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Portada nº 4
Reportajes y Entrevistas
Sección General

 


FRANCISCO JARAUTA, CATEDRÁTICO Y COORDINADOR
DEL "FORO DE LOS 90" Y "PROPUESTAS PARA EL SIGLO XXI"

"La economía ha sometido
a la política"


Por FRANCISCO POVEDA

Francisco Jarauta

Francisco Jarauta es Catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia y profesor invitado de varias europeas y americanas. Formado en Valencia, Roma, Münster, Berlín y París, es hoy el mejor exponente local de una intelectualidad de vanguardia al estar conectado y formar parte de la quintaesencia del pensamiento crítico europeo. Reside una cuarta parte de su tiempo en Alemania impartiendo cursos de doctorado y viaja constantemente allí donde se aportan ideas y análisis de calidad para tratar de simplificar la complejidad que nos rodea.   

Francisco Jarauta es Catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia y profesor invitado de varias europeas y americanas. Formado en Valencia, Roma, Münster, Berlín y París, es hoy el mejor exponente local de una intelectualidad de vanguardia al estar conectado y formar parte de la quintaesencia del pensamiento crítico europeo. Reside una cuarta parte de su tiempo en Alemania impartiendo cursos de doctorado y viaja constantemente allí donde se aportan ideas y análisis de calidad para tratar de simplificar la complejidad que nos rodea.   

Autor y editor de ensayo filosófico y social, dirige la colección "Arquitectura" y es especialista en Arte, por lo que ha sido "curator" de varias exposiciones internacionales.   

Poveda .– ¿Con qué propuestas para el siglo XXI se queda de entre las oídas en el último Foro de los 90?  

Jarauta.– Este foro tenía un concepto político particular al coincidir con la reunión de la OMC en Seattle donde, por primera vez, y a nivel mundial se confrontaban dos estrategias: una, la de liberalizar todo el sistema de servicios y comercio, primando fundamentalmente los intereses económicos y reduciendo los aspectos sociales de estos procesos. Y la representada por las ONGs más otros movimientos alternativos que se dan cita allí y proponen establecer criterios protectores de control en economías de desarrollo intermedio, aún cuando se mantengan algunas tesis de la globalización económica, para garantizar cierto tipo de tutelas sobre lo social.   

Ese contexto determinó la reflexión de Vidal-Beneyto y la reivindicación de lo político sobre lo económico. Hoy, eso, es cada vez más urgente. Desde Vidal a Sami Näir la crítica es a los criterios economicistas que regulan las grandes estrategias financieras y económicas mundiales, augurando que un diálogo entre lo económico y lo político arbitre y posibilite a medio plazo estrategias mucho más compensadas que las actuales.   

Una propuesta intermedia es la de Tortosa, que iba regulada por el concepto de una cultura de la paz frente a los nuevos tipos de conflicto existentes. La complejidad exige observar, medir, interpretar y construir la teoría de las razones que posibilitan determinados conflictos, las zonas de inseguridad y desequilibrio, la relación metrópoli-periferia... con unas características nuevas. Un análisis de todas esas derivas hace necesario hoy hablar de una cultura de la paz en términos de un equilibrio construido versus conflictividad generalizada.   

Esos elementos llevarían a cuestiones más bien técnicas, como la demográfica que observa una remisión, y que corrigen a la baja, relativizando el drama, previsiones alarmantes aunque no una realidad inequívocamente dura, puesto que se llegará a más de 9.000 millones de humanos habitando el Planeta. En términos de distribución social hay que ver cómo se plantean entonces la educación, sanidad, supervivencia, justicia...    

P.– Dígame tres ideas que le han movido a reflexionar y que han salido de labios de los últimos cinco ponentes...   

J.– La necesidad de volver a plantearnos unas nuevas cartografías del mundo contemporáneo y que, con las ideas con las que tradicionalmente pensamos, hoy se nos escapa de las manos. Hay que volver a pensar. Es el cambio que significa pasar de querer transformar a interpretar primero el Mundo. Es un problema de percepción, interpretación y, definitivamente, de explicación.  

La segunda idea es el problema de la crisis del sujeto político y la erosión de lo político. Cuando nos preguntamos qué hacer, indirectamente preguntamos quién lo hace, y nos callamos siempre. Desde Aristóteles, la Política ha sido el arte de lo posible pero ha terminado por ser sometida y supeditada a razones, intereses y estrategias económicas; en definitiva, administración. Y no es por que la pieza clave, el Estado-Nación, haya pasado a ser débil y casi circunstancial. Pero el debate político ya no es representativo cuando las democracias asumen que es una parte de lo económico.    

