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Portada Nº Mayo 2004
Información General y Opinión
Sección General


CECILIO URGOITI


Arreglar los platos rotos
que deja Aznar

Creo que ya ha pasado suficiente tiempo como para hacer unas reflexiones sosegadas sobre lo que ha pasado en España en los últimos días y el reflejo que ello ha tenido en nuestras vidas, así como sobre cuáles van a ser los cambios que podemos experimentar en nuestro inmediato futuro colectivo. Lo que va a tardar más tiempo, sin duda, es conocer la verdad de todo lo ocurrido y las decisiones políticas tomadas con el fin de lograr cualquier objetivo fuera de lo políticamente correcto.    

Antes de los brutales atentados, la situación electoral parecía favorable al PP, pues las encuestas le auguraban que sería el partido más votado. Incluso algunos sondeos le pronosticaban una nueva mayoría absoluta, aunque bien es verdad que otros daban un empate en diputados y más votos al PSOE (en la noche electoral así lo hizo la encuesta de Tele 5, que no creo hecha a pie de urna, y si así fue el error resultó obviamente mayúsculo). Por ello, las especulaciones preelectorales se reducían a la cuestión de si el PP conseguía o no otra mayoría absoluta. También parece evidente por los sondeos que los probables votantes de izquierda deseaban un cambio, pero mayoritariamente no creían que éste se fuera a producir. Había un desánimo generalizado entre ellos por la contumacia de las encuestas, que a veces tienen la cualidad de ser profecías que se cumplen por sí mismas: cuando se extiende la convicción de que va a perder una opción, los votantes de esa opción se desaniman y no votan, con lo cual se confirma la predicción aunque no estuviera totalmente justificada al principio. Evidente sí era que el PSOE ya había consolidado un líder, un líder forjado y que a partir de ese momento iba a ser tan indiscutible como lo es ahora.     

También parece evidente que había, en una parte importante del electorado, una rebeldía expresada claramente en las masivas manifestaciones contra la guerra. Si bien los soldados españoles no tomaron parte directa en actividades bélicas (algo que probablemente sí hubiese sucedido sin aquellas movilizaciones), lo cierto es que Aznar dio soporte político, moral y diplomático a Bush y Blair en las Azores, lo que le convierte en cómplice de cuanto ha sucedido después. Pero lo más patético de todo es que el relevante papel de Aznar se debió a nuestra pertenencia circunstancial al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no a nuestro poderío militar ni a nuestro peso en la política mundial. Ese apoyo, y otros de menor calado como los de Italia o Polonia, sirvió a los dos países participantes en la ofensiva para atacar sin el mandato de la ONU, y sin que se hubiera permitido a los inspectores internacionales terminar con su trabajo. Bajo la falsa acusación de la existencia de armas de destrucción masiva, las fuerzas norteamericanas y británicas derribaron a un dictador que, por otra parte, tampoco merecía la simpatía de nadie. En esa guerra murieron muchos inocentes que todavía no han sido contados, y durante la ocupación siguen cayendo otros muchos casi a diario. El papel asumido por Aznar en esta aventura fue percibido por la opinión pública como un apoyo injustificado a una guerra ilegítima, motivada más por el deseo de controlar los recursos petroleros que por la amenaza potencial del régimen de Sadam. Pero como todo ello parecía ocurrir muy lejos de nuestras fronteras, y los datos macroeconómicos eran buenos, no se percibió un cambio radical del sentido del voto del electorado.     

Sin embargo, como decía un reciente artículo de Juan Luis Cebrián refiriéndose a un texto de Nietzsche, el hombre no rechaza la mentira, sino los efectos perjudiciales que le produce. Así, después de que los atentados mostrasen cruelmente los perjuicios de dicha aventura, los votantes de izquierda dormidos y desanimados, más los indecisos, más los jóvenes que se incorporaban al electorado, definieron unos o quizá cambiaron otros el sentido de su voto. La prueba es el notable índice de participación electoral alcanzado el 14-M, muy por encima de los obtenidos en anteriores comicios,  que ya eran inusualmente altos en el contexto de las democracias occidentales. La llamada al voto masivo fue hecha por todos los partidos, pero por lo escuchado después de las elecciones dudo que todos lo hiciesen con el mismo convencimiento de que eso era "lo mejor para los españoles y la democracia".    

Tema aparte, y verdaderamente crucial, ha sido el tratamiento informativo que unos y otros medios, partidos y Gobierno han hecho de estos sucesos. La prensa internacional coincide mayoritariamente en diagnosticar que el empeño gubernamental en imputar a ETA los atentados, frente a las evidencias que iban surgiendo de lo contrario, acabó por irritar al electorado de izquierda y al indeciso. Las llamadas del presidente del Gobierno a todos y cada uno de los directores de los medios importantes para asegurar que había sido ETA, las penosas intervenciones de Acebes diciendo que exculpar a ETA era miserable, el mantenimiento contra toda lógica de que tal era la principal pista de investigación, ofendía la inteligencia del electorado. A eso se unieron las instrucciones dadas por la ministra de Asuntos Exteriores a todos los embajadores para que mantuvieran, siempre que tuvieran ocasión, la autoría de ETA, y el haber forzado una resolución de la ONU contra esta organización que hizo caer en el mayor de los ridículos al Gobierno aznarista cuando se desmoronó el montaje. Finalmente, el sábado por la tarde, las detenciones practicadas no dejaban lugar a dudas. El comunicado de Acebes no fue espontáneo, fue forzado por la filtración de la noticia a otros medios; por ejemplo, Tele 5 lo "sabía" antes que TVE.    

Pero, mientras tanto, ¿qué ocurría en la sociedad española? Aquel sábado la opinión pública seguía dividida, aunque unida por la desinformación gubernamental. La radiotelevisión pública y la Agencia Efe, también pública, habían contribuido a la división social y nos lavaban una vez más o al menos lo intentaron nuestros cerebros, con el único objetivo de ganar para el PP las elecciones. Gracias a la valentía y profesionalidad de las investigaciones periodísticas, se pudo quitar la careta a toda la trama gubernamental, directivos y demás paniaguados de los medios públicos y privados afines al Gobierno incluidos, con Urdaci a la cabeza. No olvidemos, a todo esto, que Aznar había decidido irse y que de hecho no se presentó a las elecciones. Rajoy no llegó a coger el relevo que le pasó Aznar, simplemente trató de seguir corriendo tras su líder imitándole en todos sus pasos. Si no tuvo la valentía de tomar las riendas de su partido, menos podría tomar las de un Estado en una crisis tan profunda, no ya sólo por los atentados del 11-M, sino por la auténtica fractura social que ha provocado el PP con su empeño de considerar patriotas a unos españoles y a otros no.     

Difícil es la papeleta que se le presenta ahora a Zapatero a la vista de tantos frentes abiertos: reconstrucción del orden internacional y europeo, mantener relaciones fluidas con todos los gobiernos autonómicos, imprimir un importante giro social a las políticas de educación y vivienda, acabar con la lacra de la violencia de género, etc. En definitiva, tratar de recuperar la confianza de los ciudadanos en los políticos y en la política, así como cumplir las promesas electorales hechas ante una sociedad que ha apostado por ese cambio tranquilo.    

 


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