CECILIO URGOITI Política democrática y Todo lo que sabemos sobre nuestra sociedad, sobre nuestro mundo, lo sabemos a través de los medios de comunicación, dice Niklas Luhmann. Pero los conocemos lo suficiente como para no fiarnos, para mantener siempre abierta la sospecha de la manipulación. Y a pesar de todo, no tenemos más remedio que recurrir a ellos para orientarnos en la realidad. A través de la incesante comunicación de los medios se va construyendo una "común realidad conocida", que puede presuponerse después implícitamente como trasfondo en todas las interacciones sociales. Va cristalizando eso que funciona después en la comunicación social como "saber" o "conocimiento", tanto de hechos como de opiniones sobre los hechos; crean una descripción de la realidad, una descripción del mundo, y ésa es la realidad a la que se orienta después la sociedad. Lo curioso es que esta realidad no es un mero "reflejo" de lo que acontece. Se va edificando activamente siguiendo la propia lógica del sistema. La cuestión que cabe plantearse es si hay lugar aquí para la creación de un auténtico espacio público, al menos tal y como éste se venía concibiendo en la teoría democrática tradicional, con unos presupuestos fundamentales que eran: la existencia de un espacio abierto a todos, público, sin restricciones de ningún tipo, para lo cual fue necesario eliminar las barreras de entrada mediante la garantía de los derechos de libertad de expresión y prensa, la eliminación de la censura, etc. Las cuestiones objeto de discusión en este espacio eran también públicas, en el sentido de que afectaban a todos por igual, tenían que ver con los "intereses generalizables", tal como los llama Habermas, para lo cual se presuponía la clara escisión entre un ámbito de lo público y de lo privado. Que la libre interacción en esa esfera de debate y opinión acabaría por hacer triunfar el mejor argumento, era el medio idóneo para acceder a la "razón", la clara diferenciación entre quienes opinan y el medio a través del cual lo hacen. Todos estos presupuestos nunca se han dado de manera perfectamente estilizada, ni cabe imaginar que lleguen a serlo. Es también un principio regulativo, pero uno de los más importantes, ya que pone en juego principios tan sagrados para la democracia como el igual acceso a la información, el pluralismo informativo, la participación ciudadana en debates públicos y racionales, la transparencia de la política y su posibilidad de ser sujeta a una evaluación por la ciudadanía, etc. ¿Cuáles son entonces sus principales amenazas? 1. El mayor peligro para el libre acceso de los ciudadanos a la información y para permitirles llegar a una "opinión" no proviene ya, al menos en la mayoría de los países democráticos, de las limitaciones formales a la libertad de expresión. Obedece fundamentalmente al proceso de concentración de la propiedad de los medios en menos manos cada vez, así como a la aparición de medios y agencias transnacionales que dictan de un modo sorprendentemente eficaz cuáles son los hechos sobre los que debe informarse y cómo. Otra amenaza deriva de la indudable sujeción de los medios públicos a la promoción del Gobierno de turno. En todo caso, la existencia de una amplia competencia entre medios, las exigencias de la marca para los que ya gozan de prestigio y las recompensas profesionales individuales aseguran en teoría un mercado informativo plural y reactivo. La carga de la información no está aquí necesariamente del lado de los medios, sino que recae sobre el propio ciudadano. Y el problema estriba más en ver cómo puede éste reducir la inmensa y compleja información, que en tener o no acceso a la misma. 2. Si hay algo que los medios de comunicación han contribuido a fomentar sistemáticamente en los últimos años es la ruptura de fronteras entre espacio público y privado. Hemos llegado así al "sinóptico", expresión de T. Mathiesen, a una sociedad donde el interés público parece coincidir con la posibilidad de ejercer un sistemático voyeurismo de todo lo privado. En el programa Gran Hermano, por ejemplo, los personajes populares lo son en gran medida por el mero hecho de "aparecer", no por sus méritos intrínsecos. Y el interés público se define así más por la curiosidad que suscitan los vicios o desdichas privadas que por remitir a algo que nos es común. Comentario aparte merece la aparición de estos personajes en infinidad de tertulias, programas de todo tipo, etc. Todo esto tiene un efecto directo sobre nuestra propia percepción de la política. Ocurre que la lógica de la industria del entretenimiento ha acabado por contaminar –al menos en el medio televisivo– otros espacios que deberían verse libres de ello, como es el de la política. Dado su escaso valor de entretenimiento o espectáculo (salvo excepciones), su presencia pública debe desenvolverse hoy en competencia con toda una industria dedicada a fomentar la "excitación" y el esparcimiento en una situación de permanente rivalidad por aumentar cuotas de audiencia y los ingresos publicitarios. El resultado es, o bien la creciente eliminación de programas de debate político –o su reducción a las necesidades del nuevo lenguaje–, o bien la menguante aparición de la política en los noticiarios informativos. La política crece en interés cuanto más se regocija en el escándalo, se aparta de las normas establecidas o las vulnera. El público, como el perro de Baudelaire, se sentiría más atraído así por la porquería que por el perfume. 