Y tercero, que hay que pensar bajo dos parámetros fundamentales: en términos de complejidad (desde el primer informe del Club de Roma al Informe Lugano, pasando por la Conferencia de Río). Luego aparece siempre una cautela al tener que incorporar el concepto del límite a cualquiera de nuestras estrategias. Tenemos un Sistema con límites derivados de la explotación y hay que asegurar un futuro común y para todos.   

P.– ¿Cómo imagina al final del próximo decenio un Mundo inmerso hoy en una vertiginosa aceleración histórica?    

J.– No lo sé. Si se trata de imaginar ese decenio a corto plazo, nos encontramos con dificultades previas que no se resuelven con facilidad. Ha cambiado mucho la situación al respecto. Es difícil que una teoría se convierta en profecía. Los instrumentos analíticos para poder dibujar el perfil de ese territorio, en este caso imaginario, no son operativos al ser los procesos tremendamente acelerados y las adecuaciones cada vez menos identificables por una huida hacia delante a gran velocidad y con una estructura económica y financiera que goza, por otra parte, de los beneficios inmediatos al tener más capital especulativo que productivo.   

Ante ese proceso, ¿se van a volver a retomar elementos que tienen que ver con el sentido común de lo global y lo complejo, o se dejará que por una hegemonía los grandes centros de poder sean quienes decidan hacia dónde se va? Kissinger se preguntaba hace pocas semanas qué harán las élites norteamericanas ahora que tienen una hegemonía que históricamente nunca han tenido.   

El actual debate electoral en USA es fundamental para saber cuál es la dirección estratégica que se va a seguir. Algunos pensadores ante tu misma pregunta responden que es una zona muy nebulosa saber cómo se organizará el mundo. Hay muchas preguntas esperadas con respuesta anhelada. Las estrategias se reformulan permanentemente también en función de emergencias internas al sistema. La velocidad está contando mucho y produce sorpresas.  

P.– ¿Con qué otra coyuntura histórica podemos comparar este momento?    

J.– Yo evito especulaciones sobre este paralelo. No me considero competente. Se ha hablado del final del siglo XI. Pero considero más fuertes los elementos que diferencian nuestra época de cualquier otra anterior por analogías que se puedan establecer, sobre todo, por lo que significa el proceso de aceleración fortísimo que padece nuestra época. Hay factores que lo dicen todo: en veinte o treinta años los avances tecnológicos y científicos son absolutamente incomparables a todos los que se han producido con la transformación científico-técnica. En las sociedades posindustriales y poscapitalistas, como son las occidentales, por primera vez ciencia y economía están juntas y de forma tremendamente articulada. El gran éxito de la cultura occidental es trocar el Conocimiento en capacidad de transformación. La Ciencia desciende tecnológicamente a las aplicaciones inventivas de todo tipo, produce las nuevas realidades, supera los límites de lo tabú, es laica por excelencia y aún se retardan algunas aplicaciones para evitar la transformación de las condiciones de trabajo y vida. Los "tempos" son también políticos desde el punto de vista de la rentabilidad y hay que guardar y aguardar.     

P.– ¿Cómo se ve España desde ese núcleo de resistencia intelectual de la vanguardia que es París y desde el proscenio emergente que puede ser Berlín?  

J.– Las metrópolis contemporáneas ya no son hegemónicas. No existe un punto que, respecto a las ideas, domine sobre los otros en este momento. Lo que se observa es una red de ciudades resonadoras de problemáticas que, en gran parte, se parecen y a las que se intenta dar respuesta desde sensibilidades etnográficamente diferenciadas, de señal propia. Londres, con la gran fantasía de Blair, y tras estar relegada varios decenios, intenta ahora ser la metrópoli cultural del siglo XXI. No lo va a conseguir.   

París, por el contrario, trata ahora de redescubrir a Jean-Paul Sartre, el único intelectual que ha hecho frente a todas las contradicciones. Los grandes maestros del Pensamiento murieron hace ya diez años y lo que ha habido después es mucho epigonismo. Que Bernard-Henry Leví, más "camusiano", reinvente a Sartre como el hombre del siglo, es más que sintomático.   

