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DIARIO 16


Franco, un desastre para España

Mañana se cumple un cuarto de siglo desde la muerte de Francisco Franco, el dictador que mantuvo bajo su yugo a España durante casi cuarenta años. Ha pasado tiempo suficiente para que los historiadores hagan un balance riguroso de lo que supuso su régimen para este país. La exitosa transición española se basó en un pacto por el cual se olvidaban los nefandos crímenes cometidos por el franquismo a cambio de un tránsito tranquilo a la democracia. Este consenso tuvo numerosos aspectos positivos, pero también algunos negativos, sobre todo sumir a la sociedad española en una especie de amnesia colectiva que ha impedido un análisis ecuánime de lo que representó aquel general mediocre e inexpresivo pero extraordinariamente cauto y maniobrero para este país. La negativa del Partido Popular a firmar, en septiembre del año pasado, una proposición no de ley, apoyada por el resto de los grupos del Congreso, en la que por primera vez en 22 años de democracia se condenaba explícitamente "el golpe fascista militar contra la legalidad republicana" muestra que el asunto del franquismo sigue dividiendo, al menos, a los políticos españoles.     

Asistimos a una incipiente pero peligrosa tendencia a revisar aquel periodo negro a la luz de la derrota del comunismo y de los horrores que se cometieron en su nombre. Ahora algunos pretenden justificar a Franco o al menos rebajar su responsabilidad porque derrotó al comunismo y evitó que se implantara en España, lo que según dicen estos revisionistas –algunos declarados y otros emboscados– hubiera sido peor que la dictadura franquista. Esta rehabilitación a posteriori no se sostiene. El autoproclamado Caudillo se levantó contra un régimen legal y democrático que se radicalizó precisamente por culpa de la rebelión militar. En todo caso, España nunca habría sido una dictadura comunista, entre otras muchas razones por las geopolíticas, ya que EE UU y las demás potencias occidentales no lo habrían consentido. Además, la represión franquista fue tan brutal que no cabrían exoneraciones en ningún caso sabiendo que más de 50.000 personas fueron ejecutadas una vez concluida la contienda. Franco tenía como objetivo erradicar definitivamente de este país a todos los demócratas, ya fueran republicanos a secas, liberales o izquierdistas.     

Los historiadores más solventes rechazan también los méritos que le otorgan sus hagiógrafos: que evitó la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial; o que llevó a cabo deliberadamente la transformación económica de los 60 para que desembocara en una democracia para la que habría elegido al Rey Juan Carlos. Por contra, estiman que la democracia llegó por el impulso del pueblo español y por los efectos no deseados por Franco de la evolución de la sociedad. El dictador fue una maldición, un desastre para un país que hasta 1936 había vivido más años bajo un régimen parlamentario que, por ejemplo, Francia.    

¿Queda algo de todo aquello? Sí, en primer lugar toda una parafernalia de monumentos, inscripciones y nombres de calles que recuerdan el oprobio. También unos cuantos políticos que no han sentido sonrojo al reciclarse en nuevos demócratas pese a haber servido en altos cargos a la dictadura. Pero además, y esto es lo más negativo, una mentalidad reaccionaria instalada en las mentes por culpa de lo que un destacado autor ha llamado el lavado de cerebro de Franco. Es hora ya de dejar de utilizar el franquismo como arma arrojadiza, de darse cuenta de que un alto porcentaje de los españoles de hoy no había nacido cuando murió el tirano, pero también de que no se olvide nuestro pasado más atroz, porque sobre la amnesia no se construye el futuro.

(Diario 16, Editorial del domingo 19 de noviembre de 2000).   

 


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