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OLGA
RODRÍGUEZ, ENVIADA ESPECIAL "Achacar los resultados electorales al estado emocional de los españoles por los atentados me parece bastante desafortunado" Por LETICIA ALONSO
Olga Rodríguez lleva el periodismo en la sangre. Hija de periodistas, estudió la carrera en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Tras licenciarse viajó a Washington, donde realizó un curso y se especializó en relaciones internacionales. Ha desarrollado toda su carrera profesional en la Cadena Ser con rigor y competencia, pero cuando su nombre se hizo conocido por todos fue cuando decidió marcharse a Irak a cubrir la más que posible guerra que iba a ocurrir. Su trabajo en Bagdad se ha caracterizado por mostrar el lado más humano de una población destrozada por las bombas. Prefiere considerarse corresponsal de paz y defiende la información veraz como uno de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Nos recibe en el edificio de la cadena y realizamos la entrevista en un ambiente desenfadado y amigable. El ritmo frenético de los últimos días hace que sea necesario tomar un café. Pero ante todo, por muy cansado que resulte, se siente satisfecha de un trabajo bien hecho. Pregunta. Siempre ha estado involucrada en temas de política internacional, pero nunca había estado en un conflicto armado. ¿Qué le movió a marcharse a cubrir la guerra de Irak? Respuesta.– Siempre me ha gustado mucho la política internacional. Es cierto que nunca había ido a una guerra; pero en el caso de Irak, a mí y a mucha otra gente, nos parecía que si finalmente tenía lugar iba a suponer un cambio en el orden internacional. Era una guerra que si se producía no tendría precedentes, porque surgiría bajo el concepto de guerra preventiva, algo que no está contemplado en el derecho internacional. Estas circunstancias se unieron al hecho de que yo ya conocía Irak, su cultura, y tenía bastantes amigos iraquíes, por lo que me apetecía mucho ir. Ahora bien, cuando yo fui a Irak no fui para quedarme a la guerra, sino que decidí ir y tomar la decisión de quedarme o no en el último momento. CORRESPONSAL DE PAZ P. Ha dicho alguna vez que se veía más como corresponsal de paz... R. Es que a mí no me gusta el término corresponsal de guerra, me parece cargado de connotaciones. El mito del corresponsal que está deseando que comience el conflicto para poder transmitir acción me parece tan frívolo y banal que no quería identificarme con ello. Afortunadamente, entre los periodistas españoles que estábamos en Bagdad creo poder decir que todos queríamos ser corresponsales de paz. Ninguno queríamos transmitir un espectáculo de cómo caían las bombas, sino ir más allá. A medida que se acercaba el momento del comienzo de la guerra, yo sentía que tenía una infraestructura en Bagdad que me podía permitir permanecer allí. Es decir, que además de habitaciones en hoteles tenía la posibilidad de esconderme en un par de casas si era necesario. Contaba con un conductor que en caso de tener que salir huyendo hacia la frontera de Jordania sabía que no me iba a fallar. Y con muy buenos contactos, tanto dentro del régimen de Sadam Hussein como entre periodistas estadounidenses. En caso de necesitar ayuda me sentía respaldada. Aún así, nos lo pensamos todos mucho. De hecho, la frase que nos obsesionaba y se repetía constantemente los días antes del comienzo de la guerra era: "¿Qué hacemos, nos vamos o nos quedamos? Y si nos quedamos, ¿adónde vamos?". Porque tampoco estábamos seguros de si era más seguro estar en un hotel o una casa. Nunca se sabe. Pero yo estaba muy involucrada en esa historia y sentí la necesidad de contarla. Sentí que debía ser testigo de lo que ocurriera, para poder contar las barbaries que cometiesen uno u otro bando. Por eso me quedé. P. Ahora que ha pasado el tiempo y puede mirarlo con más distancia, ¿hay alguna imagen o historia que recuerde especialmente o todas se han quedado grabadas en su mente con igual intensidad? R. Las guerras son tan horribles que nunca las olvidas. Tengo un amigo que trabaja en la BBC y acaba de hacer un documental cuyo título, aunque es difícil de traducir, es algo así como: "La guerra se siente como una guerra". Es complicado preguntarse qué recuerdas de una guerra, porque la guerra es la guerra. La idea más terrible que se pueda tener de una guerra; eso es. Ver morir