y en los próximos años se terminará de implantar en la totalidad. ¿Considera que va a subsanar las carencias, aún de forma parcial, del sistema educativo español?    

R.– No creo demasiado en los milagros. En las instituciones en las que el Plan Bolonia es una adaptación cuasi cosmética, servirá para bien poco. Cumplirán formalmente con las obligaciones mínimas, pero el espíritu –por así decirlo– que lo inspira no tendrá desarrollo.   

Otros se lo han tomado en serio, y han aprovechado que el Pisuegra pasaba por Valladolid, no para creer en Bolonia como si fuera la verdad revelada, sino para producir un cambio en la institución universitaria, en los planes de estudio, en la manera de enfocar las relaciones profesor-alumno, etc.  

Ahí es donde tendrá de verdad efectos, y lo más deseable del Plan Bolonia es que al cabo de un tiempo fuéramos capaces de distinguir a unas universidades de otras, o a unos títulos de otros. Eso de que “todos los gatos son pardos” es terrible, porque los títulos pueden tener el mismo valor legal, pero no tienen el mismo valor formativo, ni han significado el mismo esfuerzo, ni significan la misma experiencia ni la misma capacitación para el futuro.  

Lo que espero del Plan Bolonia es que ayude a la elevación general del nivel educativo en las universidades, que sitúe a cada una en su lugar o cada vez más a cada una en su lugar. Creo que esto es lo que hay que esperar sobre todo, porque lo que está muy claro es que no todas son iguales.  

Ocupó cargos públicos en el Ayuntamiento de Bilbao, en las Juntas Generales y en el Parlamento Vasco. Formó parte activa en las conversaciones que mantuvo en Argel el Gobierno socialista con ETA, cuando José Luis Corcuera y Rafael Vera eran responsables del Ministerio del Interior. Estas negociaciones se iniciaron a principios de 1989. En aquel momento, numerosos etarras que habían sido expulsados de Francia se concentraron en Argelia, de ahí que Argel fuese el lugar de las negociaciones. Por ser vasco y por haber desempeñado diversos cargos en sus instituciones, el señor Eguiagaray cuenta con un conocimiento profundo de la evolución de Euskadi.   

P.– Actualmente se ha vuelto a conseguir un consenso con la oposición en la lucha contra ETA. Asimismo, un Gobierno socialista ha tomado el relevo al del PNV en el País Vasco. Debido a que usted estuvo muy involucrado en la política de Euskadi y es un gran conocedor de la misma, ¿cómo ve usted este nuevo escenario?   

R.– El País Vasco es, en estos momentos, un factor de esperanza. Durante décadas hemos sufrido la enorme distancia entre lo que era la opinión –sensata, común– de muchísima gente, y lo que parecía que era el día a día del debate político en el País Vasco.   

Contemplamos en este momento que algunas de las cosas que dice el Gobierno de Euskadi, incluso lo que acepta la oposición del PNV, que es razonablemente sensato que se haga, coincide en muy buena medida con la opinión pública mayoritaria, y no solamente fuera del País Vasco, sino también en buena parte del País Vasco.   

Creo que hay una cierta reconciliación entre la opinión pública y la publicada, o entre la opinión de los ciudadanos y la opinión o las prioridades de los políticos. Esto es un factor de esperanza, porque durante mucho tiempo las circunstancias establecidas por el terrorismo llevaron a un debate bastante artificial, en virtud del cual todo lo que interesaba al mundo de la exacerbación nacionalista formaba parte aparente de las preocupaciones cotidianas, cuando las verdaderas preocupaciones de los ciudadanos son probablemente otras.   

Ahora hay un proceso de reconciliación de ambas cosas, y el Gobierno parece preocuparse de una manera sensata de cuestiones que en cualquier otro lugar no son un problema, como perseguir a delincuentes y meterlos en la cárcel, y de no enfatizar lo que jamás ha sido una lucha heroica, que es la de quienes ponen bombas y matan gente inocente, pues todo esto parece que es bastante plausible.   

En segundo lugar, creo que hay un tema muy importante: que en la opinión pública vasca adquiere carta de naturaleza que nada está escrito, como todos sabemos cuando analizamos las cosas en frío; y que en el País Vasco, donde siempre ha habido culturas plurales y formas diferentes de ver las cosas, ahora hay un Gobierno que –a pesar de que tiene por sí mismo una situación minoritaria, razonablemente estable por el apoyo externo que le presta el Partido Popular, algo en verdad milagroso– está haciendo una política bastante sensata y que no es una política antinacionalista.  

