DAVID PÉREZ La peste de Occidente
Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo Nacemos un buen día, y muchos años después nos encontramos con que ya sabían de nosotros si éramos buenos o malos por naturaleza. También mucho después, por un azar que pocos quieren comprender, nos topamos de súbito a la vida, abandonados al ejercicio de cualquier oficio, consagrados a cualquier causa, adoctrinados por teísmos, filosofías o ideologías ingentes. Distintas formas para un mismo desconcierto: vivir. Debe de sonar fatal, pero la vida se parece a la peste bubónica que Albert Camus relata en su novela. Hay un personaje simpático, Cottard, que antes de que la ciudad se cierre herméticamente a causa de la epidemia es muy infeliz, un suicida patético. Pero llega la peste (vayan haciendo el símil con la actividad a la que dedican la mayor parte de su tiempo), y Cottard se transforma en el hombre más feliz del mundo. La epidemia le ha brindado la oportunidad de ocupar su tiempo en algo, y ahora se pasa los días charlando sobre el devenir de la peste, preocupado por los anuncios de las autoridades de la ciudad, esperanzado en que la enfermedad no cese nunca. Está disimulando el tiempo, dejándose vivir, inconscientemente. Por eso, cuando la epidemia se erradica, Cottard deja de ser feliz, porque su única razón para estar vivo se diluye. Suena muy mal, lo sé, pero todos estamos apestados, y la felicidad consiste en infestarse sutilmente, sin que nadie se entere, y mucho menos nosotros mismos. Cuando sabemos en abstracto que la epidemia nos ha alcanzado, si sentimos el transcurrir del tiempo en el fondo de los relojes, significa que hemos errado, y mejor será que recurramos al olvido para recomenzar. En nuestro Occidente son demasiados los que se saben dominados por la peste (los infelices), pero la idiosincrasia de esta época aerodinámica, y la herencia de un pensamiento indoeuropeo que trata de categorizar hasta la luna, impiden una reacción inmediata del temeroso ser humano occidental. No es menester estar al corriente del estado de la Filosofía pura contemporánea para discurrir que todo debe de estar muy cerca de donde lo dejaron los griegos. Porque el pensamiento se mueve a base de trasvases, se suceden corrientes que tratan de renovar o de innovar, pero lo hacen siempre trasladando verbo y logos a golpes de cucharada. Podemos estar muy seguros de que la escolástica terminó de morir con Kant, pero –y es encomiable el logro– lo único que sucedió es que tiempo y espacio entraron metafóricamente en el sujeto, en nosotros mismos: un movimiento de afuera hacia adentro. Somos lenguaje, pero sobre eso ya se ha escrito mucho. Antes de Kant, Locke se había encargado de sustraer con otra cucharada más realidad al mundo, dándonos para siempre la soberanía de nuestros cinco sentidos. Llega Schopenhauer con sus argumentaciones paladinas y mete en nuestro cerebro, además del tiempo y el espacio de Kant –por si no teníamos suficiente–, la ley de causalidad. La descomposición de la realidad en sujeto y objeto queda consolidada, pero retornamos a Grecia y nos damos cuenta de que Platón ya había pensado lo mismo, aunque lo hubiese explicado con mitos. La voluntad de Schopenhauer ya estaba enunciada livianamente en otras filosofías orientales, y seguro que el sufrimiento de la vida que tan bien nos explicó en sus obras ya lo había pensado cualquier esclavo en la Edad Media. El nihilismo se quedó en los libros. Freud se pasó buena parte de su vida tratando de justificar que mucho de lo que él adivinaba novedoso en su teorías ya lo había dicho antes Schopenhauer. El existencialismo y las filosofías del absurdo sirvieron sobre todo para nutrir la literatura del siglo XX. Y en el Arte del siglo XXI, en las corrientes semióticas que tratan de explicar sus códigos (las transformaciones semánticas, la disolución del cuerpo, el bajar de la pared al suelo, el subir desde el suelo al propio artista, la inmanencia de la obra de arte en la existencia, la disolución de la vida en el arte y viceversa, la disolución del arte en la vida), hallamos a los dioses griegos del arte Apolo y Dionisio, aunque en aquella época no estaba de moda hacer exposiciones donde se muestra una vaca muerta dentro en una urna repleta de formol. Algo debe de escapársenos a los hombres, porque el fuste primigenio y la ansiedad axial de la condición humana permanecen impúberes, limpios de explicaciones. Nadie