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Portada Nº Julio 2004
Información General y Opinión
Sección General


SALVADOR BEL


Cállese, señor Aznar, cállese

Todos recordamos la famosa frase de la campaña electoral de 1996, el omnipresente “¡Váyase, Sr. González!”. Nunca se supo con precisión quien fue el autor de la susodicha frase, que Aznar repitió hasta la saciedad desde la tribuna de oradores del Congreso y que el “sindicato del crimen” reprodujo también en editoriales, columnas de opinión y tertulias radiofónicas. Algunos la atribuyen al fiel escudero de Aznar, M. A. R. o sea, Miguel Ángel Rodríguez, pero también pudo haber sido cualquier otro urdidor profesional. Lo cierto es que la frase caló en el electorado y, con la inestimable ayuda de CiU y PNV, Felipe González y su partido fueron apartados del Gobierno de la nación, a lo que también contribuyó, no hay que olvidarlo, la desastrosa última etapa gubernamental del PSOE (Gal, corrupciones, Roldán, etc.). Una penosa etapa que esperemos esté en la memoria de todos los socialistas, para que no repitan los mismos errores. Y a partir de entonces empezó el lamentable periplo de ocho largos años de la derecha en el poder, los más nefastos que los españoles hemos sufrido en democracia.    

Mientras Aznar necesitó los votos de los nacionalistas vascos y catalanes para tirar adelante, su Gobierno fue más comedido en sus actos y en su talante. ¡Si hasta hablaba catalán en la intimidad!, cosa que fue categóricamente negada por Jordi Pujol recientemente en una entrevista en TV3.    

Pero llegó la mayoría absoluta del año 2000 y ahí terminó todo. A partir de entonces salió el verdadero talante de José María Aznar y de su partido, el PP. No voy aquí ni ahora a hacer un repaso de la política del PP de los últimos cuatro años. Todos la hemos sufrido y más de uno lo ha expuesto con mayor brillantez que pudiera hacerlo yo. Los ocho años de gobernación de Aznar han sido un cúmulo de mentiras, rencores y crispación, que consiguieron abrir una brecha importante en la relación entre comunidades autónomas, lo cuál nadie hubiera llegado a sospechar. Ha habido momentos en los que “casi” me he llegado a sentir culpable por el hecho de ser catalán. Y no digamos cuando ganó el tripartito en la Generalitat de Catalunya: parecía que todos los catalanes habíamos bajado a los infiernos y éramos una pandilla de separatistas y casi terroristas que sólo deseábamos el mal para el resto de los españoles. El señor Aznar y sus ministros han mentido mucho. Mintieron con el “Prestige”, mintieron con la huelga general del 20 J y con el “cecé oó” del furriel Urdaci. También mintieron sobre la guerra de Irak y nos llevaron a un conflicto bélico no deseado por el pueblo español, sólo por salir en la foto de las Azores con sus colegas Bush y Blair.   

Las mentiras siguieron después con el atentado del 11-M de Madrid. ¿Dónde se ha visto que el presidente de un Gobierno democrático llame personalmente a los directores de los principales medios de comunicación, para orientarlos en la autoría de los atentados?   

El señor Aznar dijo la verdad en una única cosa: que se iría a los ocho años. Y lo ha hecho. Aunque no como él quería, dejando en la Moncloa a su delfín. Claro que se cuidó mucho de no asumir la derrota de su partido en las elecciones del 14-M. Fue en una entrevista en Tele-5, donde dejó bien claro que él no era candidato a la reelección.   

Pero todo esto ya pasó. El pueblo español despertó de su letargo y dijo “¡¡basta!!”. Tenemos por tanto otro tipo de Gobierno, otro talante que el tiempo dirá si es mejor o peor. Entonces, ¿qué hace el señor Aznar piando ahora que no está en la Moncloa, ni tampoco en el Congreso de los Diputados? Incordiar. Ha llamado a su amigo Bush pidiendo perdón por la retirada de las tropas de Irak. Ha llamado también a sus socios europeos en el mismo sentido (¿ahora se acuerda de Europa, señor Aznar?). Incluso escribe desahogos de una página para el ABC y pontifica descorbatado y en mangas de camisa desde la tribuna de un curso de verano de formación de cuadros de su partido.   

Al señor Aznar no hay que pedirle que se vaya, porque ya se ha ido (insisto, no como él quería, pero se ha ido). Lo que sí hay que pedirle es que se calle de una vez, que no incordie más al personal, muy especialmente a su atribuladísimo sucesor, Mariano Rajoy, que no sabe ya qué tartamudear ante los micrófonos tras cada nueva andanada a su línea de flotación. Pero él sigue adelante con lo de “aportar” su particular opinión de la actualidad o decir cosas tan sorprendentes como declarar, en una emisora colombiana, que tiene en su poder los informes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) sobre los atentados del 11-M, afirmando con serenidad y convicción que esta delicada documentación le pertenece por ser el presidente en aquellos días. ¿Cómo puede afirmar tal cosa? Yo no soy nadie para dar consejos en casos tan serios; pero, ¿no tiene más sentido que dicho informe del CNI esté en manos del Estado?   

Al señor Aznar le conviene disfrutar de su vida de ex presidente. Que juegue al paddel, que tanto le gusta, y al dominó. Que se dedique a preparar sus lecciones para las clases en la Universidad de Georgetown y que no nos dé más la lata. Dedíquese a cuidar de su nieto, pues dicen que cambiar pañales relaja mucho. Y si es cierto, como ha trascendido hace poco en la prensa, que pasará las vacaciones en Ibiza, permítame un consejo: acérquese a la cercana Formentera y piérdase en alguna de sus decimonónicas cuevas o cualquiera de sus desiertas playas. Se encontrará como pez en el agua. En fin, haga usted lo que más le plazca. Pero por favor cállese, señor Aznar, cállese. 22 julio 2004   

 


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