3. En una sociedad democrática desarrollada es difícil que no haya un espacio para un sensato debate racional sobre temas políticos; los medios de calidad cuidan de ello. Que con eso sean capaces de compensar el poder de los tabloides, el amarillismo y la casi generalizada banalidad televisiva ya es otra cuestión. De ser cierta la hipótesis de Sartori, un eventual triunfo del "homo videns", alfabetizado mediante la imagen y con la consiguiente pérdida de capacidad para el razonamiento abstracto, significaría también el lento fin de la seria reflexión política y la despedida de una ciudadanía competente. Es una queja compartida por Bourdieu en sus análisis sobre la televisión, a la que imputa una nula capacidad para comunicar ideas y ofrecer poco más que "comida basura" intelectual. A pesar de todo, pocas veces ha habido una ciudadanía más informada, al menos en términos numéricos y en las cuestiones fundamentales. Las quejas de algunos intelectuales sobre la devaluación de la democracia y los bajos niveles del debate político, son explicables porque ven amenazados los pocos oasis en los que sigue cultivándose un discurso político de altura. Lo que no suelen tener en cuenta, sin embargo, es que en nuestra sociedad la política ha dejado ya de ocupar el centro indiscutible de la atención informativa, porque su mismo lugar dentro del sistema social se está desplazando. Algo que se corresponde con el propio proceso de diferenciación social, el dominio de la economía y la cultura del entretenimiento, pero también con la percepción de que aquello que acontece no tiene una relación inmediata con la vida cotidiana. Sólo cuando asoma el perro de Baudelaire, con alguna noticia escandalosa, vuelve a captarse la atención. 4. Con todo, el problema de la discusión racional o el debate de ideas, y la persecución pública de la razón, sólo cobra sentido si efectivamente existe una opinión pública capaz de adquirir autonomía respecto de una "opinión publicada" y de entrar en una particular relación con ella. ¿Cómo se objetiva eso que el público "piensa" y opina? Podemos presentar cuatro respuestas diferentes: la primera sostiene que la opinión pública es una mera ficción que sirve para encubrir intereses concretos, como cuando se apela a ella como justificación de determinadas políticas, decisiones o conductas, y sería la "opinión pública como ideología" según Bourdieu; luego estaría la versión de Habermas, que mantiene su prístino sentido ilustrado, como "locus de la conciencia crítica de la sociedad e imprescindible alimento de las prácticas democráticas"; en tercer lugar se encuentra la visión estadística y cuantificadora, en la que la opinión pública existe porque puede ser objetivada mediante encuestas y se manifiesta en los procesos electorales; por último, está la concepción más cínica y pragmática de Luhmann: la opinión pública es lo que va quedando por la acción de los medios de comunicación y sólo puede plasmarse en ellos. Sería así lo "visible invisible" y su función política más importante reside en hacer de espejo, ante el cual el político puede ver cómo se refleja su imagen y la de sus adversarios. Permite que el sistema político pueda acceder a una observación de sí mismo, desde fuera de sí mismo, y actúe en consecuencia. En este sentido, cumple la misma función que la tradición en las sociedades anteriores: ofrecer una serie de pautas a las que debe conformarse. Todas estas concepciones parecen llevar algo de razón, aunque no quepa afirmar –sin caer en el principio de "ausencia de contradicción"– que la opinión pública existe y no existe a la vez con independencia de los medios de comunicación. La única salida para salvar este atolladero podría ser recurrir al concepto de "democracia de audiencia", de Bernard Manin, quien afirma que la sociedad mediática ha introducido un cambio cualitativo en la concepción de la democracia, similar a aquél que supuso el tránsito de la democracia parlamentaria a la democracia de partidos. El lugar central que en este último modelo tenían los partidos políticos es ocupado ahora por los medios de comunicación. Esto se manifestaría en la autonomía de los medios con respecto a los intereses y a la organización del sistema de partidos, pero sobre todo en la adecuación forzosa del discurso político y las prácticas de los actores políticos a los requerimientos formales impuestos por la lógica mediática: personalización de la política, importancia de la imagen y de los términos en que es presentada la oferta electoral, claridad y brevedad de las propuestas, etc. Y en la línea propugnada por el modelo estadístico, esta imagen suele acabar codificada en las cifras de las encuestas. No es una imagen de interacción discursiva, sino de "opiniones" agregadas que trasladan la lógica de la comercialización al "mercado político". Ahí es donde de verdad se posa el rechazo de la opinión pública. Desde la perspectiva de los ciudadanos, entonces, la política democrática es una especie de gran espectáculo que representan los políticos en el escenario de los medios de comunicación. El público es la audiencia (el voyeur), pero una audiencia capaz de participar en la acción e incluso alterar su trama, sí bien de forma indirecta y virtual: mediante su transmutación en encuestas.
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