BEATRIZ GARCÍA BLAS Un mundo insostenible El mundo se queda pequeño. Los recursos parecen insuficientes para satisfacer a todos sus habitantes. La sociedad de consumo crece a un ritmo imparable. El Instituto Ambiental de EE.UU. ha dedicado su informe anual, titulado El Estado del Mundo 2004, a estudiar sus excesos. "Necesitamos controlar el consumo, antes de que el consumo nos controle por entero a nosotros", afirma el presidente del Woldwatch Institute. Una reflexión que parece acertada. Nuestra sociedad actual se caracteriza por el despilfarro continuo, por la acumulación ilimitada de productos. Es una sociedad materialista, preocupada tan sólo por los bienes tangibles. Cuantas más cosas se tengan, mejor. Aunque no sean necesarias. Más de 1.700 millones de personas pertenecen a esta "clase consumidora". Son las que viven en el Primer Mundo, en las sociedades desarrolladas. Los habitantes de Europa y EE.UU, que tan sólo representan el 12 por 100 de la población, son los responsables del 60 por 100 del consumo mundial. El Worldwatch Institute advierte que "si todos los países en vías de desarrollo siguen las pautas trazadas por los países occidentales, la presión ecológica sobre el planeta sería sencillamente insostenible". Si se diera esta situación, harían falta tres planetas como el nuestro para satisfacer los excesos de todos sus habitantes. No parece probable que esto ocurra. Los países del Tercer Mundo carecen de una población consumidora. La "clase superviviente" es la predominante. Una categoría a la que pertenecen 2.800 millones de personas, que salen adelante con menos de dos dólares al día. No conocen lo que es el consumo, sólo se preocupan por vivir. Por tener cubiertas sus necesidades más primarias. Muchas de estas personas mueren de hambre; otras, por enfermedades ya erradicadas en el mundo desarrollado. Algunos datos aportados por el informe son muy significativos. Por ejemplo, que los habitantes del mundo occidental gastan al año 17.000 millones de dólares en comida para mascotas o 14.000 en cruceros, frente a los 19.000 que se destinan a la lucha contra el hambre o los 10.000 que se invierten en la potabilización del agua en los países que lo necesitan. No es más que el reflejo del "apetito insaciable" de Occidente. Vivimos en una sociedad del exceso, dominada por el consumo. En un mundo deshumanizado, donde sólo importa lo material. Donde se intenta conseguir la felicidad a través del dinero. Pero no se logra. El informe señala que, pese a tanto gasto, los ciudadanos de los países occidentales no son más felices. Al contrario, a menudo son víctimas de las llamadas "enfermedades de la opulencia": estrés, depresión, obesidad... Otro ejemplo más de la cultura del exceso en la que vivimos. Son muchos lo que alzan la voz para alertar de estos problemas. Pero los que tienen la posibilidad de arreglarlo no lo hacen. No les interesa. Hay recursos suficientes para todos, si se hace un uso adecuado de ellos. Pero los países desarrollados no tienen como objetivo prioritario el reparto racional de la riqueza. Caminamos hacia un mundo
insostenible.
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