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Portada Nº Junio 2004
Reportajes y Entrevistas
Sección General

 


ÁNGEL GARCÍA OVIEDO, POETA

"El fascismo se quita leyendo"


Por BEATRIZ ELOLA

Ángel García Oviedo es una persona madura, elegante, cortés, generosa y muy entrañable. Militar de carrera, formó parte de la UMD (Unión Militar Democrática), asociación clandestina formada por ofíciales y jefes de los tres ejércitos, que al final de la dictadura luchó por democratizar las fuerzas armadas españolas. Ha publicado numerosos artículos en El País y en Diario 16. Retirado de la milicia, actualmente escribe poesía. Acaba de publicar su segundo libro: Adelaida.   

Según nos comenta el propio autor, "la temática es muy semejante, lo que pasa es que aquellos poemas que se refieren a la cuestión amorosa, que ocupan la mayor parte del libro, son unitarios esta vez. Es decir, cuentan una historia que empieza y acaba; ya no son dispersos. Por otro lado, los poemas están más trabajados. Para mí este libro es perfecto (salvo dos erratas que hay en la contraportada). La música suena bien, al igual que la sintaxis. En cuanto a la forma, hay dos poemas más y tiene menos ilustraciones".             

Pregunta.– Como poeta, ¿cómo se definiría?     

Respuesta.– Me aterran los críticos de poesía que se empeñan en clasificar este arte en movimientos, en inventar etapas: que si el barroco, las vanguardias... Me parece algo idiota, que sólo se explica porque estas personas viven de eso. ¿Qué importa todo ello? Cuando lees un poema lo que interesa es si te emociona o no, al igual que la pintura o la música. Los críticos, además, provocan que las obras pierdan frescura. Si me preguntan qué estilo es el mío no tengo ni idea. Simplemente me viene el poema porque el poema va a ti de manera irremediable a partir de una emoción, una mirada, una imagen, un asunto amoroso; o son temas "míos", como la injusticia o el hambre de este mundo asqueroso.     

P.– Usted escribe una poesía muy dura. ¿Son las cosas más crudas de la vida las que le inspiran o es su manera de ver las cosas la que es cruda?   

R.– Es un sentimiento de compasión, no es que inspiren. Treinta mil niños se han muerto hoy de hambre. ¿Cómo les dices a esos niños que su vida es dura? ¿Cuál es la cualidad de la dureza? No hay palabras para definir eso.    

P.– ¿Qué le motivó a usted para comenzar a escribir poemas? ¿Cuándo empezó?    

R.– El primer poema que hice fue por un vacío sentimental terrible. Una historia de amor preciosa que tuvo un trágico desenlace, de manera casi cinematográfica. Estuve con una chica peruana, que yo no lo sabía pero estaba casada y que vivía en una ciudad distinta a la mía. Me pidió que le preparara una entrevista con Ruiz Jiménez. Ella estudiaba Derecho. El día antes de venir me llama por teléfono y me dice que se va a Perú con sus dos hijos porque han secuestrado a su padre y a su chófer lo han matado. No volví a verla. Pasó el tiempo y no conseguí comunicar con ella. Al cabo de unos meses recibí una carta suya en la que me decía que lo dejábamos. Más tarde me enteré de que su padre era el hombre más rico de todo Perú, que tenía compañías aéreas, unas fincas impresionantes...   

La verdad es que todos los grandes poetas han tratado el tema del amor. Este último libro también está inspirado en un amor, en el otro gran amor que he tenido, una historia también de desengaño. La infancia es otra cosa que, curiosamente, vuelve mucho a la cabeza y sobre la que también he escrito varios poemas, sobre todo en el primer libro.     

P.– Hablemos de su pasado. Usted formó parte de la Unión Militar Democrática, que en tiempos de Franco luchó por la instauración de la democracia en España. ¿Cómo ha incidido su carrera militar en la literaria?    

R.– Realmente no hay relación. La carrera militar no puede inspirar nada literario.    

Yo siempre estuve cerca del asunto literario, fui un gran lector. Y mi primer artículo fue pacifista, porque hubo un momento en que había un peligro de guerra nuclear horroroso. Escribir eso tenía un riesgo, porque a mí me iban a juzgar en juzgados militares. Lo que pasa es que utilizaba un lenguaje tal que no sabían por dónde cogerme. Luego seguí escribiendo en El País hasta que, realmente, me censuraron. Yo, de verdad, no entiendo a cuento de qué no permiten que una persona diga lo que tenga que decir. ¡Es absurdo! Fue a razón del referéndum convocado por el PSOE en el 86, a ver si entraban o no en la OTAN. Yo veía que el artículo tardaba, preguntaba y siempre me decían: "no te preocupes, está ya en el ordenador para salir". ¡Todavía sigue en el ordenador! (se ríe). Alguna vez escribí en Diario 16.     