civiles a diario, niños mutilados... El sufrimiento psicológico, que también es terrible. No es sólo la muerte. Madres huérfanas de hijos, el aislamiento obligado cuando se cortan las líneas telefónicas y la gente no puede saber qué le ocurre a su madre, a su ser querido. No tener esperanzas ni proyectos, no saber cuánto durará la guerra, no saber si la próxima bomba caerá sobre ti, o no saber qué hacer durante las veinticuatro horas del día porque las escuelas están cerradas, nadie trabaja, etc. A mí, una de las historias que más me impresionó fue la de una chica, que conocí antes de la guerra y que se llamaba Noor. Era muy inteligente, llena de vitalidad y enamorada de un chico llamado Alí. Iba a la universidad y tenía el sueño de ser escritora. Nos encontramos después de la guerra y me contó que un hermano suyo había perdido una pierna. Hablé un rato con ella y me di cuenta de que se había olvidado de su sueño de ser escritora, de que ya no tenía tiempo para el amor. Sólo tenía ya tiempo para preocuparse de su familia, antes que de su propia vida. Si estas situaciones nos marcan a los periodistas, que somos meros espectadores, es inimaginable cómo afectan a sus habitantes. Y más viendo la situación que viven actualmente en Irak, donde las cosas parecen estar cada vez peor. LA PRESENCIA IMPRESCINDIBLE DE LOS PERIODISTAS P. Recordando la dureza de estar en una guerra, ¿siente el deseo de volver a vivir esa experiencia o acabó demasiado afectada como para repetir? R. No me gustaría volver, pero sí lo haría. Y lo más probable es que algún día vuelva a otra guerra. Yo defiendo mucho la presencia imprescindible de los periodistas en las zonas de conflicto, porque gracias a ellos se conocen verdades y la verdad es uno de los pilares de la democracia. La verdad significa información y la información es completamente necesaria para que la gente pueda juzgar las cosas. Gracias a la casualidad de que un periodista esté caminando por la calle de Bagdad en el momento en que cae a su lado una bomba, el mundo entero se entera de ese suceso. Cosas así pueden cambiar el curso de los acontecimientos en la política internacional. Es necesario saber qué ocurre; pero además de por ello, la presencia de periodistas también es necesaria porque, por el simple hecho de estar allí, de que haya testigos, se frenan muchas barbaries de uno y otro bando. Saben que si lo vemos, lo contamos. P. ¿Y cree que realmente lograron transmitir la realidad de lo que ocurría en Irak, o era demasiada información para resumir en las conexiones que tenían? R. Ser corresponsal en un conflicto bélico es ser reportero. No es contar cuántas bombas ha lanzado una fuerza aérea, o dónde estarán las tropas hoy y mañana. Esos datos los puede conocer el periodista que está en Madrid, porque los proporciona el Pentágono u otras fuentes oficiales. El periodista que está en la guerra ve una parte de la realidad, que puede contar como ejemplo para enseñar cómo es la realidad más amplia. Estar en un sitio en primera línea y poder observar ciertas cosas es un privilegio, porque te permite contar cosas que no cuentan las agencias de noticias. Es decir, si la Cadena Ser no hubiera tenido a un reportero en Bagdad, hubiera cubierto la guerra de Irak a través de la información proporcionada por las agencias de noticias. Por eso yo sentía que mi función no era contar la información que daban estas agencias. Eso ya lo teníamos. Yo quería contar otra cosa. Quería contar la vida diaria de la gente, la transformación de toda una población e, incluso, la transformación de la fisonomía de la propia Bagdad. No nos engañemos, una guerra no son bombas y tanques. Lo verdaderamente importante de una guerra es que mueren inocentes, que se está lanzando un mensaje de odio. A mí me apetecía poner nombres a la gente de la que hablaba. No me valía con datos, porque detrás de cada número hay una vida, una historia. Alí, Noor, Rasif... eran personas con vidas distintas. Quise acercar la población iraquí a los españoles. Eso es reporterismo y me sentí muy bien haciéndolo. Sentí por todo ello que mi trabajo era muy útil. Y siempre agradeceré los miles de e-mails que recibí a mi vuelta, que me daban las gracias y me decían que habían estado al otro lado de la radio dándome su apoyo. P. Viendo ahora los atentados que se suceden cada día, ¿cree que es posible alcanzar una solución pacífica