VÍCTOR SÁNCHEZ ¡Parad la guerra! ¡Parad la guerra! Parad de una vez esta guerra injusta y salvaje. En nombre de los niños afganos muertos, pobres inocentes, que ya no pueden hablar; en nombre de sus madres, enmudecidas por el terror y por la dictadura talibán, en nombre de la razón y de los derechos humanos: ¡parad la guerra! Una reacción del gobierno de los Estados Unidos tras los salvajes atentados terroristas del 11 de septiembre, en Nueva York y en Washington, era esperada. Todo el mundo sabía que algo había que hacer ante tamaña brutalidad asesina. Pero creo (supongo, espero, deseo) que, en aquel momento, nadie pensaba que los niños inocentes y la población civil sojuzgada por los talibán, serían las víctimas de la venganza. ¡Víctimas de sus gobernantes y de sus libertadores! Supongo que nadie pretendía estas víctimas, aunque habría que preguntarle a Bush… para tener la certeza. Al fin y al cabo, él es el dueño de las bombas. ¡Ya basta de efectos colaterales! Almacenes de la Cruz Roja destrozados por las bombas occidentales, centenares de muertos (pronto serán miles, a este paso), viviendas destrozadas, familias rotas, miles de refugiados… ¡Y aún les extrañará que se produzca una reacción antiamericana en la zona atacada! ¡No querrán que les den las gracias! No se comprende, no se puede comprender más que desde la complicidad cobarde, que la sangre de cinco mil inocentes en los Estados Unidos se limpie con la sangre de cinco mil inocentes en Afganistán. La destrucción de las torres gemelas de Nueva York y sus cinco mil muertos no justifica la desaparición física de un país. Y parece que los Estados Unidos no tienen otro objetivo más que ese, la pulverización de Afganistán, con todos sus habitantes dentro, sean culpables o inocentes. No todo vale… A no ser que lo que se busque no sea justicia. Ni siquiera venganza. A no ser que lo que se busque realmente sea demostrar quien manda en el mundo y aplacar las iras internas. A no ser que se busque rentabilidad política interna y confianza en el sistema a los poderosos de Wall Street. Cada vez son más las voces que se levantan en occidente. Miles de manifestantes piden (en Barcelona, en Valencia, en Berlín, en Nueva York y en Washington incluso) el fin de esta guerra contra un pueblo inocente. Que los poderosos de occidente apliquen su capacidad económica y tecnológica para llevar ante la justicia a los asesinos del 11 de septiembre y para acabar con el tirano talibán. Pero que dejen tranquilo al pueblo indefenso. No se puede perseguir a los terroristas a bombazo limpio. Porque, de confirmarse que los envíos terroristas de ántrax proceden de grupos ultras norteamericanos, ¿se atreverá Bush a bombardear las ciudades (norteamericanas) en las que estos terroristas tengan sus guaridas? ¿Porqué no bombardea Aznar dos o tres ciudades vascas? No dirigir una mirada crítica a los acontecimientos nos puede llevar, en el futuro, a justificar cualquier acción violenta para solucionar los problemas del mundo… o para imponernos a nosotros el mundo que ellos necesitan y quieren. Porque es probable (yo estoy convencido de ello) que su mundo y el nuestro no sea el mismo, aunque vivamos todos revueltos en Occidente. |
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