Últimamente tengo un agente literario que, cada mes o cada cinco semanas, me llama y me dice que escriba un cierto número de líneas sobre el asunto que sea. Las vende, me da unas pelas, comemos y punto. ¡Estoy divino, vamos! (se ríe). Es que, claro, teniendo libertad... Y donde más se ve el grado de libertad de un país es en la prensa; esto es científico. Sólo hay que mirar las páginas de economía y de internacional para saberlo. En España no hay un solo periódico de izquierdas. El País es de derechas. Se puede ver gente con el ABC en la mano derecha y El País en la otra para leer las noticias de economía.  

P.– ¿Por qué, siendo usted pacifista, hizo la carrera militar?      

R.– Cuando entras en el ejército no sabes nada. Yo vivía como en la cueva de Platón. En casa no se hablaba de política absolutamente nada. La prensa, que era del Estado, no decía nada. En el instituto nadie decía nada. Los vecinos no decían nada. Nadie decía nada. ¡No sabía nada! Entonces, vas decidiendo por pequeñas cosas puntuales. Me enteré de que existía Miguel Hernández con 23 años y yo no puedo perdonar eso. Era horroroso. Con los cines te amenazaba la prensa. Catalogaban las películas con "peligrosa", "sumamente peligrosa", "con reparo"..., ¡qué se yo!. Si tú ibas a ver una película que ponía gravemente peligrosa, cuando te ibas a confesar te decía el cura que fueras a la capital, porque sólo te podía perdonar el obispo. Y de esto no se dice nada.     

Toda la gente se mete en las fuerzas armadas, pero sin saber. Hay unas determinadas salidas profesionales y eliges una. A los veinte años me metí en el ejército, pero sin ninguna intención. Luego, poco a poco, te vas enterando de cosas por la gente que vas conociendo. Pero es un proceso muy lento. Hasta que, en un momento dado, te desmarcas. Qué casualidad, todos los capitanes son de la misma edad, te decías. Pues qué curioso, quiero saber por qué. Y así... Yo siempre tenía veleidades de tipo cultural. Me apunté a un curso de sociología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Aquella era una sociología que no era comprometida. El tipo que daba el curso aquel era un hombre simpático, con el que hablaba mucho. Tenía buena relación con él. Al año y pico, leyendo una revista (ya empezaban a verse cosas en las revistas), vi que el profesor éste, Ramón Ruiz Alonso, ¡fue el que denunció y detuvo a García Lorca en Granada! Empiezas a sumar cosas y llega un momento en que todo se precipita.     

El fascismo español fue clásico, cruel, criminal, pero como las democracias occidentales ganaron la Guerra Mundial tuvo que guardar un poco las formas y, lentamente, normalizarse. Empezó por tolerar el turismo. Llegaban las inglesas a la playa, se ponían biquini y eso lo toleraban. Claro, daba dinero, pero a las indígenas las obligaban a ponerse bañador entero y albornoz. La apertura política vino con la apertura económica y de manera natural. Pero muy poco siempre, muy poco, muy poco; nada. Hasta que se murió el canalla, el criminal éste, en el año 75, no había nada. No lo hubo hasta el 77. 

P.– Volviendo a la UMD, ¿cómo surgió su creación? ¿Qué actividades llevaban a cabo?       

R.– Surgió de un militar, claro, Juli Busquets, catalán, que luego fue diputado del PSOE, y de dos o tres más. Eso fue ya en el año 74. La revolución de Portugal le dio un empuje a todo esto. Había un ideario pacifista. En esencia, la labor que estábamos realizando era la de concienciar democráticamente a las fuerzas armadas. Que supieran la función que estaban realizando, que eso no podía ser. Que la gente del ejército estaba soportando al Régimen, que éste era posible gracias a las fuerzas armadas...    

Que dentro del ejército hubiera un grupo disidente no se podía plantear. Era una sociedad absolutamente clandestina. Se celebraban reuniones donde podíamos. Algunas personas más o menos liberales, cuando se enteraban de que existíamos, no se explicaban cómo era posible. Nos tenían una admiración casi medieval. Muchos arquitectos de categoría nos dejaban sus estudios. Actores Juan Diego, María Asquerino…, médicos conocidos, querían estar con nosotros. Aún ahora, cuando la gente se entera, muestra una admiración increíble. Y era un asunto peligroso: te podían fusilar en veinticuatro horas. Pero era una cosa en la que no se pensaba. Esto era algo que se tenía que hacer porque era una vergüenza, daba pena este país. Era una cosa increíble, con la censura de prensa, de películas, el Consejo Nacional del Movimiento..., ¡yo que se qué más! Una democracia orgánica que llamaban ellos. Ver al criminal todavía allí y la gente que le vitoreaba... Una cosa asquerosa. Una antiestética insoportable.         

