BEATRIZ GARCÍA BLAS Los inmigrantes no son delincuentes Rara es la semana en la que no conocemos la muerte de algún inmigrante cuando intentaba llegar, cruzando el Estrecho en patera, a las costas españolas. Por desgracia, estamos acostumbrados a este tipo de noticias. Son habituales en los medios de comunicación, que se refieren vulgarmente a ellos como "sin papeles". Pero, ante todo, los inmigrantes son personas, hombres, mujeres y niños que dejan atrás sus países de origen en busca de un futuro mejor aunque, a menudo, mueren en el intento. España es un país receptor de gran parte de esta inmigración. Los colectivos más numerosos, africanos, sudamericanos y ciudadanos de Europa del Este, conviven con los españoles desde hace unas décadas. Sin embargo, este fenómeno parece haber aumentado en los últimos años. Las mafias africanas que trafican con seres humanos son cada vez más numerosas. Cientos de marroquíes y subsaharianos pierden la vida cada año tratando de cruzar el Estrecho camino de nuestro país. La ilusión de una vida mejor les da fuerzas para jugarse la vida en este viaje que muchos no consiguen acabar. Después de haber pagado una pequeña fortuna al mafioso que les conducirá a la esperanza, sus sueños se ahogan antes de llegar a las costas españolas. Muchos mueren en el intento; otros consiguen pisar tierra firme, exhaustos, deshidratados y bajo condiciones de hipotermia. Pero saben que la alegría les durará poco, ya que si no consiguen los preciados "papeles" pronto emprenderán el camino de vuelta. Pero estas mafias no sólo actúan en África. Europa y Asia también sufren el tráfico de personas. Son frecuentes los casos de mujeres procedentes de Europa del Este y de América Latina que vienen a España engañadas, pensando que van a trabajar en tareas domésticas, y que son obligadas a ejercer la prostitución, bajo constantes amenazas y palizas. La presencia de todas estas personas en las calles españolas genera todavía, en pleno siglo XXI, actitudes de rechazo y miedo. Para muchos, un inmigrante es alguien marginado y peligroso, alguien que debe volver a su país porque su presencia en el nuestro solo significa delincuencia y pérdida de empleo para los españoles. Es necesario un profundo cambio de mentalidad. Los inmigrantes no son delincuentes. Huyen de países donde lo único que conocen es la miseria, el hambre y la guerra. Son personas que acaban perdiendo sus raíces para poder integrarse en un país donde no son bienvenidos. La solidaridad con los inmigrantes debe empezar en casa, en las escuelas. Tenemos que aprender desde pequeños a convivir con ellos, a verles como personas quizá algo distintas a nosotros en rasgos físicos, creencias e ilusiones pero, ante todo y sobre todo, como
personas.
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