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Portada nº 16
Información General y Opinión
Sección General


ISABEL LÓPEZ-BRAVO DÍEZ


En la piel del atacante

La guerra ya es una realidad. Pero no me rindo. Quiero hacer humildemente, como millones de personas en todo el mundo, otro esfuerzo por la paz y la razón.     

En primer lugar, la guerra me parece una solución torpe. Un primer defecto es que ganarla no es fácil. Puede que la invasión de Irak sea previsiblemente un paseo militar (precedido, eso sí, por un bombardeo masivo), pero la ocupación militar de un país de 24 millones de habitantes es otra cuestión.    

Y aún más grave para el atacante puede ser la repercusión que esta invasión tenga sobre el terrorismo, que saldrá muy fortalecido por el odio que engendrará este ataque (no hay que olvidar que el odio ciego es el arma más preciada del terrorismo, como mostró el aciago 11-S).    

Otro defecto es que la victoria puede ser efímera, debido a la dificultad de mantener la ocupación militar de Irak y, sobre todo, por las consecuencias de la inestabilidad regional y mundial que esta invasión provocará.    

Lo peor de la opción de la guerra es que lograr determinados fines mediante la violencia no proporciona legitimidad y provoca muchas víctimas inocentes. Para ganar la guerra hay que destruir, matar y hacer sufrir a mucha gente inocente. Esta tremenda injusticia provoca un resentimiento que es una de las principales debilidades de la victoria.     

Por otra parte, la opción de la paz no tiene nada que ver con mirar a otro lado y permanecer inactivo. Al contrario, la labor de inspección y desarme de Irak es una tarea muy importante y fructífera (Scott Ritter, comandante del cuerpo de Marines de EE.UU., republicano, votante de Bush y antiguo inspector de armas, afirmaba antes del ataque que Irak ha sido desarmado hasta un extremo sin precedentes en la historia y que ya no supone peligro alguno). También es evidente que hay que tomar medidas activas para proteger a la población de ataques terroristas, pero lo que estábamos esperando en este sentido era la captura de Ben Laden, no la invasión de Irak. También es muy importante conservar la legitimidad y la superioridad moral evitando las víctimas inocentes. Que el enemigo sea un canalla no debe invitarnos a imitarle.      

Por último, para extinguir la amenaza de forma segura hay que actuar también contra las injusticias que subyacen y que bien saben aprovechar los tiranos para perpetuarse en el poder. No es justo pulverizar Irak y permanecer al mismo tiempo indiferentes mientras son asesinados civiles palestinos e israelíes casi todos los días. No es justo exigir el desarme absoluto cuando se dispone del arsenal más terrorífico del mundo. No es justo atacar en nombre de los kurdos y permitir que Turquía masacre kurdos sin ser siquiera amonestada. No es justo mantener un embargo que no afecta al dictador sino al desgraciado pueblo iraquí. No es justo alegar la liberación del pueblo iraquí y planear un gobierno militar dirigido por un general estadounidense. No es justo repartir el petróleo iraquí (ahora nacionalizado) como un botín de guerra.    

No es justicia, en definitiva, la ley del más fuerte, sino abuso. Si el desarme pacífico no había dejado de progresar, ¿cómo es que el tiempo se había acabado? ¿Tanta prisa por matar?      

 


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