Sobre el nuevo Berlín, por tantos aspectos mi ciudad, se ha instalado una pequeña moda de capital de Europa. Es la única ciudad que guarda las cicatrices evidentes del siglo XX. Sientes que determinados olores son del Este en una equidistancia Madrid-Moscú. Encierra una fascinación enorme, pero tiene que ver más con convertirse en un verdadero "business-center" tras casi veinte años de fuertes inversiones, todavía por capitalizar. Berlín es hoy la metrópoli europea con más tensiones y su consolidación tiene que ver con lograr ser lugar donde las dos Europas se puedan citar. Esa es mi tesis.    

P.– ¿Sobrevivirá culturalmente una Europa continental que se ha quedado sin líderes en pleno proceso imperializante de los Estados Unidos?   

J.– Esa es una cuestión que se está planteando día a día y a la que los hechos están respondiendo de una forma perpleja. La relación de fuerzas es una relación que se decantaría hacia una hegemonía, indiscutiblemente, americana, que no es que pretenda colonizar Europa invirtiendo el viaje de regreso en éste caso, sino estableciendo un poder innegociable con intereses estratégicos particulares y que es la planetarización del modelo americano de vida como modelo cultural. Lo que se ha llamado para el Cine la "excepción europea" cuando se ha querido afrontar se ha planteado en término de cuotas.   

El problema es volver a la idea de Europa donde han nacido las grandes propuestas morales, se han hecho las grandes revoluciones, se experimentaron los grandes modelos políticos, nació la ciencia y la filosofía, se habló de justicia y se teorizó la libertad, se experimentaron modelos de sociedad y de religión, se optó por la tolerancia y se persiguió la diferencia. Es un laboratorio donde todo ha ocurrido. Y esa especie de "modernización" última que conlleva coincidir con los parámetros de un modelo cultural, profundamente comercializado que tiene en el Mercado el criterio por excelencia de todos los valores, obliga a Europa a replantearse que en algún lugar se tienen que pensar los problemas y decir las cosas.    

Es imposible neutralizar la historia de Europa con la relación actual de fuerzas. Quizás la pérdida de memoria en las últimas décadas es asombrosa. La cultura histórica mínima, que viene desde Herodoto pasando por Tucidides, tiene siempre la fuerza de crearnos un mapa de tiempos y secuencias a los cuales tantas veces nos tenemos que remitir, pero llega un momento en que la memoria desaparece. Una reivindicación de Europa como experiencia cultural, plural, en la que todos hemos estado y de la que han formado parte todas las tradiciones, es un modelo deseable de tolerancia que podría aportar muchas cosas.   

La amnesia nos expone de una forma, iba a decir ingenua, a la adaptación a formas de vida únicas, a la cultura en los términos de lo audiovisual fundamentalmente. Estamos ante un proceso de secularización cultural que ha impuesto el entretenimiento como forma de vida casi. El estereotipo, que sirve de referencia para tantas cosas, se produce en un 78 por ciento en California. El problema es la gran homologación económica y el consenso político sobre la administración de los intereses. El resto, lo que venga.  

P.– ¿Basta la Tecnología para conseguir levantar de una vez un imperio mundial?   

J.– Ciencia y Tecnología juntas son hoy el motor básico de los grandes cambios económicos y culturales, pero no son suficientes. Los cambios civilizatorios se producen a través de los cambios de vida, la cristalización y reedificación de algunas ideas del proceso de lo social, la configuración de las formas sociales, las formas políticas. Pero tienen que mediar otros elementos que pueden llamarse éticos, políticos, religiosos... Nunca en la historia moderna se ha producido un fenómeno como el que nosotros ahora estamos observando: que un solo país tenga total hegemonía económica, financiera, científica, tecnológica, cultural, mediática y militar. Nunca se ha dado un hecho de esas dimensiones. Hay que sacar la conclusión y poner la hegemonía política que conlleva la producción de un modelo civilizatorio. Es un momento de reflexión sobre los conflictos derivados de este tipo de situaciones.    

El proceso de mundialización y globalización es imparable y eso no lo hemos de considerar como una fatalidad. Es consecuencia normal de un proceso de desarrollo histórico desde la primera revolución industrial que al final impone un modelo haciendo fracasar otro. En esa complejidad hay otras muchas variantes que también son operativas. Y a la hora de configurar un futuro que no sea tan reductivo y estrictamente ligado a los intereses económicos habría que plantear otras cuestiones mucho más abiertas.      