o ve inevitable una guerra civil? R. Hay una situación muy, muy complicada. El país está en un momento de desestabilización enorme, sin líderes, sin un ejército iraquí, con miles de soldados del antiguo régimen que ahora no tienen nada que hacer. Esa gente, que no tiene trabajo, ha pasado a formar parte de la resistencia iraquí. Creo que se necesita urgentemente la intervención de Naciones Unidas. Y que lo haga con poder político; porque si no, al margen del sufrimiento diario de la población, la situación actual podría agravarse aún más. FUE UNA GUERRA ILEGAL P. ¿Qué opina entonces de la propuesta de Zapatero de retirar las tropas, si para el 30 de junio no ha tomado el control Naciones Unidas? R. Me parece una decisión correcta. Ésta fue una guerra ilegal. La carta de Naciones Unidas, creada a raíz de la Segunda Guerra Mundial, dice que un país sólo tendrá derecho a atacar a otro si ha recibido antes un ataque. La resolución 1.441 hablaba de graves consecuencias para Irak en caso de que no demostrase que se había desarmado, pero ya dijeron una y otra vez Francia y Alemania que esas graves consecuencias no tenían que ser una guerra. La Casa Blanca buscó una segunda resolución, consciente de que con la primera no tenía el apoyo que debería para iniciar esa guerra. Pero no encontró aliados suficientes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, así que decidió lanzar la guerra de modo unilateral. Está claro que Irak no era una amenaza para el resto del mundo. Sadam Hussein era un dictador para su propio pueblo. Esa guerra ilegal, que se apoyó en tantas mentiras como el tema de las armas de destrucción masiva, supuso una ruptura de muchos principios del derecho internacional. Esos principios es necesario salvarlos. Y para ello es imprescindible que Naciones Unidas tenga un papel primordial en Irak. Por tanto, si tenemos en cuenta que la gran mayoría de la población española estaba en contra de la guerra, pues no me parece mal que España decida no seguir participando en esa ocupación. P. El trabajo de corresponsal en una guerra es durísimo; pero, ¿es aún más duro siendo mujer? R. Ser mujer siempre conlleva una serie de diferencias, pero también depende mucho de los países. Recuerdo que una vez en Irak, cuando estaba a punto de estallar la guerra, un periodista italiano se me acercó y me dijo que me pensara mucho si quedarme, porque por el hecho de ser mujer podía sufrir determinadas agresiones que los hombres no sufren y que iba a ser muy duro. Es evidente que se refería al hecho de que podía ser violada, y la verdad es que me hizo bastante gracia cómo me trató este periodista. Curiosamente, una vez empezada la guerra él sufrió un ataque de pánico, lo cual es comprensible y muy normal, porque nunca sabes cómo vas a reaccionar ante cosas tan extremas. Pero recuerdo que al final de la guerra se me acercó y me dijo que había sido de las más fuertes del grupo, que se arrepentía de lo que me dijo y que se tragaba sus palabras. También un alto funcionario de la administración iraquí nos dijo a varias periodistas que había llegado el momento de que nos fuéramos al lugar que nos correspondía como mujeres, que era a nuestra casa con nuestra madre. Hay actitudes machistas, aunque yo afortunadamente no me encontré con ninguna entre los periodistas españoles, que me respetaron y apoyaron muchísimo. La sociedad iraquí es machista, pero también te permitía aprovechar un poco tu condición de mujer. Me refiero a que si por ejemplo tenías que renovar tu visado, si le parecías linda al funcionario de turno a lo mejor te ahorrabas una serie de trámites burocráticos. No estoy diciendo que sedujese a nadie, por supuesto, pero no me arrepiento de haber usado las armas que tenía a mi alcance para facilitarme el trabajo. Las últimas semanas de la guerra el Ministerio de Información iraquí se puso bastante duro con el tema de nuestra libertad de movimientos, y no nos permitían salir a la calle si no íbamos acompañados de un guía proporcionado por ellos. Bien, pues este guía me decía siempre que se quería casar conmigo. Era muy baboso, e incluso un día tuvimos un incidente porque me estaba poniendo el chaleco antibalas y al ayudarme me tocó el hombro de una forma que no me gustó nada. Inmediatamente le agarré del brazo y le dije que tuviese cuidado, porque podía pasar informes de eso al Ministerio y que no se buscase