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Portada nº 17
Reportajes y Entrevistas
Sección General

 


LUCÍA GARCÍA LAGALLARDA


Sintel, una lucha olvidada

Tras sortear con éxito varios expedientes de extinción de empleo. Tras una larga incertidumbre desde 1996. Tras la burla de una multinacional y de un Gobierno. Tras ocho meses de acampada en el Paseo de la Castellana. Después de todo ello continúa habiendo un problema latente del que ya no se habla, que muchos creen resuelto. No es así. El caso Sintel sigue sin solución.      

El problema de 1.800 trabajadores de Sintel en toda España sigue sin resolverse después de año y medio de terminar su acampada en el Paseo de la Castellana de Madrid. La situación es ahora más crítica que nunca porque a la mayoría de estos trabajadores se les acaba la prestación por desempleo en mayo. Y sigue sin haber una respuesta de los Tribunales que obligue a Telefónica a hacerse cargo de la empresa que malvendió al líder anticastrista Jorge Mas Canosa, quien, a su vez, la llevó a la quiebra. Durante la ejecución de esa venta las Cortes españolas estaban disueltas. ¿Fue acaso una venta legal o una traición a una simple filial por parte de Telefónica?        

Después de paros y huelgas continuas en las diferentes delegaciones que Sintel tenía abiertas en todo el país, los trabajadores decidieron unir sus fuerzas ocupando el centro financiero y político de la capital de España. El 29 de enero llegaron desde todas las provincias al Paseo de la Castellana a reivindicar su derecho al trabajo y a hacer público un problema que salpicaba directamente a la omnipotente Telefónica y al flamante Gobierno Aznar.      

El color azul y gris de las chaquetas de los trabajadores impregnaba el ambiente desde el Santiago Bernabéu hasta la plaza de Cuzco. Tiendas de campaña acogían a aquellas gentes venidas desde tan diversos puntos de la geografía española. La organización de los trabajadores de Sintel se hizo patente conforme avanzaban las semanas. Lo que se pensó que iban a ser unos días acabaron siendo casi ocho meses de protestas continuas. Se levantaron casetas con maderas recogidas de los contenedores. Instalaron televisiones y frigoríficos y construyeron aseos. La solidaridad ciudadana constituyó un factor importante a la hora de ayudar a estos trabajadores que se habían alejado de sus familias para luchar por un puñado de justos ideales.       

La ironía y la sátira de sus pancartas, frases y carteles se asemejaba a aquellas críticas que se hacían a principios de siglo XX contra los políticos que llevaron a España a uno de sus desastres. Siempre había una radio encendida por si hablaban del tema. Siempre seguían con interés los informativos de Tele 5 por si les sacaban por televisión. De Antena 3 y de Televisión Española, por sus vinculaciones con Telefónica y con el Gobierno respectivamente, aprendieron estos trabajadores que no existe libertad informativa en España. De muchas cadenas de radio, excepto de Cadena Ser, aprendieron lo mismo. Cada mañana alguien portaba algún periódico y se sorprendía de que no supiesen decir lo que de verdad estaba pasando. Según el presidente de la Asociación para la Colaboración con los Trabajadores de Sintel, Adolfo Jiménez, la cobertura informativa fue más fiel a la realidad en Europa que en España.     

Realmente parecía imposible que este país fuera, o es, una democracia. La libertad informativa estaba vendida. El derecho de huelga corría cada día el peligro de ser aplastado por la acción represiva de la policía. La acción judicial se ralentizaba. Debe ser una tradición que en España los papeles pasen de un despacho a otro o se pudran en algún rincón sin que nadie los desempolve. A pesar de todo los trabajadores acampados no perdían la esperanza por su lucha laboral, porque no habían perdido todavía el odio por aquellos que los vendieron sin previo aviso.     

Así nació el nombre de su lucha: El Campamento de la Esperanza.     

Poco a poco el campamento se hacía habitable. Aquel invierno fue muy lluvioso y frío y los trabajadores construyeron una vida allí. Cada mañana se levantaban y hacían su recorrido habitual desde Cuzco hasta Nuevos Ministerios, donde se encontraba la sede de Telefónica. Pancartas y lemas insultantes y conmovedores, pitadas, gritos y puños en alto eran el desayuno de cada día. Mientras, el campamento comenzaba a oler a comida. Cómo olvidar las grandes paellas que preparaban los valencianos o aquel vino y queso manchego y aquella copita de orujo con miel para hacer mejor la digestión.       