Se trata de establecer una lógica, en la línea de lo que ya fue un primer informe del Club de Roma, que plantee las cuestiones que poco a poco han sido abandonadas y que pertenecieron al ideario moral de las propias revoluciones burguesas. Esas revoluciones hablaron de libertad pero también de igualdad que, cada vez más, es un sofisma. Todo sabemos qué pasa con África. Hay que volver a construir referentes políticos que sirvan de contraste a las grandes estrategias económicas dictadas por los grandes grupos de poder económico-financiero.   

P.– ¿Por qué el silencio tan inmoral que hoy se tiene sobre Chechenia ?    

J.– El Cáucaso es uno de los últimos grandes recursos petroleros del Mundo y es islámico. No podemos trivializar ciertos riesgos serios. Para controlar la zona parece que hay que exterminar Chechenia. Hay una doble moral respecto a lo que se argumentó en Kosovo.   

P.– Si la potencia hegemónica es cristiana, ¿en la estrategia de esa hegemonía qué papel pinta el Dios de los cristianos, el de la fraternidad?   

J.– La época moderna está dominada por procesos crecientes de secularización. Cuando Max Weber escribe lo de "ética protestante y espíritu del capitalismo" ya pone el ejemplo de una historia a la que, poco a poco y sin darnos cuenta, todos hemos ido perteneciendo. La religión ha quedado relegada a la vida privada y cada vez es menos operativa a la hora de definir eso que Kant llamaba "los fines de la Humanidad"; esa paz a la que todos deberíamos caminar mediante la realización y expansión de la naturaleza humana.    

Hay amigos míos que dicen que esto es un conflicto interno a la Iglesia que, en este momento, se podría decir es la última institución con competencia moral para decir ciertas cosas. Y que, de alguna forma, el no decirlas pertenece a las responsabilidades morales. Ese debate en torno a qué Papa, va en esa dirección. Hay un sector que opina (y lo he oído de personas muy autorizadas) que más que perderse en asuntos doctrinales del tira y afloja, buscando siempre una "ortodoxia innecesaria" (y soy muy cauto en lo que estoy diciendo), se buscaría una Palabra capaz de, con su propia autoridad moral, reivindicar y hablar en nombre de la Humanidad, en nombre de la que ya nadie habla. El conflicto interno sería entre un Papa con voluntad de hacerlo frente a una Curia conservadora que lo cortocircuita y quizás lo expone como único recurso retórico en sus viajes.    

Sería necesario superar este tipo de contradicción asumiendo históricamente unas responsabilidades que no pasan sólo por la Iglesia Católica por cristiana sino tal vez también por las función de las religiones en la época actual, por la capacidad de establecer un análisis y, sobre todo, de construir una reflexión sobre los problemas globales donde, uno a uno, los humanos se encuentren desde la propia igualdad y, quizás, puedan aspirar a la fraternidad. Es un problema delicado. Por eso cuando el cardenal de Milán, el jesuita Martini, exigía un concilio y él decía "yo no soy candidato a nada", son éstos justamente los argumentos que están detrás.    

Cuando ya lo político ha quedado prácticamente erosionado hasta el límite de no poder plantear nada por las sumisiones que soporta le tocaría quizás a la Iglesia, por que ¿a quién si no? Los intelectuales no existen. Quedaría un recurso moral en una persona como el Papa.   

P.– ¿Iría en esa línea la sugerencia de los obispos alemanes?   

J.– Soportan una tensión diferente. Siempre ha habido animadversiones. Incluso los católicos alemanes tienen siempre cerca una experiencia luterana que ha hecho que ciertas cuestiones, tal como se han ido resolviendo por la pragmática del Vaticano en los últimos años, vayan en contra de lo que se puede llamar la "lección mínima" del luteranismo, esa libertad de conciencia como espacio último. Y hay que hablar de otras cosas. Es un problema cultural. No es un problema de fe. En la vieja tradición alemana, desde Lutero en adelante, lo privado y lo público se han diferenciado de manera bien distinta de como lo ha hecho en la iglesia barroca, trentina, inquisitorial y contrarreformista como la española. Estarían siempre como planteando la confrontación para acabar con una situación "de facto" como la actual y que se puede prorrogar por mucho tiempo. Y eso es perderlo en una situación histórica. En este caso no sé quién tiene la razón porque, a fin de cuentas, la Curia calificó como de mal gusto las observaciones alemanas.   

(La Economía de la Región de Murcia).

 


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