problemas. Era un tipo bastante acosador, al que había que parar los pies muy a menudo, pero que por otro lado esa fascinación que sintió por la chica joven occidental me permitió acercarme a sitios restringidos al hacer él la vista gorda. En el fondo lo que más importa, seas hombre o mujer, es conocer la cultura, saber cómo moverte, tener mucha sangre fría y medir cada movimiento que haces. Recordando un libro que leí, escrito por varias mujeres periodistas en la guerra de Vietnam, decía una que nunca sabía qué responder cuando le preguntaban qué era eso de ser mujer en una guerra. Así que diré lo mismo que acabó por concluir ella, que no puedo explicar lo que es ser mujer en la guerra porque no he sido nunca hombre y tampoco puedo comparar las diferencias. COUSO, SÍMBOLO DE LA INJUSTICIA DE ESA GUERRA P. Usted vivió muchas experiencias junto a José Couso. Ya ha contado muchas veces cómo vivió usted aquél día. Parece que Couso se ha convertido en un símbolo de la injusticia de esa guerra y todo el mundo conoce su labor como profesional y su triste final, pero se habla mucho menos de su faceta más humana. ¿Cómo era José Couso como persona, como amigo? R. José era un hombre enamorado, que quería mucho a su mujer y a sus hijos. Era un padre orgulloso de sus hijos y hablaba muchísimo de ellos. Era un buen amigo, generoso y leal. Era muy bromista, chistoso. Siempre tenía una gracia para hacerte reír, excepto cuando trabajaba. Cuando estábamos en situaciones peligrosas se concentraba muchísimo y no hablaba nada. Se quedaba muy callado, porque ponía toda su atención en hacer bien su trabajo. Podría contar tantas anécdotas y tantos momentos agradables que pasé con él, que no sabría escoger uno solo. Era muy gallego. Amaba muchísimo su tierra y le dolía muchísimo lo ocurrido en Galicia con el Prestige. Él estuvo allí para cubrirlo con su cámara y sufría mucho viendo las costas gallegas cubiertas por el petróleo. Era una persona especial, muy bondadosa y generosa. Ese tipo de personas que nada más conocerlas notas que valen la pena. P. ¿Qué es lo que más reprocha al Gobierno de su actuación tras el asesinato de Couso? R. Puedo empezar y no terminar... Lo primero que tengo que echar en cara al Gobierno español es que al día siguiente de la muerte de José nos mintió. El Ministerio de Defensa español, presidido por Federico Trillo, nos aseguró que el cadáver de Couso había sido rescatado por las tropas estadounidenses. Un grupo de periodistas, a los que nos extrañó que esto fuese verdad, nos jugamos la vida –y no estoy exagerando– al recorrernos más de dos kilómetros, por una de las zonas más peligrosas de Bagdad, para llegar al hospital y comprobar si realmente las tropas estadounidenses habían rescatado a nuestro amigo. Al llegar tuvimos que reconocer el cadáver, lo cual no fue una experiencia muy agradable, y comprobamos que José seguía allí. Si finalmente el cuerpo de José salió de Irak fue por las gestiones que nosotros hicimos desde allí. La amistad y la alianza entre España y EE.UU., a la hora de la verdad, no sirvieron para nada. Además, no se le ha hecho un homenaje como Dios manda, ni se le ha reconocido absolutamente nada. En ese ataque del 8 de abril contra el hotel Palestina también murió una cámara ucraniano y el Gobierno de Ucrania, a día de hoy, todavía sigue pidiendo una investigación independiente y le dio una medalla. El Gobierno español, en cambio, dio por buenas las explicaciones falsas y contradictorias de EE.UU. Y no podemos olvidar que fue un asesinato. Yo estaba allí, yo lo viví, y ese ataque fue intencionado. Ver después cómo el Gobierno no defiende a un compatriota es algo tremendo. Me da mucho miedo pensar que el ataque contra el hotel Palestina pueda crear un precedente. Según la Convención de Ginebra, el lugar donde están periodistas y civiles no puede ser atacado. Viendo lo ocurrido, en una próxima guerra un ejército pueda pensar que si ataca un hotel lleno de periodistas no le va a pasar absolutamente nada. Y al mismo tiempo, si un periodista sabe que el lugar donde podría estar un poco más seguro puede ser atacado sin consecuencias, puede pensarse dos veces si ir a esa guerra o no. Es muy peligroso que no haya periodistas dispuestos a ir a una guerra, porque sin periodistas no estamos informados. Ocurre ahora mismo en Afganistán, donde sólo hay periodistas en Kabul y sólo nos