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Portada nº 2
Información General y Opinión
Sección General


ANGELINO ALEJANDRE


Aznar: cero patatero en respeto
a las formas institucionales

Aznar prometió administrar con moderación, responsabilidad, respeto y diálogo la mayoría absoluta obtenida por el PP en las elecciones del 12-M. Al mismo tiempo, los "intelectuales orgánicos del régimen" han teorizado sobre la cuestión y nos han alumbrado el entendimiento con la siguiente proposición: en democracia, no tiene por qué ser negativo que un gobierno obtenga la mayoría absoluta; en todo caso, el eventual peligro –en el que, naturalmente, el Partido Popular no va a caer– estriba en el uso perverso que de esa mayoría pudiera realizarse, como ocurrió –apuntan, o más bien disparan– en la etapa de Felipe González.      

Sobre la gestión de los gobiernos de González ya se ha pronunciado suficientemente el electorado español, y desde luego de manera mucho menos lineal que la que nos pintan estos interesados voceros de la derecha: primero, con las sucesivas reválidas en las urnas, y después con la pérdida de los comicios en el 96.    

Lo que no deja de tener su gracia es que los que antaño cantaban –"prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras vaaan…"– las excelencias del sistema franquista de la "democracia orgánica", con el propio Aznar como uno de los oscuros adalides de tan preclara causa, se hayan reconvertido en eruditos politólogos de la democracia parlamentaria, y con la fe del converso pretendan además darnos lecciones al resto de los mortales sobre lo que nos resulta mejor y más conveniente; es decir, o sea, sin ir más lejos: que sean ellos y sus amigos los que nos gobiernen.    

En todo caso, los enfáticos propósitos anunciados por el prócer y las teorías más o menos peregrinas de sus acólitos y publicistas van a ser contrastados con los hechos y los gestos del día a día. Y, la verdad, con el gobierno saliente todavía en funciones, el estilo político de la nueva legislatura que aún no se ha iniciado está resultando bastante chusco. Cero patatero, que diría el interesado.     

Miren ustedes: bien está que sean dos mujeres las que por primera vez en la historia española presidan el Congreso y el Senado. Pero este gesto, sin duda positivo, ha resultado empequeñecido por la forma institucionalmente tan inelegante con la que se ha actuado.    

Primero, Aznar convoca al palacio de La Moncloa a los presidentes salientes del Legislativo, Federico Trillo y Esperanza Aguirre. Segundo, notifica al primero su relevo y comunica a la segunda su deseo de que siga al frente de la Cámara Alta. Tercero, designa a la alcaldesa de Zaragoza como futura presidenta del Congreso. Cuarto, reúne a los diputados y senadores populares para anunciarles que permanecen los portavoces de los grupos parlamentarios de ambas cámaras. Quinto, quiere trasladar a las mesas del Congreso y del Senado la mayoría absoluta lograda, y decide excluir al PNV y a sus socios de Coalición Canaria de estos órganos de gobierno parlamentarios. Y sexto, encomienda al secretario general de su partido que dé cuenta de su voluntad a los líderes de las restantes formaciones políticas, lo que pone de relieve que ni se ha molestado en fingir que antes de tomar todas estas decisiones trascendentales abría consultas con los demás partidos del arco parlamentario o, cuando menos, escuchaba el parecer de los diputados y senadores del PP.      

Esto, en tiempos del general Franco, se llamaba dictadura y caudillismo. Con el centrista Aznar, simplemente es mayoría absoluta, la mar de moderada y dialogante, y más que cesarismo es teología de la buena: los poderes independientes de la democracia liberal son Tres y son Uno, a saber: Josemari, Josemari y Josemari.     

Un comienzo de psiquiatra de guardia, vamos.      

 


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