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Portada nº 17
Información General y Opinión
Sección General


MOHAMED ABDELKEFI


¿Liberación o colonialismo?

Desde el umbral del siglo XXI nos encontramos, como por efecto de magia –magia de la hegemonía, de la arrogancia y del fanatismo–, en pleno siglo XIX. Siglo del colonialismo directo, fruto de la fuerza y de la superioridad técnica, y también de la pretendida superioridad de la raza bajo la cubierta o la excusa de civilizar, educar y emancipar. ¿No pretendía Francia civilizar a Argelia, Túnez, Marruecos y otros muchos países de África? ¿No es con la misma excusa que Gran Bretaña colonizó a Egipto, Sudán, casi todo el Medio Oriente y la mitad de África, sin olvidar la joya de la corona que es la India? ¿No es con el mismo pretexto y los mismos modales como se estableció Italia en Libia, Abisinia y otros?     

¿Y cuál fue el resultado? Un colonialismo puro, cruel, que explotaba las riquezas, expropiaba las tierras, humillaba a los pueblos y sometía todo y a todos bajo su yugo, su omnipotencia y su discriminación.     

Todo aquello se repite, por desgracia, con desfachatez, con armas destructivas más sofisticadas, pero esta vez bajo la cubierta de liberar y democratizar. Como si la democracia se pudiera imponer con la fuerza y la destrucción, como pretenden hacer los Estados Unidos en Irak, que sufre desde hace tres décadas una dictadura cruel e inhumana y desde hace una los bombardeos y el embargo que ha generado hambre, desnutrición, enfermedades, exilio y sobre todo humillación.     

Nadie con un mínimo de sensatez discute que Sadam Husein es el mal personificado, es la crueldad, es el despotismo, es la dictadura más sangrienta que se conoce, por lo cual tiene que desaparecer para que el pueblo iraquí pueda reincorporarse en el seno de los pueblos libres y relanzarse en su camino, ya iniciado antes de caer en la desgracia, hacia el modernismo y la prosperidad. Pero el que tiene la obligación y el derecho de derrocar a Sadam Husein es el mismo pueblo iraquí y no otro; porque la liberación, si no viene desde dentro, ya no es liberación sino dependencia.        

Los Estados Unidos, con una concentración de fuerzas poco vistas hasta hoy, desafiando a todo y a todos, han empezado una guerra atroz y salvaje contra el pueblo iraquí con la excusa anunciada, que es el derrocamiento del dictador. El mismo que han formado, armado, sostenido y protegido para, según ellos, liberar y democratizar al pobre pueblo iraquí.   

¿Son éstas, en realidad, las verdaderas intenciones de los atacantes? Nadie lo cree. Los EE.UU. pretenden alcanzar con esta guerra varios objetivos. Algunos de ellos están a la vista de todos y otros no.    

El primer objetivo por supuesto es ocupar, colonizar Iraq, directa o indirectamente, para dominar la producción petrolera de toda la región. Porque con esto no sólo garantizan su consumo doméstico de esta energía, ahora que sus reservas de la misma escasean. También controlan por un lado los precios de esta materia prima o preciosa y por otro el abastecimiento de muchos países –europeos en general– de esta energía tan necesaria al desarrollo y el bienestar del denominado primer mundo, apuntando en particular a Europa, que con su unión y su euro empezaba a convertirse en una fuerza que pudiera considerarse en el futuro como rival. Esto quiere decir que el mundo no será sometido a una sola fuerza, como lo quieren los Estados Unidos, sino a dos y a ver si no saldrá una tercera... Había entonces que cortar el camino y confirmar la unicidad de la fuerza y la hegemonía. De ahí la movida de los amiguetes y la división de Europa, para que sepa que el que manda soy yo y puedo actuar, castigar, guerrear, colonizar, someter a quien quiero, donde quiero, como quiero, sin tener en cuenta ni a la ONU ni a quien sea otra cosa que mis propios intereses.    

Otro objetivo es garantizar la omnipresencia y omnipotencia de Israel en la zona. Después de haber neutralizado a Egipto, la única fuerza en la zona que pudiera enfrentarse a Israel es Iraq. Es necesario entonces destruirlo o dominarlo –o ambas cosas a la vez– y así el Estado hebreo se convertirá, de facto, en cónsul general de los EE.UU. en la zona, que será reorganizada –mejor dicho, redistribuida– según las necesidades del padre (EE.UU.) y del hijo (Israel).    

Un objetivo más es destruir la ONU, ahora que no les sirve más. Antes se habían limitado a no pagar durante muchos años la cuota que les correspondía, a no someterse en aplicar sus resoluciones cuando su interés lo exigía y a apoyar a Israel cuando no aplicaba las resoluciones de la organización (no ha aplicado ninguna durante 50 años). Ahora pretenden que la razón, o una de las razones por las cuales invadían a Iraq, es su renuncia a aplicar las resoluciones de las Naciones Unidas; cuando todo el mundo sabe que Iraq lo hizo con todas las consecuencias que suponía hacerlo para con el pueblo iraquí, que desde el desarrollo, el bienestar y el avance en todos los sectores, se ha encontrado en la pobreza, el hambre, el retraso y ahora la muerte.      

Así pues, el control del petróleo, el dominio de la zona y su redistribución (nuevo trazado de fronteras para repetir la operación Sykes-Picot de principios del siglo XX), la consolidación de Israel, la advertencia a Europa y la siembra de la división en sus líneas, la eliminación o la parálisis de la ONU y la realización de grandes negocios para las empresas representadas por los hombres cercanos al presidente de los EE.UU. (unos contratos que están ya firmados, a pesar del enfado de las empresas británicas y australianas que querían un trozo de la tarta) son, en resumen, los objetivos a la vista.     

¿Habrá otros no declarados? Creo que sí. Porque, como se dice: el que come a tu hermano en el almuerzo, te comerá en la cena.     

Y como si no fuera poco todo esto, las cosas están tomando poco a poco un sesgo religioso, cuya señal más expresiva es el rezo institucionalizado en EE.UU. al inicio de los actos oficiales: consejos de ministros, plenos del Congreso y del Senado, etc. ¿Piensa convertir el Sr. Bush esta guerra en una nueva cruzada, como ya ha dicho? ¿Querrá el Sr. Bush llevar al mundo a un enfrentamiento entre religiones? Si es así nos encontraremos más atrás del siglo XIX, mencionado al principio, y estaríamos encima de un explosivo que nadie sabe cuándo, cómo y dónde explotará.    

Pero, como dijo el  poeta, no todo lo que desea el hombre lo alcanza / los vientos corren a veces con lo que no desean los barcos. Los agresores deseaban y pensaban que la invasión iba a ser un paseo; pero el pueblo iraquí les está diciendo que no será así. La ocupación, si un día se realiza, tendrá que ser a alto precio. Pensaban los agresores o deseaban que el pueblo iraquí iba a recibirlos con flores y sonrisas. Se olvidaron o no sabían que el refrán popular de allí dice: mi hermano y yo contra el primo; y el primo y yo contra el forastero.     

Ningún pueblo cambiaría un mal por otro; nunca se cambiaría una dictadura por una ocupación extranjera, un colonialismo. Los pueblos –y el iraquí es uno de ellos– no quieren más que vivir en paz; gozar de las riquezas de sus tierras; mejorar sus estados y sus vidas en la tranquilidad y el entendimiento con los otros.    

Pero parece que los EE.UU. no lo ven así y por ello se embarcaron en esta grave aventura, que no ha hecho más que comenzar, para encontrarse, tarde o temprano, atrapados en unas arenas movedizas de las que tanto abundan en Iraq.      

 


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