BEATRIZ ELOLA Asesinada por quererle Lo llaman violencia doméstica y éste es sólo un detalle de lo “light” que tratan el tema. Porque doméstico es lo contrario de salvaje. ¿Acaso no es ésta una violencia de lo más salvaje? ¿Es que quizás puede haber algún tipo de violencia que no lo sea? Pero ésta lo es aún más. Es torturar hasta la muerte a quien te ha entregado su amor. Es aplastar a la persona que un día de ilusión decidió tener un proyecto de vida en común contigo. Violar, insultar, golpear, machacar, anular... reventar a la mujer que se acuesta o acostaba junto a ti todas las noches para compartir los sueños. Destrozarla a ella, a la persona que te dio toda su confianza, apoyo, amor; y que es, probablemente, la madre de tus hijos. ¿Cómo se le llama a esto? Más que maltrato, es tortura, la más despótica y cruel. Es la maldad encarnizada. Marisa Castro, feminista acérrima, dice que a este tipo de violencia hay que llamarlo “terrorismo de género” y que las autoridades deben perseguirlo y condenarlo al igual que se hace con ETA o Al Qaeda. Cuando llevan ya 27 mujeres muertas sólo en lo que llevamos de año, creo es la manera adecuada de afrontarlo. En un periódico he leído que nueve imputados por terrorismo de género han sido suspendidos de condena por apuntarse a un programa de reeducación. ¿Pero cómo? ¿Ahora van a ser ellos las víctimas? No creo que más que un drogodependiente encerrado por robar bajo los efectos del mono. ¿Cómo pueden quedar impunes estas bestias? Me parece positivo que se les intente reeducar y que miren por su reinserción –lo agradeceremos las mujeres, si es que consiguen transformarse, cosa que los especialistas afirman es casi imposible–; pero que lo hagan en la cárcel, y durante muchos años. Cuantos más mejor, más efectivo será el programa. Parece que la vida de la mujer no vale nada. Hace poco un hombre mató a martillazos a su mujer cuando ésta le había denunciado por maltrato en numerosas ocasiones. Nunca el juez le había llamado a declarar. Como este caso, muchos. Y cuando se consigue que, por fin, se celebre un juicio, en la mayoría de las ocasiones lo que se consigue es una “orden de alejamiento”. Como si el juez fuera un papá, le dice al niño-bestia que es malo pegar y, para que no tenga tentaciones, no se acerque mucho a la mujer (o lo que queda de ella). Y el niño, para que no le regañen más asiente con cara de corderito, mientras por detrás lanza miradas desafiantes a su víctima que dicen “te la vas a cargar por haberte chivado”. Pero, vamos a ver, ¿es que no le van a castigar? ¿Es que no van a tomar medidas que impidan que la situación se pueda volver a repetir? ¡Qué por conducir borracho te cae una pena mayor! Una pequeña encuesta realizada por el centro de educación Juan José Lorente, de Zaragoza, enmarcada dentro del proyecto europeo WOW (Widen Opportunities for Women, es decir, Mayores Oportunidades para las Mujeres) indica que el 21 por 100 de los hombres y cerca del 9 por 100 de las mujeres opinan que si una mujer maltratada no se va de casa no es que esté asustada, ni su voluntad anulada tras tantas palizas y vejaciones, es porque “les gusta el maltrato, o son tontas, o consiguen algo a cambio”. El 16 por 100 de las mujeres en edades de entre 17 y 25 años y más del 10 por 100 de los hombres entrevistados creen que “si una mujer es maltratada es porque algo habrá hecho”. ¡El 16 por 100 de las mujeres jóvenes! Un 9 por 100 de las mujeres y un 23 por 100 de los hombres afirmaron que “es mejor que la mujer maltratada aguante por sus hijos, porque es preferible que tengan un padre a su lado”. Esto significa que a un cuarto de la población masculina la mujer le importa un comino, y prefieren que un niño sea educado por la violencia (poniendo su propia vida en peligro), antes de confiar en la capacidad de una madre. Entre los hombres que dijeron que sí, la mitad tenían entre 26 y 45 años.
Está claro que una sociedad en la que la primera causa de muerte de las
mujeres entre los 16 y 44 años es la violencia ejercida sobre ellas, por
parte de sus parejas y ex parejas, tiene que tener un trasfondo ideológico
como éste. Por lo que, está claro también, que la única manera de atajar
el problema es cambiando la mentalidad –sin liberar a la justicia de su
tarea de persecución, castigo y reinserción para ellos, y de compensación
para ellas. Hay que revisar las ideas y actitudes que se dan desde todas
las áreas sociales, que el maltrato lo alienta y permite la sociedad.
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