Es una política a favor de valores comunes y compartidos en el País Vasco, como la educación bilingüe, el entendimiento de valores o de símbolos de unos y de otros, y de un montón de cosas que anteriormente parecían que eran armas arrojadizas.   

Entonces, me pregunta usted, ¿cómo lo ve? Bueno, es como si yo pensara: ya era hora... Cuando estaba en la política activa luché tantos años por conseguir algo parecido a esto, que lo único que puedo decirle es que tengo muchos deseos de que todo esto dure.   

P.– Usted participó activamente en las negociaciones de Argel. ¿Considera que una negociación con ETA puede generar algún rédito para el país?   

R.– No, para nada. Creo que hemos recorrido tres o cuatro veces el mismo camino para llegar al punto de partida. Ha habido diferentes circunstancias, diferentes momentos y diferentes gobiernos en los que se ha considerado oportuno explorar la posibilidad de acortar el tramo que nos quedaba hasta conseguir la paz. Llevamos muchos años en ese tipo de intentos y parece que el último ha sido bien elocuente, de manera que ha quedado muy claro que es ETA, de una vez por todas, quien tiene que decir que deja las armas y se acabó. Los demás hemos estado haciendo todo lo posible para acelerar ese proceso.   

P.– Según le comentaba usted a María Antonia Iglesias en una reciente entrevista, Antxón era el único que hablaba en sus reuniones y parecía ostentar la plena representación de ETA. ¿Qué sensaciones le produjo a usted este encuentro y cómo se sintió al tenderle la mano a Belén González Peñalva, a Makario y a Antxón?   

R.– Antxón era el designado y tenía mucho interés en poner de manifiesto hasta qué punto tenía plenos poderes. Pienso que no los tenía, pero él actuaba como si los tuviera. De hecho, cuando nos anunció que rompía las negociaciones, yo tenía la convicción de que era una instrucción que había recibido y no una decisión que incluso intelectualmente él compartiera.   

P.– ¿Sugiere usted que Antxón realmente no quería parar ese proceso?   

R.– Diría que Antxón no estaba nada convencido de la decisión de romper que tomó ETA en su momento. Era tan artificial lo que hizo, lo que dijo y la manera en que actuó en relación con cómo había actuado media hora antes, que parecía todo demasiado impostado. Parecía una instrucción recibida, a la cual él tenía que ponerle la cara, la voz y los gestos. Y así ocurrió.  

Por lo tanto, actuó como si tuviera plenos poderes, pero realmente no era más que un delegado de quienes en aquel momento mandaban y de quienes le aconsejaban en Argel. En fin, esto ya es historia.  

¿Cómo me sentí? Pues no es fácil, hay que hacer un esfuerzo de adaptación personal para saludar a quienes, por la información que existía, habían formado parte de comandos responsables de varios asesinatos. Tienes que decirte que no has venido aquí a hablar con amigos, sino a tratar de contribuir, en la medida de tus conocimientos y posibilidades, a que este proceso avance. Y si fuese posible, contribuir a añadir tiempo a la tregua que en aquel momento se había decretado, a alargar la ausencia de asesinatos o de hechos violentos. Esta es la mentalidad con la que uno saluda a Belén y a Makario, no sin alguna contracción del estómago involuntaria.   

P.– Usted también fue delegado del Gobierno en la Región de Murcia en 1988, obtuvo un escaño en el Congreso de los Diputados por esta circunscripción en 1996 y lo revalidó en los comicios de 2000, así que tiene un gran conocimiento de ella. Por lo tanto, ¿qué opina sobre el hecho de que la mitad de los ayuntamientos de la región, gobernados por el PP, estén siendo investigados por los tribunales de Justicia y qué efectos podría tener en el desarrollo de esta Comunidad Autónoma?   

R.– No tengo una opinión demasiado específica en este momento. Sigo con afecto la vida y milagros de algunos amigos, pero sinceramente estoy menos conectado con lo que ahora está sucediendo, que me parece tremendo.   

Estamos ante una fuerza política, como es el Partido Popular, que no siempre ha sido demasiado cuidadosa en el ejercicio del poder, y que controla sin demasiada oposición –debo decirlo– buena parte de las instituciones de la Región de Murcia.  

Por ello, objetivamente, son momentos complicados y peligrosos, en los que algunas de las cosas que usted dice se pueden producir, o uno podría pensar que pudieran producirse. Que además esté constatado que se hayan producido, resulta especialmente preocupante.  