enteramos de lo que ocurre en esa ciudad, pero fuera de allí suceden muchas barbaries de las que no tenemos conocimiento porque no hay nadie para contárnoslas. Si no conocemos la realidad, no podremos tomar medidas para evitarla. LA GUERRA DE IRAK Y EL 11-M P. ¿Hasta qué punto cree que ha influido en los atentados del 11-M de Madrid la postura que tomó España en la guerra de Irak? R. Es algo que nunca podremos saber, pero sí es cierto que en el mundo árabe España es vista ahora de otra manera. Hace poco estuve en Cisjordania, en Jordania y en Siria, y he podido comprobar que en el mundo árabe se odia a España, a pesar de que son conscientes de que la mayoría de la población española no apoyó esa guerra. Pero la realidad es que España participó en esa guerra y que Aznar se hizo la foto como el tercero en las Azores. Es un hecho que se ha modificado el modo como el mundo árabe ve a España, lo cual es una pena porque siempre habían existido muy buenas relaciones entre ambos, por nuestra cercanía tanto histórica como geográfica. No me atrevo a juzgar hasta qué punto ha podido influir en los atentados. No puedo meterme tanto en la mente de los terroristas. Pero es probable que haya tenido bastante que ver, aunque esto lo digo sin tener información suficiente; es una opinión personal. P. ¿Y cómo explica usted el vuelco electoral ocurrido el 14 de marzo? R. Hay que recordar que antes de los atentados del 11-M había varias encuestas que vaticinaban un empate técnico entre ambos partidos, pero sobre todo no se puede cuestionar la legitimidad de ningún resultado electoral. No se puede decir, como han dicho varios políticos, que los resultados eran consecuencia de que los españoles fueron a votar con un shock emocional tremendo. Desgraciadamente, España conoce bien lo que es el terrorismo desde hace muchos años. Yo soy de una generación que podría llamarse "los niños de ETA", porque recuerdo cómo desde niña me advertían que si veía una mochila sola en la calle no le diese una patada. Es decir, que el terrorismo siempre ha estado presente en España, con lo cual achacar los votos al estado emocional de ciertos ciudadanos me parece un comentario bastante desacertado en un país democrático. Creo que, más que los atentados, lo que influyó fue la gestión de los atentados por parte del Gobierno. Entre el 11 y el 14 de marzo ocurrieron una serie de acontecimientos que no fueron ajenos a la población española. El Gobierno se obsesionó con la idea de acusar a ETA cuando ya el jueves por la tarde había más que indicios que obligaban a abrir una segunda hipótesis. Es muy grave que hasta la propia Policía tenga que aconsejar al ministro del Interior que tome más en serio la hipótesis de Al-Qaeda. Me da lástima ver cómo hasta la prensa internacional critica lo que hizo el Gobierno español con la información de los atentados, y espero que en el futuro –si ocurriese de nuevo una situación de tal envergadura– el Gobierno, sea del partido que sea, informe en tiempo real a los ciudadanos. La verdad es algo crucial y no es lo mismo que fuese ETA o que fuese Al-Qaeda, entre otras cosas por algo tan sencillo como saber a quién culpar. Todos los terrorismos son horribles, pero la realidad es que no da lo mismo que fuese uno u otro, porque no todos los terrorismos son iguales. Hay diferentes terrorismos, en el sentido de que cada uno surge por causas diferentes y no son los mismos los intereses que busca ETA que los que busca Al-Qaeda. Ambos usan la misma arma, que es matar inocentes, pero no es lo mismo lo que les mueve a hacerlo. P. ¿Y qué espera del nuevo Gobierno? R. Espero que la situación vaya a mejor. No se puede adivinar el futuro, pero confío y deseo que disminuya el ambiente de crispación que hay. Hacía tiempo que la sociedad española no estaba tan dividida y el debate político ha quedado en un segundo plano, dejando en primera línea las acusaciones y los improperios. Ojalá que prosperemos y que tengamos un papel importante en la Unión Europea, que es algo fundamental. SOBRE LA SER SE HAN DICHO MUCHAS MENTIRAS P. Se ha acusado a la Cadena Ser de haber manipulado la información de los atentados en los días anteriores a las elecciones. Como trabajadora de esta emisora que estuvo involucrada esos días, ¿qué tiene que decir al respecto? R. Se han dicho muchas mentiras. Ahora está circulando por los medios una carta, supuestamente