MAR SÁNCHEZ El radicalismo en las religiones Después de veinticinco años de democracia, parece incomprensible que se continúen dando en nuestro entorno comportamientos fascistas relevantes. Según las corriente psicológicas actuales, está demostrado que en la formación de la personalidad del individuo –aparte del componente genético intrínseco en cada ser humano– es predominante el cultural. Cualquier persona puede tener en sus genes unas bases inconfundibles que predisponen su carácter y su manera de ser. Por otra parte, el desarrollo cultural y social del momento histórico, junto con la ética y la moral aprendidas durante los primeros años de la niñez, determinarán realmente las pautas de su comportamiento. Si nos basamos en estos principios para entender el carácter fascista y autoritario de determinados individuos, no nos queda más remedio que reconocerles una soberbia genética histórica e intentar analizar las bases culturales, éticas y morales de su árbol genealógico. Que en todas las familias cuecen habas es algo tan conocido que no necesita explicación. Lo que es incomprensible es que, a estas alturas, además de cocerse se frían, se guisen, se asen y todas las modalidades culinarias imaginables. Frente a determinados comportamientos, desde luego cabe pensar que los genes tienen algo que ver en esto y que, en ocasiones, son tan predominantes que ni los movimientos socioculturales ni el devenir histórico permiten que las nuevas corrientes aperturistas se sobrepongan al autoritarismo intrínseco. Son momentos donde un acto concreto –como que los nietos de Blas Piñar se líen a golpes con los actores de una representación teatral por el título de la obra, "Me cago en Dios"– nos produce tal indignación que consigue paralizar nuestro raciocinio. Eso sí, a diferencia de la soberbia, la indignación se nos pasa con algo de tiempo y con calma; mientras que la primera es irresoluble: ni con calma, ni con tiempo. Cuando se consigue traspasar este estado anímico, es cuando comprobamos la importancia del núcleo familiar y las premisas ideológicas que transmite. Es evidente que el catolicismo radical continua existiendo en determinados sectores. Sus máximos exponentes y transmisores son las familias que recogieron el estandarte de las normas y las denominadas buenas costumbres de otros tiempos. Núcleos que se resisten a incorporar la cultura del diálogo y la duda relativo-existencial en sus vidas. Ellos tienen la razón por principio y, como diría Forges, "patentada". La fusión entre la genética y los grupos y corrientes más conservadores de la iglesia católica han conducido inexorablemente –e históricamente en nuestro país– a actitudes y personalidades fascistas. Hecho que no ha sucedido dentro del sector católico más moderado, e incluso aperturista de su doctrina, como los pertenecientes a la Teoría de la Liberación o al histórico movimiento de los Curas Obreros. Y si nuestra sociedad continua asumiendo la existencia de grupos religiosos con importantes lazos con determinados grupos de poder, donde se mantienen posturas conservadoras que rayan con los principios sectarios, donde perpetúan la semilla del autoritarismo, ¿cómo extrañarnos de que en otras religiones ocurra algo similar? Salvando las distancias entre católicos y musulmanes, cualquier principio radical es indeseable y de consecuencias más que negativas; pero no por ello debemos generalizar sus nefastas consecuencias, ni recortar la libertad inherente a cualquier ser de profesar la religión que desee. Sólo el individuo tiene la potestad de decidir sus creencias; nuestra Constitución así lo contempla, como además lo hace con el derecho de las minorías, en este caso la islámica. Cuestión aparte es el reconocimiento del peligro terrorista que suponen determinados sectores radicales islámicos y la necesidad de un férreo control; pero, también, otra cosa es cierta: al terror no se le puede atacar con sus mismas armas. No podemos olvidarnos de nuestros principios democráticos y jugar con las leyes según nos interese. La solución no es fácil, desde luego, pero habrá que estudiar la forma y los medios necesarios para combatir a los asesinos sin coartar a los inocentes. Las reformas legales al respecto deberán de ir en esta línea si quieren ser efectivas y ecuánimes, además de unificar los parámetros de todas las religiones.
El registro obligatorio de las mezquitas e imanes es un primer paso aceptable y lógico: con él no se destruye ninguna de las libertades de culto, mientras que sí es valido para un relativo control hasta hoy inexistente. Además,
no supone un agravio comparativo con la religión predominante en nuestro país; como tampoco lo es la concesión de prestaciones del Estado a las mezquitas, aunque
esto se haga para controlar a sus dirigentes a través de los lazos económicos. Pero,
sobre todo, el anuncio de querer consensuar las nuevas medidas a tomar con los representantes de la comunidad musulmana es un hecho novedoso y plausible. La historia nos ha demostrado que el poder de las religiones sobre sus seguidores es un lazo tan fuerte que escapa a la razón y no hay ley que pueda controlar la
irracionalidad. Es más, las medidas tomadas a la fuerza y en contra de los principios inherentes a
una doctrina determinada lo único que consiguen es aumentar las distancias y acrecentar el odio y los radicalismos. El
diálogo siempre es imprescindible respecto a cualquier tema, pero mucho más cuando se habla de religión, sea la que
sea.
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