Ojalá que la oposición en Murcia haga los méritos suficientes para merecer la confianza del electorado y entre aire fresco en el ámbito público. En las democracias, la alternancia es a veces una fuente de curación de los excesos.   

P.– ¿Cuáles son, en su opinión, los asuntos prioritarios en la agenda de la presidencia española de la Unión Europea?   

R.– Creo que el equipo que ha preparado la presidencia española ha hecho un ejercicio de prioridades muy entendible. No ha dicho cosas que no estuvieran en la realidad de las preocupaciones de los países miembros, y que no sean necesarias y hasta indispensables.   

Por ejemplo, acaba de entrar en vigor el Tratado de Lisboa después de no sé cuántos avatares. Convertirlo en una realidad tangible parece una necesidad institucional de primera magnitud.   

Punto dos: la crisis económica. Unos países están mejor y otros peor, pero todos estamos mal. Eso quiere decir que la situación económica es un tema preocupante para Europa. A la vez que cada país es responsable de sus propias políticas internas, la Unión Europea tiene que preocuparse de lograr una acción conjunta y un fortalecimiento de las instituciones que permitan dos cosas: prevenir nuevas crisis en el futuro, y una salida de la actual lo más coordinada posible por el bien de todos.  

La tercera cuestión en esta perspectiva es un horizonte de ambición. Esto se ha denominado “Estrategia 2020”, que supondrá una revisión de la Agenda de Lisboa. Me parece que es un tema muy importante. Podemos seguir haciendo como en el pasado, confiar en que cada país miembro haga sus deberes, o lanzar una ambición y tratar de conseguir el apoyo suficiente para impulsar una economía europea competitiva, con una buena dosis de equilibrio interno e integración social. Se trata, pues, de generar mecanismos de impulso y control que hagan posible que este objetivo común sea una realidad lo antes posible. 

Esto lo hacemos siempre: cuando uno empieza a trazar unos objetivos, trata de dotarse de instrumentos para ello o de crear incentivos que le favorezcan conseguirlos. En Europa, lo que no podemos hacer es una gran declaración retórica sobre cómo queremos superar a los Estados Unidos, ser mucho mejores, más competitivos, más eficientes, más no sé cuántas cosas, al tiempo que socialmente mucho más integrados, y no exigirnos a nosotros mismos mecanismos que nos lleven a converger en esa dirección. Este es un debate muy interesante, y se ha generado también por parte de la presidencia española de la UE.  

La cuarta cuestión es que Europa tiene que ser un escenario sostenible económicamente, por todas estas razones que comentábamos. Y sostenible socialmente, lo que entre otras cosas significa que avancemos en la ciudadanía europea y, como ha quedado establecido en la presidencia española, en los temas de igualdad de género.  

Y en último lugar, avanzar en la sostenibilidad ambiental, que es un tema muy importante a la vista de los retos que se nos presentan, sobre todo en el ámbito energético, y los problemas que se suscitaron en la cumbre de Copenhague.  

Por lo tanto, me parece que hay un conjunto de objetivos que nadie ha puesto en cuestión y que son muy exigentes. Cuestión distinta es el ritmo al que realmente se pueda avanzar en la consecución de cada uno de estos objetivos.   

P.– Finalmente, después de toda su larga trayectoria en la escena pública, nos gustaría saber si volvería usted a la política activa…   

R.– Volver… Es una pregunta mucho más difícil de responder de lo que usted cree. Después de pasar por múltiples etapas, decidí dejar la política activa para volver a lo que muchísimos años antes había sido mi vocación, que es ejercer como economista y como docente.  

¿Con qué se encuentra uno después de un recorrido como el mío? Pues que, con independencia de lo que sea y haga profesionalmente, es muy difícil que le vean a uno desde otro prisma que el de que ha sido ministro. Por lo tanto, casi todo lo que uno hace o puede ofrecer en su propio trabajo está afectado por el hecho de que ha estado en política.  

Cuando me dice usted, ¿volvería a la política? No, no tengo ninguna intención de volver a la política activa, y eso es así. Es verdad que dedicarse a la política es una experiencia privilegiada, pero es una oportunidad que no depende de que uno haya hecho una buena oposición. No es una cuestión de mérito, sino quizás de estar en el momento adecuado y en el lugar preciso.  

Ahora no volvería a repetirlo voluntariamente. También debo decir que uno siempre puede modificar su decisión, sobre todo si le plantean retos, pero no estoy en este momento para considerar estas cuestiones. Mi vocación es la de dedicarme a otras actividades, algunas no lucrativas, que me proporcionan muchas satisfacciones. 27 febrero 2010  

 


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