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Portada nº 11
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


SALVADOR BEL CARALT


El sargento Benítez


El sargento Benítez era el comandante de puesto de la Guardia Civil de Almenara de la Sierra Alta. Tenía a sus órdenes tres cabos, tres cabos primera y veinte números. Todos ellos vivían, junto con sus respectivas familias, en la nueva casa-cuartel inaugurada hacía apenas un par de años. Una casa-cuartel de nuevo cuño, con todas las comodidades y emplazada en un extremo de ese pueblo blanco de cal, situado en un altozano al sur de la península y casi fronterizo con el país vecino. Benítez se sentía orgulloso de su cuartel y de su familia. Vivía con su mujer, un hijo que estaba estudiando en la academia de guardias jóvenes y su padre, un brigada retirado y viudo que no quiso abandonar el cuartel al pasar a la reserva. Benítez tenia también un hija, felizmente casada con un teniente de la Benemérita y que estaba destinado en el País Vasco. El sargento Benítez tenía asimismo otro hijo, Adolfo, del que no quería ni oír hablar, que estaba por esos mundos de Dios, sin oficio ni beneficio.      

Como cada día, el comandante de puesto Benítez, después de dejar listas sus tareas en la casa-cuartel y de comer en familia, se dirigió hacia el bar del Casino de Almenara de la Sierra Alta, un pueblo de no más de dos mil habitantes, pero cabeza de comarca y muy rico. La agricultura y la ganadería era lo que daba vida al pueblo. Benítez era un guardia civil muy querido por los lugareños. Todos le consideraban un hombre recto pero progresista, con amplitud de miras que, a veces, había entrado en colisión con las opiniones de las fuerzas vivas del pueblo, algo más reaccionarios.

– ¿Lo de siempre, mi sargento? – le pregunto diligente Santiago desde la barra, nada más verle cruzar el umbral de la puerta.

Benítez asintió con una leve inclinación de cabeza y se sentó en la mesa donde ya le esperaban el farmacéutico, el estanquero y el director de la Caja de Ahorros de Almenara, para jugar la partida de cartas de todas las sobremesas.      

El bar lo llenaban los parroquianos de siempre y todos dedicados a sus menesteres, unos jugando al mus y otros al dominó. En el fondo del local, a una cierta altura y presidiendo toda la estancia, un enorme televisor iba emitiendo las noticias de La Primera sin que nadie, aparentemente, le prestara las más mínima atención. De pronto se hizo un silencio sepulcral en el bar y se oyó con claridad la voz del Telediario:    

"La Dirección General de la Guardia Civil está estudiando la fórmula para habilitar que el guardia civil "gay" que ha solicitado vivir con su pareja en una casa-cuartel de Las Baleares pueda ver cumplidos sus deseos en breve...".  

De repente todas las miradas convergieron en el sargento Benítez, y el más osado se atrevió a preguntar:

– ¿Qué, Benítez, tú también dejarías vivir a una pareja de "maricas" en tu cuartel?

El sargento-comandante de puesto Benítez sonrió ligeramente por debajo de su tupido bigote y le espetó a su interlocutor:

– Mira, Paco, si la Dirección General lo encuentra procedente, yo no tengo por qué discrepar de sus directrices. Además, todos sabéis de mi talante y de mi aceptación de la homosexualidad como una forma más de entender la vida sexual, y no veo por qué ahora tendría que cambiar mi modo de pensar y actuar".

Se hizo el silencio de nuevo y todos volvieron a sus respectivas partidas.    

A la mañana siguiente, después del desayuno, el comandante de puesto Benítez se dedicó a abrir la correspondencia. Entre tanta carta oficial le sorprendió una sin membrete y con matasellos de Las Baleares. Miró el remitente y comprobó, con estupor, que era una misiva de su hijo Adolfo, del que no tenía noticias desde hacia varios años. Rasgó el sobre con rapidez y se dispuso a leer:

"Queridos padres: espero que al recibo de ésta estéis bien de salud, como yo mismo". Después de preguntar por toda la familia, Adolfo fue al grano: "Padre, espero que a partir de ahora estará usted orgulloso de mí, ya que después de dar tantas vueltas, y si nada se tuerce, volveré al redil; es decir, padre, volveré a vivir en una casa-cuartel. La Dirección General ha autorizado a mi novio a vivir con su pareja, que soy yo, en las mismas condiciones de una pareja heterosexual. Padre, siento mucho que tenga que enterarse de mi inclinación sexual de esta manera, pero hace tiempo que no nos hablamos y no sabía cómo decírselo. Hoy mismo vendrá un equipo de la televisión para hacernos un reportaje a mi novio y a mí, y no paran de llamarnos de periódicos y de emisoras de radio...".     

El sargento-comandante de puesto Benítez acarició suavemente su poblado bigote, encendió su farias y con la misma cerilla prendió fuego a la carta arrojándola a la lumbre donde ardió con rapidez. Cogió su tricornio y se dispuso a asistir a la misa dominical. De la carta no pensaba hacer ningún comentario con su mujer, ni mucho menos con su padre, el brigada de la reserva Benítez. Mientras se dirigía a la iglesia, el comandante de puesto Benítez tomó una sabia decisión. A partir de aquel día se habían terminado para siempre las partidas de cartas de después del almuerzo. Total, si además siempre perdía....       

 


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