P.– ¿Cómo hacían exactamente para "democratizar" a los militares?       

R.– Intentábamos ganar adeptos, a los que enseñábamos cultura política; el fascismo se quita leyendo. Buscar a la gente no era nada fácil. Ibas a los cuarteles, o a algún club militar, te ponías a hablar con alguien que conocías de jugar al tenis o de ir a la piscina. Decías, por ejemplo: "Vi a Franco el otro día y estaba muy viejo, está ya mayor". Y según la respuesta que te diera, y el tono que utilizara, ya sabías cómo funcionaba el tío. Era apasionante aquello (se ríe). Y es que tenía una experiencia ya que no se puede usted imaginar. No llegabas a todo el mundo, claro. Había gente muy callada, a la que no te atrevías a hablar. Y luego había otros que estaban encantados con la situación. Fanáticamente. Era la inmensa mayoría. Y sabiendo el poder que tienen los militares; son los amos del país. En la dictadura, todos los militares decían: "El ejército es la columna vertebral de la patria". La realidad: ¡el ejército era la columna vertebral del tirano!      

P.– ¿Cómo era ser militar en un ejército fascista? ¿Cuál era su tarea? ¿Qué misiones tenía que llevar a cabo?    

R.– ¿Qué es un militar? Un militar es, sencillamente, un cazador de hombres. Y si eres militar y no estás cazando hombres, estás perdiendo el tiempo.     

P.– ¿Qué relación mantenían quienes formaban parte de la UMD con el resto de militares? ¿Sabían de su pertenencia a dicha organización?    

R.– En el verano de 1975, los servicios de información decidieron intervenir ahí, después de haber estado controlando muchas reuniones. Seríamos noventa o cien personas. Como nunca conviene detener a tanta gente, cogieron a siete o nueve militares a finales de julio del 75. Esto causó una conmoción terrible en España. Tras esto, en todos los cuarteles se supo perfectamente quién era quién. Era muy fácil. Eso fue un toque para poner ya a toda la gente en su sitio. Mucha gente entonces no quería ponerse a tu lado. Una tarde, con un militar amigo mío, hablando de política, se me ocurrió referirme a Franco diciendo "el sátrapa éste". Pues tres de los que estaban allí, grandes amigos míos, me denunciaron. Y me metieron en la cárcel por la denuncia de mis amigos. Fue por el ambiente, sintieron miedo, miedo por si alguien escuchaba. Pero éste es un tema tan largo...      

P.– Después de la muerte de Franco, con la llegada de la democracia, el grupo lógicamente se disolvió. Tras años de lucha conjunta, ¿han seguido manteniendo el contacto?    

R.– Sí, claro, hay grandes amigos. Son más que amigos, es gente que es de los tuyos; son de tu casa. Son personas que han sufrido mucho, muchísimo. La UMD se autodisolvió en el año 78, cuando se aprobó la Constitución. Vimos que no tenía sentido seguir con ello. Después, el peligro de golpe militar estaba ahí, por lo que de alguna manera teníamos que movernos escribiendo en la prensa, que ya era libre. Yo escribí en Diario 16, en El País, intentando que no hubiera golpe. El riesgo era permanente y no se produjo de milagro. Todos los años, cuando llegaba el aniversario de la Constitución, todos nosotros nos reuníamos a celebrarlo. Leíamos un discurso, invitábamos a la prensa y a simpatizantes y orgánizábamos unos tinglados de miedo. El primer año lo hicimos en "La Bola". Éramos muy pocos, era un bar pequeño. El segundo año cambiamos de sitio, pero seguíamos siendo pocos. Ya al año siguiente yo dije: "Mira, no voy. Esto, o se hace en el Hotel Palace, o yo no voy". Y, en efecto, la última vez que lo hicimos lo celebramos en el Palace. Y luego la gente siguió escribiendo. Últimamente se creó un foro que se llamaba "Milicia y Democracia". Yo ya no hago nada. Pero, vamos, hay un espíritu ahí que permanece. La semana pasada misma nos reunimos porque operaron a un compañero. Y siempre nos tenemos controlados. Teníamos una relación especialísima: entraba uno a la cárcel, salía el otro...     

Yo recuerdo esos años con alegría y creo que es la cosa más hermosa que he hecho en mi vida (ríe). Todavía hoy, en mi club de tenis, se me acercan algunos que me conocen, que me tienen una admiración increíble. Es una cosa... Realmente es que hubo mucha gente que no se lo creía. Decían: "¿Pero cómo es posible, 15 ó 20 tíos, militares, que dicen que están en contra del Régimen?". La gente que se enteraba mostraba una admiración asombrosa.    

