MAR SÁNCHEZ Neruda, la sencillez de un genio Llevo días intentando escribir algo sobre Pablo Neruda. Conforme se acerca la fecha exacta del centenario de su nacimiento, 12 de julio, siento que cualquier cosa que escriba en memoria del chileno más famoso del mundo de las letras resultará corto y vacío de contenido. El reto se vuelve, por momentos, más inalcanzable; sobre todo, cuando plumas de prestigio han expresado, con la maestría que las caracteriza, su reconocimiento a Neruda. Esas plumas que van unidas a grandes nombres y que la hacen a una sentirse pequeña y hasta diminuta a la hora de hablar de los mismos temas. ¿Cómo competir con los múltiples homenajes que se han realizado a lo largo de este año en el seno de los más acreditados círculos literarios? ¿Cómo imaginar, siquiera, que después de leer artículos como el que escribió sobre él hace pocos días Mario Vargas Llosa en el periódico El País, yo, una simple mortal, tenga algo más que añadir? ¿Cómo atreverme a dar un paso hacia adelante, después de ver que prestigiosos cantantes, como Ana Belén, Serrat, Sabina o Estrella Morente, entre otros, han lanzado al mercado un CD titulado “Neruda en el corazón”, en el que han puesto ritmo y música a los versos repletos de sentimientos de este gran hombre...? Rebusco en el mare mágnum de mi biblioteca, entre las estanterías, intentando conseguir la valentía suficiente para expresar, desde el lado humilde de mi escritura, sentimientos de años retenidos. Busco su nombre. Encuentro sus libros, ahora viejos y maltratados por el tiempo. Esos libros que tantas veces me han servido para obtener, según mi estado de ánimo, ese compañero de viaje mudo y comprensivo. La magia de encontrar un poema para cada momento era sencilla: Neruda reflejó en sus versos las múltiples facetas de la vida, desde los sentimientos más profundos hasta las odas a las pequeñas cosas del día a día, pasando por la lucha frente a las desigualdades y las injusticias; toda una gama de humanidad donde poder elegir. Abro algunos al azar y contemplo las partes subrayadas y las anotaciones en las esquinas. Es curioso comprobar cómo con el paso de los años la inmensa mayoría de lo subrayado continua vigente. En mi juego de rebuscar entre los recuerdos del tiempo algo cae al suelo al abrir el libro sobre su vida, Confieso que he vivido: son unos folios sacados de internet, donde encuentro el discurso que Neruda pronunció en Estocolmo, en 1971, ante la academia sueca. Conforme comienzo a leer me impregna la fuerza del contenido, un contenido que me da el ánimo que me faltó para iniciar estas líneas: encuentro la sencillez del genio, la humildad del que escribe con el corazón y su deseo de acercar la labor de los autores a la vida sencilla, lejos de posturas elitistas y comprometidos con la humanidad. Neruda comenzó su intervención, al recibir el Premio Nóbel de Literatura, describiendo un escarpado viaje por Los Andes –no se sabe si real o no–. En él narra la relación entre los vaqueros que le ayudaron a cruzar la selva. Mezcla, de manera impresionante, la belleza de la naturaleza, los peligros del viaje, la soledad del ser humano, la necesidad de la ayuda mutua para superar las adversidades y la búsqueda del amor y los sentimientos de todo ser. En definitiva, el camino de la vida analizada desde el prisma de la sencillez de su mirada. A través de este viaje nos muestra máximas existenciales: la igualdad de todos los hombres ante temas del alma, la inapreciable necesidad de aportar lo que cada uno pueda dar al otro sin deberle nada a cambio en el sendero de la existencia, el compromiso moral de la unión frente a un destino común y, ante todo, la humildad de sentirse uno más en el devenir del grupo. Partiendo de esta sencillez, da un paso más hacia adelante y analiza la aportación del poeta a la sociedad. De ella critica duramente la mitificación de los escritores y el alejamiento de éstos de todas las facetas que conforman la vida de cualquier ser humano, como integrantes de un mundo superior, ininteligible y elitista. “El poeta no es un pequeño dios. No, no es un pequeño dios. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios .A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá tener también la sencilla conciencia de convertirse en parte de una colosal arlosania, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que le rodean al hombre, la entrega de la mercancía: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consolidar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos”. Finalizó su intervención con un canto al compromiso de los escritores, especialmente los latinoamericanos. Un compromiso de lucha a través de la palabra, convirtiendo ésta en un arma contra las desigualdades y las injusticias, y llevándola hasta sus últimas consecuencias, con un sentimiento humilde de solidaridad con el pueblo, cerca de él y lejos de los pedestales de la mitificación. “En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y al mismo tiempo nos resulta esencial el deber de una comunicación crítica en un mundo deshabitado, y no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores. Sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos”. Y añade: “Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacronismos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía”. Las palabras donde se reflejan la sencillez y la solidaridad de Neruda han vuelto a ser un faro en mi camino. Lejos de la incertidumbre de no poder alcanzar las cotas dialécticas suficientes para rememorar a este viejo amigo de mi espíritu, ahora siento la obligación, sencilla y placentera, de expresar mi agradecimiento a tantas horas compartidas en el seno de esa búsqueda de ideales y principios comunes, a pesar del tiempo y la distancia. Reconforta el alma volver a escuchar, a través de sus escritos, sus cantos de solidaridad, su lucha por la justicia, la dignificación del hombre por el simple hecho de ser hombre, y la obligación de todos en ese compromiso por conseguir un mundo más digno. Metas que se encuentran aún por alcanzar, en la lejanía del horizonte. Su luz antecesora continúa iluminando el camino de la esperanza. Su sencillez de sabio es un punto donde amarrarse frente a las tempestades del espíritu. Su vida, un ejemplo a seguir. Y sus escritos, un bálsamo para el alma. El legado de Neftalí Ricardo Reyes –un ser humano idealista, sencillo y comprometido–, es en esencia la herencia sin límites de un hombre “Íntegro”, con mayúsculas, donde se mezclan la genialidad del ser con la bondad infinita de su alma.
Pablo Neruda, allí donde esté tu espíritu, deseo que el viento te lleve
mis palabras. Sobre todo y ante todo, una: Gracias. Gracias por tus
poemas, gracias por tantas horas en las que tus versos me hicieron sentir
la maravillosa esencia de la vida, gracias por darme un bastón donde
asirme en los momentos de desánimo, gracias por donarme ese maná donde
alimentar mis ideales; y, en definitiva, gracias por haber vivido.
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