Las conversaciones eran rutinarias, como todo allí dentro de la novedad que representaba su forma de lucha. Los tiempos de trabajo, la crítica a Telefónica, a Aznar o a Ansuátegui, la familia y la esperanza de una solución cercana formaban parte de las frases que todos los días pronunciaban los trabajadores. La moral era alta por la mañana pero conforme transcurrían las horas y tomaban conciencia de que habían estado lejos de sus familias un día más y de que un día más no se conseguía nada, se hundían, llegando a ser las horas de la cena y de acostar las más traumáticas del día. Los trabajadores pasaban el día reflexionando bajo una tienda de campaña, viendo los miles de coches que pasan por la Castellana y pensaban en sus hijos, en sus mujeres, en su futuro y en por qué es a veces el mundo tan injusto como es. Pero la lucha continuaba en un día a día que dio paso a la primavera y al verano.     

Con la primavera, el campamento se llenó de macetas con flores, de geranios y empezaban los primeros riegos de la calle para refrescar con el agua que los trabajadores cogían prestada de las alcantarillas de Madrid. Se formó una biblioteca en la zona de los andaluces para poder matar las tardes leyendo. También había quienes jugaban a las cartas en las terrazas improvisadas de tierra y adoquines que dejaban libres las casetas y tiendas de campaña.       

Las manifestaciones diarias se reforzaron con manifestaciones que colapsaron el centro de la ciudad y que siempre concluían en la Puerta del Sol. Como siempre, el número de manifestantes era algo subjetivo. Cuanto más ruido hacían, cuanto más importante era el trayecto y cuanto más respaldo ciudadano obtenían, más orgullosos y fuertes se sentían los trabajadores de Sintel para continuar con su lucha. Sin embargo, políticos y dirigentes de Telefónica guardaban silencio con respecto al tema. Sólo los sindicatos y la oposición de izquierdas ayudaron a que concluyera el conflicto, en una empresa en la que el 90 por ciento de los trabajadores, según sus representantes, estaban afiliados a CC.OO.     

Además de sus manifestaciones, apoyaron activamente a otros colectivos. Se sumaron, por ejemplo, a las protestas estudiantiles contra la LOU. Y Sintel también sintió el respaldo de compañeros del sector, de universitarios, de los ciudadanos anónimos... Aunque fueron muchos a los que les repugnaba la presencia de los trabajadores en Madrid.     

Las reuniones de negociación entre sindicatos, Gobierno, Telefónica y la Asociación de Trabajadores de Sintel tardaron en llegar. El objetivo de los trabajadores era cobrar los meses que Telefónica les debía, hacer público su problema en los medios de comunicación y ser recolocados en empresas del sector o bien en Sintel si la reflotaban. El 8 de agosto llegaron a un acuerdo final. Los trabajadores cobraron los meses que se les debía y se realizaron las prejubilaciones pertinentes. Pero el resto de los trabajadores fueron derechos al paro. No se habían cumplido los acuerdos ni las exigencias de los trabajadores de Sintel. La alegría y el festejo que se adueñaron de los trabajadores el día que se clausuró el campamento pronto desaparecieron.    

La lucha de Sintel ha marcado un hito en la historia del movimiento obrero. La forma que tomó, la acampada, ha sido repetida por otros colectivos para manifestarse. La resistencia y el tesón de los trabajadores resultó tan ejemplar para el país como molesto para Gobierno y Telefónica. Esta lucha ha contribuido también a la cultura. Sobre ella se ha escrito un libro: "El Callejero de la Esperanza", de Carlos Blanco, y se ha producido un largometraje documental "El Efecto Iguazú", de Pere Joan Ventura, ganador de un Goya en la pasada edición de estos premios.    

Hoy, después de casi 20 meses del final de aquella acampada histórica en la lucha obrera, el problema todavía está sin resolver para 1.800 trabajadores que siguen en paro hasta mayo. Las protestas continúan realizándose los martes y los jueves frente a las sedes de Partido Popular en las diferentes provincias. Se han realizado varias manifestaciones en Madrid, con gran dificultad porque los políticos madrileños no quieren volver oír hablar del tema. Están siguiendo a los políticos en sus mítines. Se dice que la acampada se desmanteló en agosto porque debía pasar por la Castellana la vuelta ciclista a España en septiembre. Desde luego, aquellos trabajadores estaban estropeando la imagen de Madrid. Eran parásitos que se aprovechaban del agua y de los tendidos eléctricos de los madrileños. Hipócritas. Los políticos de Madrid, como Ansuátegui o Manzano, sólo se podían ceñir a esos argumentos.    

Ahora, los trabajadores de Sintel quieren volver a decirles a los capitalistas y a la globalización que sus efectos destructivos tiene rostro, manos, ojos y sentimientos y que piensan seguir luchando. Que tienen, en definitiva, una vida, que a muchos se les truncó por el camino ya por suicidios ya por infartos.      

Sin embargo, ese futuro está todavía teñido de esperanza y de desesperanza.   

Es una lucha bonita para las páginas de historia.                 

 


OPI

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