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Portada nº 19
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


SALVADOR BEL CARALT


Paquito y su Ave


Paquito era un niño de casa "bien". Había nacido y vivía en un inmenso caserón situado en medio de un valle rodeado de altas y nevadas montañas, y regado por un caudaloso río truchero de limpias y cristalinas aguas. Paquito deambulaba por toda la casa precedido por un alegre "patito" de color amarillo, que iba desperdigando sus excrementos allí por donde pasaba, con gran algarabía de su madre y de la dama de llaves. Paquito, que ya había cumplido los 14 años, hacia tiempo que sabía que los Reyes no vienen de Oriente, sino que vienen de La Zarzuela. Pero no por ello había renunciado a conseguir el sueño de su vida, y que su padre le había prometido para cuando cumpliera los 15. Tener un tren eléctrico. Pero no un tren eléctrico cualquiera, no, Paquito quería una gran maqueta ferroviaria, con varios trenes en circulación, túneles, puentes... Y lo estaba consiguiendo. Su padre, que no podía negarle nada al niño, había encargado construir la macro-maqueta ferroviaria en unas antiguas caballerizas abandonadas de la finca. Allí se hallaba hacía días, dedicado a su construcción, un mini ejército de albañiles, electricistas, yeseros, carpinteros y el mejor modelista y constructor de maquetas del país, para que el día del aniversario de Paquito se pudiera inaugurar solemnemente el complejo ferroviario en miniatura. Las obras estaban casi ya terminadas. Había dos circuitos de trenes de mercancías, dos de pasajeros e incluso una vía exclusiva para el Ave, igual que la del auténtico Madrid-Sevilla. Con su catenaria y todo. Se habían construido puentes, túneles, acueductos y estaciones. Se habían reproducido montañas, valles y ríos; en fin, que parecía real. Paquito, cada día después de llegar del instituto, se paseaba por las antiguas caballerizas, acompañado de su "patito" amarillo, para comprobar el estado de las obras. No cabía de gozo en su piel, y estaba ansioso de que llegara el esperado día de su aniversario para poder ponerse al mando de la maqueta.     

Pero cuando apenas faltaban unas semanas para la efemérides, Paquito, que últimamente estaba muy nervioso, no pudo resistir la tentación. Y una noche, mientras su familia estaba reunida ante el televisor contemplando "El tercer grado", se escapó hasta la caballerizas para admirar su preciado regalo. Sigilosamente, se dirigió hacia la zona donde estaba situado el panel de mandos de la maqueta. Era una enorme mesa llena de botones y lucecitas que le encandilaron y casi le obligaron a pulsar todos los botoncitos y palancas. La maqueta se iluminó. El cercanías que estaba en la estación salió a toda prisa y se cruzó bajo un puente con un mercancías que iba en dirección contraria. Pero lo que más ilusión le hacía a Paquito era ver cómo respondía el Ave, su Ave particular que le había incluido como regalo extra su "papi". El Ave era una réplica exacta del nuevo Talgo de alta velocidad, con la cabeza en forma de "pato" como la de su mascota, que de tanto ruido había ido a defecar a un rincón de la sala. Cuando por fin se hizo con los mandos del Ave, Paquito no pudo contener su emoción. Y el raudo ferrocarril fue cogiendo velocidad, y velocidad, y... Pasaba por túneles, estaciones, acueductos, valles y ríos. De pronto, un resplandeciente chispazo y una fuerte detonación inundó la estancia.    

Paquito, a oscuras, recogió como pudo a su "patito" amarillo y se retiró a sus aposentos.      

A la mañana siguiente, cuando Manuel, el maestro de obras, se dirigió a las antiguas caballerizas para dar los últimos retoques a la maqueta, se encontró con el desaguisado. Rápidamente contactó con el dueño de la casa, que acudió raudo a la finca para conocer de cerca el desastre. "Mire usted, D. José, yo no sé lo que ha pasado aquí, pero esta noche alguien ha estado poniendo en marcha la maqueta y ya ve usted los desperfectos. Los circuitos del cercanías, los del mercancías y el de los expresos están intactos. Ahora, lo que es la línea del Ave, ya lo ve: la catenaria fundida, dos viaductos maltrechos, dos túneles con corrimientos de tierra...". "¡Paquito!", bramó don José. Al momento llegó el muchacho y su inseparable "patito" amarillo. "Yo no he sido", espetó nada más ver el desastre que había originado la noche anterior. "Eso seguro que ha sido Antoñito, el hijo de los guardeses, que me tiene envidia", afirmó el jovenzuelo. "Luego hablaremos", le respondió el padre, y dirigiéndose a Manuel, le inquirió: "¿Cuánto tardará en reparar esto, Manolo?". "Pues cuente usted con un mínimo de dos meses, D. José". "Venga, pues manos a la obra", respondió el padre. "Y tú Paquito, ya sabes, no tendrás la maqueta a punto para el día de tu aniversario. A ver si así aprendes a respetar a los profesionales y tienes espera... ¡Ah!, y por cierto, este fin de semana te vas a la casa que tiene el abuelo en la playa y le ayudas a limpiar el «chapapote» de la finca".       

Paquito, cabizbajo y meditabundo, dio una última ojeada a su adorada maqueta y emprendió el regreso a sus habitaciones, seguido muy de cerca por su pequeña mascota, el "patito" amarillo que iba desperdigando sus excrementos allí por donde pasaba.    

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P.S. Esta es una historia inventada. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no.       

 


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