P.– ¿Cuándo abandonó el ejército?      

R.– En el momento en que fui a la cárcel yo estaba en un polígono de experiencias de Campamento, en un laboratorio de cálculo balístico. Cuando llega el tema de Cartagena, otra cárcel, en un castillo, me echaron de allí y me metieron en una oficina siniestra en Cibeles, donde me encontré con siete millones de kilos de papeles y un paisano que tenía un aspecto apayasado, caricaturesco. Aquello me hizo gracia, verme allí. Me tuvieron en esa oficina algunos años hasta que me cansé.    

P.– Cuando concertamos esta entrevista por teléfono, usted mostró reticencias para hablar de ese pasado suyo en el ejército. ¿Por qué? ¿Es que ahora detesta a la institución?      

R.– No, no es que deteste el ejército. Bueno, el ejército surje para defender los intereses de la clase pudiente. Eso lo explica muy bien Rousseau en un escrito que se llama Causas de la desigualdad de los hombres. Él hablaba del buen salvaje, que vivía en el paraíso. Todo era de todos. Un día uno decidió coger un poco de terreno y acotarlo. Entonces, los demás se enfadaron. ¿Qué hace éste? Pues paga a unos para que lo defiendan. Como es un terreno que ha cogido por la fuerza, lo tiene que defender por la fuerza. Lo que pasa es que aquel señor tuvo que pagar de su bolsillo a los otros, y ahora somos nosotros los que pagamos. ¡Tiene pelotas la cosa!           

P.– ¿Qué opina de la labor de nuestro ejército estos momentos en Irak?      

R.– Irak es un exterminio de gente inocente por parte de los Estados Unidos. Tienen alguna baja los americanos también, porque los países árabes tienen dinero, y además sus hombres son gente a la que no le importa morir para nada. Es un caso clarísimo de imperialismo, que tiene también otros intereses. Cuando aumenta la demanda militar, la economía sube como la espuma, lo dijo Keynes hace ya unos años y está clarísimo. Y no voy a hablar del petróleo: un litro de gasolina en Estados Unidos te cuesta veintitantas pesetas.    

P.– ¿Qué supone la retirada de las tropas españolas en Irak?   

R.– Supone un acto maravilloso y emocionante. Aznar ha hecho un acto de pleitesía, se ha humillado ante el imperio. Es un tipo que siempre me ha recordado al de la película "Bienvenido Mister Chance". ¡Es el mismo personaje, exactamente el mismo personaje! Es analfabeto totalmente, bronco, antiestético, amanerado, no tiene imaginación alguna, no tiene gracia. Hizo un acto de pleitesía. Sólo hay que ver los fotogramas de este tipo con el jefe del imperio, la cara que tenía: no se lo creía ni él. Con un país pequeñajo como es éste, Bush lo único que quería era un "mamporrero" que le hiciera el trabajo sucio para que no figurara como invasión americana y se llamara coalición. ¡Es una falacia! ¿Coalición de qué? Le pasa lo mismo a Italia, a los pobres polacos... Nosotros, con quien tenemos que estar realmente es con los franceses y los alemanes, eso lo saben hasta los niños de pecho.      

P.– Además de escribir poesía, ¿a qué se dedica actualmente?     

R.– Bueno, pues ya tengo bastante. Escribo cositas. Ya le he contado que tengo un agente literario que me pide cosas y yo se las doy. No tengo problemas de censura, soy feliz, me trata bien, es muy buen amigo. Soy un gran lector, un lector increíble y soy feliz. La gente me dice: "¡Métete en internet!". Pues antes de meterme en internet prefiero estar hablando con Shakespeare, me parece más interesante. Luego soy un buen tenista, juego a buen nivel y me produce un gran placer el deporte. Es algo que me produce un bienestar increíble. Y el cine es la locura, vamos. Yo lo sigo mucho. No voy todos los días tampoco. En el mundo se deben hacer unas doce obras maestras al año. Ésas me las veo. Fuera de ésas no veo ninguna. El hecho de ir al cine me encanta: aparcas, luego te tomas alguna cosita... La pintura me gusta con locura también. Voy a las exposiciones. En Madrid tenemos muy buena pintura. ¿Y qué más me gusta? La tele no me gusta nada, es repugnante. Y, bueno, la música también me gusta. Hace unos años fui a ver una ópera y me encantó, un espectáculo impresionante. Antes tenía prejuicios, no se por qué. Lo que pasa es que es muy caro. 29 abril 2004  

 


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