se ha hecho artista por estudiar estética, ni virtuoso por estudiar ética, ni más diligente razonador por estudiar lógica. Después de tantos siglos de evolución y raciocinio deberíamos haber ganado un poco en felicidad, porque ¿de qué se trata entonces? Ya me dirán si no es una degradación que tengamos que levantarnos cada mañana con legañas indoeuropeas enredadas entre las pestañas. Legañas que no son más que la premonición de la costumbre repetida, de una jornada más (o menos, para los que prefieran descontar que contar), semejante a las otras. Y nunca nos quitamos las legañas los de este bajo y relativo suelo, ni siquiera osamos despertarnos, no vaya a ser que la felicidad nos encuentre al doblar una esquina que por precaución no hemos querido doblar nunca, no vaya a ser que cualquier otra cosa distinta. Pero esas legañas indoeuropeas (tan poco parecidas a las aborígenes) que el lector, en un esfuerzo volitivo enorme tratará de rechazar como propias, son de Occidente entero, de un Leviatán hecho de lógica y de categorías: hermosísima construcción, banalidad homérica. Estamos demasiado centrados, demasiado céntricos y centrados, pero tampoco yo me salvo, en palabras de Julio Cortázar, acabo aludiendo al centro sin la menor garantía de saber lo que digo, cedo a la trampa fácil con que pretende ordenarse nuestra vida de occidentales. También Cortázar (el gran cronopio que nunca llego a serlo, para seguir por el camino del pesimismo) escribió un Elogio de la locura –como Erasmo de Rotterdam–, del que es indispensable rescatar unas líneas: «esa razón que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los dientes contra una realidad que no se deja ni se dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica, la ciencia pura y la tecnología.» La sabiduría no consiste en saber que tiempo y espacio son formas a priori del conocimiento, sino en ser un poco más feliz de lo que nos dejan; y esto no es más que tratar de disimular la vida y el tiempo dejándose llevar por el río metafísico que les plazca, cualquier peste, pongan por caso el fútbol, la aeronáutica, la recolección de castañas, el periodismo, la política, la piratería o la pereza. Pero por el camino de las acciones de los seres humanos entramos de lleno en el forcejeo entre trabajo y ocio, nos adentramos en las entrañas abominables de esta época. El bulímico capitalismo que abraza hoy nuestro Occidente induce a los hombres a la acción, al movimiento, a competir por alcanzar una dudosa cumbre. No corren buenos tiempos para el Arte, no es fácil para una persona abandonarse a la pereza contemplativa que el pensamiento y el Arte precisan. Es una temeridad. Se trata de sobrevivir, y la mera existencia indoeuropea exhorta a las personas a una acción voraz y alienante, a una responsabilidad quimérica. La culpa que siente un perezoso occidental (no quiero decir vago) no es la de Kafka, es una culpa anti-romántica, despiadada, humillante. Ahora todo está en venta, desde la paz hasta la libertad de la clase no ociosa. También se vende la felicidad en trocitos, por ejemplo manufacturada en centros espirituales a los que acuden adolescentes y divorciados en masa a aprender Tao, Zen o a Buda entero en dos horas y media por semana. Todo empieza a parecerse a como lo describen en los libros. Esperemos que la caverna de Platón no termine como lo relató José Saramago en su novela.
No voy a decir que debemos matar a la inteligencia utilizando la propia
inteligencia, ni que tenemos que rescatar la educación sentimental que
narraba Flaubert. Quizás los enigmas sean más importantes que las
soluciones. Tal vez en sueños alguno de nosotros haya podido matar a
Platón. No es fácil deshacerse despierto de la herencia de metafísica
alemana, de siglos de diosa Razón centralizada, de contratos sociales o de
una dualidad inmarcesible. Es sabido que el sol lo cambia todo, y los
seres humanos aquí nos despertamos ordenados y estoicos. Ninguno de
nosotros es un Marcel Proust, capaz de jugar con el tiempo a su antojo,
capaz de transformar un dolor de muelas que nos atormenta en la vigilia,
en algo horrible que nos ocurre en sueños. Ahora que no nos oye nadie,
debo confesarles que Marcel Proust sólo era capaz de inventar estas cosas
cuando escribía, porque en la vida
–créanme–
era como todos nosotros, un
apestado, que en este caso hacía literatura. Pero no lo sabía.
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