BEATRIZ GARCÍA BLAS Trabajo infantil, una lacra La cifra es escalofriante: 246 millones de niños trabajan en el mundo. Uno de cada seis. Y, de ellos, tres de cada cuatro lo hacen con riesgo para su salud, ya sea física o psíquica. Para intentar acabar con esta tremenda lacra, la ciudad italiana de Florencia acoge del 10 al 16 de mayo el Primer Congreso Mundial contra el Trabajo Infantil. El encuentro ha sido promovido por el movimiento mundial Global March against Child Labour (Marcha Global contra el Trabajo Infantil), cuya sede se encuentra en la ciudad asiática de Nueva Delhi, en India. También han contribuido la organización italiana Mani tese (Manos tendidas) y varios sindicatos. El objetivo de este foro es que los niños trabajadores expongan sus ideas y propuestas sobre el trabajo infantil. Se prevé que participen unos trescientos menores, procedentes de más de sesenta países, con edades comprendidas entre los 10 y los 17 años. Los niños plantearán sus alternativas a la explotación, la pobreza y la violación de los derechos humanos, y recordarán a los Estados y a las organizaciones internacionales su responsabilidad sobre ellos. La mayoría de los niños que trabajan lo hace porque sus padres necesitan dinero para mantener a la familia. O porque son huérfanos. O porque necesitan pagar una deuda contraída, por ejemplo, con el farmacéutico. Pero también se dan casos de niños secuestrados o esclavizados, que ni siquiera reciben retribución económica alguna por su trabajo. Muchos de estos niños trabajan para marcas del denominado "Primer Mundo". Los empresarios de los países desarrollados trasladan sus fábricas a los países más pobres, con el fin de abaratar costes. Allí, a cambio de un mísero salario y en condiciones a menudo infrahumanas, muchos menores pasan las horas del día (y puede que de la noche) cosiendo balones o zapatillas para Nike, tejiendo alfombras, haciendo ropa para H&M… Los empresarios solo se preocupan por obtener los costes de producción más bajos. Y la mano de obra infantil es barata. Y dócil. La culpable de esta situación tan dramática es, sin duda alguna, la pobreza. Pero la solución para que los niños salgan de ella no es el trabajo, sino la educación. Porque la pobreza, además de la causa del problema, es también su consecuencia. Como señala A. K. Khurana, de la Organización Internacional del Trabajo, "el trabajo infantil produce generaciones de adultos analfabetos que perpetúan la pobreza". Por eso, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) insiste en que la clave está en escolarizar a los menores. Sólo si los niños van a la escuela podrán romper el círculo vicioso de la pobreza e intentar conseguir mejores trabajos en el futuro. Para esta organización, que lucha desde hace más de cincuenta años por el cumplimiento de los derechos de la infancia, la educación es "el motor real para el desarrollo". Por ello, ha organizado la Semana Internacional de Acción en favor de la Educación, con la que ha intentado, una vez más, llamar la atención de los gobiernos sobre este problema, haciendo hincapié en que, de los 121 millones de menores sin escolarizar, más de la mitad son niñas. "Mientras millones de niñas carezcan del derecho a la educación básica, tendremos muy pocas posibilidades de mejorar las vidas de los habitantes más pobres del planeta. La educación no es solamente la clave para la realización personal de las niñas, sino también un factor esencial para reducir la pobreza, poner fin a la propagación del VIH/SIDA y alcanzar todas las demás metas relacionadas con el desarrollo", afirma Carol Bellamy, directora ejecutiva de UNICEF. Ojalá este I Congreso Mundial contra el Trabajo Infantil sirva para ayudar de verdad a estos niños. Para que se reconozcan de una vez sus derechos. Para que se escuche su voz. Ojalá este primer congreso sea, también, el último.
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