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Portada Nº Abril 2004
Información General y Opinión
Sección General


CECILIO URGOITI


Una Ciudad de la Euforia
para Aznar

En EE.UU. de finales de los cincuenta, en la época de esplendor del funcionalismo, se publicó un libro decisivo. Se titula Teoría económica de la democracia, y era su autor Anthony Downs. Aplicaba un modelo de análisis sociológico verdaderamente insólito, jamás pensado para el estudio de las elecciones. Consistía en concebir la acción del elector en términos efectivamente económicos, como si de un consumidor se tratara y como si el espacio electoral tuviera una analogía obvia con el del mercado: así, los partidos políticos ofrecerían distintas "mercaderías", las promesas contenidas en sus programas, y los ciudadanos optarían por uno u otro producto de acuerdo con su información y de acuerdo con sus preferencias. La conclusión a la que Downs llegaba era paradójica: si los electores nos comportáramos realizando un cálculo de los costes y los beneficios que se derivan del acto de votar, si aplicáramos una estricta racionalidad económica, nos abstendríamos en masa, dada la escasísima capacidad que tiene la papeleta. El sufragio de cada uno sólo tiene un poder infinitesimal y, por tanto, si lo pensáramos bien no deberíamos hacer el esfuerzo de acudir al colegio electoral para ejercer dicho derecho. Si a pesar de los costes votamos, si a pesar del esfuerzo que significa comparecer ante la urna, depositamos nuestro voto, es porque obramos irracionalmente. ¿Irracionalmente? Lo lógico sería que nos condujéramos como "gorrones" o "sanguijuelas", esperando así que las papeletas de los demás suplieran nuestras faltas. Esta conclusión paradójica ha sido objeto de numerosas críticas, cosa que no haré exponiéndolas.      

Regresaré, pues, a Downs porque en su libro hay algo más, algo que hace referencia al papel de la información política de que hacemos acopio los votantes, esa información que extraemos de la prensa, de la radio, de la televisión, de los medios de comunicación en su conjunto. La realidad del sistema electoral demuestra aquí y allá que los electores solemos ser perezosos, que tomamos nuestras decisiones políticas con escasísimos datos, que no solemos hacer el esfuerzo de averiguar qué hacen de verdad nuestros representantes, que no nos empeñamos en saber qué dicen exactamente los programas, que evitamos el examen minucioso de los manifiestos y los actos de campaña. ¿Por qué razón? Porque el incentivo para informarnos bien, insistía Anthony Downs, es prácticamente inexistente. Para empezar, insiste nuestro autor, "los partidos suelen incumplir numerosos detalles de sus programas, por lo que averiguar cuáles sean esas promesas es tarea fracasada". Por otro lado, sabedores los votantes de lo poco que valen su examen y el acopio de noticias electorales, no es lógico hacer dicho esfuerzo. "En consecuencia", concluía Downs, "es racional, desde el punto de vista de cada individuo, el minimizar su inversión en información política, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos podrían beneficiarse sustancialmente si todo el electorado estuviese bien informado". Lo que no decía Downs, porque no podía saberlo a finales de los años cincuenta, es el colofón de este deleite electoral la segunda parte de esta realidad que es la dependencia, en muchos casos, de la pereza del reportero, los malos usos de la prensa, la desidia de los profesionales, la conversión del periodista en mero e involuntario portavoz de los gabinetes de los partidos y de los gobiernos, aspectos estos sobre los que se mantienen vigilantes estos gabinetes de prensa.      

Pero abandonemos la teoría política de la información en sí y reparemos en la inauguración de lo inexistente. Ése es el "estilo Zaplana", un estilo que el Gobierno ha acabado por adoptar y que los valencianos conocen bien gracias a la ejecutoria del actual portavoz. Informar de un aeropuerto necesario y urgente que no está acabado como si éste fuera una realidad tangible o prometer cosas insólitas que nadie precisa u ofrecer bienes futuros que todos olvidarán no son hechos excepcionales: ha sido, por ejemplo, el modo de operar de los gabinetes populares en la Comunidad Valenciana y tras su llegada al Gobierno del resto de las comunidades por su partido gobernadas. Pío Cabanillas faltó a la sociedad mintiendo mucho y mal, pero este Zaplana le gana además en cinismo.     

De todos los casos que conozco pondré el más frenético. Fue una promesa que se hizo poco antes de las últimas elecciones autonómicas: la encontré repasando la letra menuda del programa cultural del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. En ese texto se hablaba de la Ciudad de la Luz, de la Ciudad de las Artes Escénicas, de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, del Parque de los Pueblos, del Pueblo de los Libros, de la Universidad del Espectáculo. Resultaba algo fatigoso, admitámoslo, tanto proyecto con que nos aturdían, audacias de la fantasía pública, planes inauditos, obras de admirable concepción asiática, toda una quincallería del utopismo provincial o del despotismo regional, no sé. Reparemos en las mayúsculas: había que padecer mal de altura para rotularlo todo con esas letras de vértigo o había que creerse un gran político para auparse hasta la cima de esas mayúsculas. Pero de todo lo prometido, nada había más extravagante que una Ciudad de la Euforia que habían ideado. Insisto: una Ciudad de la Euforia, un proyecto sobre el que algunos periodistas dieron cuenta, informaron y se extendieron como si fueran portavoces del gabinete de prensa de ese Pueblo de los Libros.      

¿Se imaginan? ¿Euforia? En principio parece el nombre de una discoteca o, más aún, una burla. Pero no, es todo lo contrario: es un Proyecto Mayúsculo, claro, que según dicen se ubicará en Castellón, la tierra de Carlos Fabra, hoy sometido a una "incomprensible inquisición", según él mismo mantiene, porque se están investigando sus cuentas poco claras. Tratamientos termales, relajación, armonía interior y desarrollo de las facultades artísticas y culturales del individuo habrían de ser los resultados de esa utopía que nos proponían. Tal vez pudiera pensarse que empleo esa voz, "utopía", peyorativamente o con ánimo de chanza, pero no: era la descripción misma que sus promotores le daban. "La creación de esta ciudad de la esperanza", aclaraban, "se caracterizará por desprender la energía necesaria para crear. Será la ciudad de las artes, del futuro, la ciudad que hace real la utopía". Si era una utopía colectiva con la que fantaseaban, da miedo, porque suena a un inhóspito centro de reeducación; si, por el contrario, era una utopía más modesta, verdaderamente provincial, al estilo Fabra, no resulta menos inquietante porque parece un balneario ideado por Thomas Mann para el reposo mórbido de ciudadanos convalecientes, amortizados, melancólicos.     

Regreso ahora a Anthony Downs y a su Teoría económica de la democracia. Al hablar del sistema político, decía este autor que entre los electores sólo cabían unas pocas opciones: o somos "tontos racionales" y prescindimos de la lectura de los programas electorales y de las promesas de las que dan cuenta los periodistas, pues al fin y al cabo se incumplirán; o somos "inteligentes irracionales" y no nos ahorramos los costes y el esfuerzo de informarnos. Lo que Downs no contemplaba era la posibilidad de convertirnos en tontos de remate, en tontos sin comillas. ¿Seremos tal cosa? En espera de esta decisión, en espera de resolver este enigma que en marzo se aclaró, recomiendo a Aznar un retiro placentero en la Ciudad de la Euforia de Zaplana, esa que es virtual, esa que aún no se ha materializado, esa en la que tendrá tratamientos termales, relajación, armonía interior y desarrollo de las facultades artísticas y culturales, con el señero objetivo de quedarse allí y no salir por el bien de España y de los españoles y, si cabe, de su partido, también. 14 abril 2004   

 


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