escrita por dos redactores de la Ser, donde cuentan que los directivos de la emisora nos obligaron a todos a decir determinadas cosas y a dar por hecho que era Al-Qaeda para hundir a Aznar y al PP. Pues esa carta es rotundamente falsa, y quiero dejar muy claro que estoy segura que no ha sido escrita por ningún trabajador de la Ser. Aún así, la carta ha sido publicada sin contrastar las fuentes en dos diarios, uno de Lugo y otro de Valencia, y en varios periódicos digitales. Lo que ocurrió en realidad fue todo lo contrario. Recuerdo que al poco de los atentados yo comenté que me extrañaba mucho que fuese ETA, porque siempre solía avisar y en este caso no había sido así. Mi jefe de Informativos me recriminó enseguida que no dijese tonterías, que su experiencia le decía que había sido ETA, y después de comer me siguió diciendo lo mismo. El sábado nosotros conocíamos con antelación que se iban a producir las detenciones que se comunicaron públicamente a las ocho de la tarde, y no dimos la información hasta cinco minutos antes de comparecer el ministro Acebes. Cuando se produjeron las manifestaciones frente a las sedes del PP conectamos una o dos veces, como hizo la Cope y como debe hacer cualquier medio de comunicación democrático. Hicimos continuamente llamamientos a la calma, recordando incluso que todo el mundo podría expresar su opinión al día siguiente por medio del voto. Si suspendimos el "Carrusel Deportivo" fue por que la actualidad lo exigía. Puedo asegurar que después de todo el trabajo realizado entre los días 11 y 14 de marzo, cuando salí de trabajar el día 13 de madrugada, salí muy orgullosa de trabajar donde trabajo. Creo que hemos contado la verdad y lo hemos hecho sin ninguna intención política detrás, cosa que otros muchos medios no hicieron teniendo los mismos datos que nosotros. Esta semana hemos recibido muchísimas visitas de medios de comunicación extranjeros, que querían estudiar la Cadena Ser como ejemplo de un periodismo bien hecho. Me enorgullece que se valore nuestro trabajo, y especialmente por que considero que todos mis compañeros han actuado de manera intachable. Si un día el director de Informativos o de la Ser me dijese lo que tengo que decir para favorecer determinada opción política, ese día dejaría de trabajar en esta casa. Pero sé que con mis jefes actuales eso no ocurrirá nunca. P. Parece tener muy claros los valores que deben guiar a un periodista. ¿Qué principios son los que le mueven a usted para trabajar? R. Un periodista debe ser consciente de que su trabajo es un servicio público a la sociedad, porque trabaja manejando información, que es algo de todos. Debe ser también vigilante. Es decir, que si trabaja en el Congreso debe preguntar a los políticos e incluso impulsar debates. Un periodista es un mediador que transmite las preguntas de los ciudadanos a los políticos; por lo tanto, tiene derecho a formularlas. Un político nunca debería negarse a responder una pregunta, porque su obligación es contestarlas. En el periodismo hay que tener un sentido de la ética muy desarrollado y tratar de acercarse lo más posible al rigor y a la honestidad. No hablo de objetividad, porque paradójicamente ese término es subjetivo, pero un periodista sí ha de ser ético y no ceder ante las presiones, ni ante las amenazas. Hacer todo eso bien es muy difícil, pero es el deber de un periodista. LIBRO DE OLGA SOBRE LA GUERRA: AQUÍ BAGDAD P. El 21 de abril presenta en el Círculo de Bellas Artes el libro Aquí Bagdad. Imagino que esos mismos valores quedarán presentes en sus páginas. ¿Qué ha querido mostrar al escribir este libro? R. En el libro cuento por qué un periodista va a cubrir una guerra, qué siente, cómo se plantea contarla, las presiones que se encuentra... Pretendo mostrar también cómo lo vive como ser humano; y en este caso, cómo viví yo con el pueblo iraquí. Los verdaderos protagonistas son los iraquíes. Trato de hacer también una especie de recordatorio de los movimientos políticos que hubo en la preguerra, porque creo que para hablar de la guerra de Irak hay que tener presente todo lo ocurrido, especialmente los dos meses
anteriores a su desencadenamiento.
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Portada Portadilla Nº Mayo 2004 Reportajes y Entrevistas Sección General © OPIN@R. Las personas interesadas en
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