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EDITORIAL Corren
tiempos infectos Corren tiempos infectos para los medios de comunicación. Podríamos asegurar que estamos en la época de la peste para los periodistas. Inconcebible en un sistema democrático. Todo lo que sucede sería incomprensible si no tuviera una lógica política y a la vez macabra: los poderes, todos los poderes, quieren el control de la información. No un control relativo, para los asuntos importantes; no, quieren el control absoluto, que nada que se difunda les sea ajeno, que todo lo que llegue a la ciudadanía haya pasado por el filtro correspondiente. Si no, ¿cómo se explica lo que está sucediendo en Antena 3? ¿Cómo puede el Gobierno apoyar la actitud impresentable del italiano Carlotti y sus escoltas españoles? ¿Cómo puede aprobar una innecesaria regulación de empleo, si no es porque alguien le ha dado garantías de que se quedan los leales? Presidía Zaplana, el ministro portavoz, la entrega de premios del Club Internacional de Prensa un jueves, apenas horas antes de que se conociera su apoyo a la escabechina prevista en la cadena privada más afecta al PP. Rodeado de periodistas, no se le cayó la cara de vergüenza ocultando lo que presumiblemente sabía que sucedería el fin de semana inmediato. Cuando Carlos Hernández enviaba desde Bagdad unas crónicas impecables, pero no tendenciosas a favor de la decisión de Aznar de meter a España en la guerra, empezamos a pensar que le olía la cabeza a pólvora no sólo por el lugar donde estaba, sino profesionalmente, porque así se las gastan estos demócratas del Partido Popular en cuanto tienen la posibilidad de picar carne de periodista no afecto a las esencias de su régimen, y más en un medio literalmente "suyo". Ahora lo ha pagado. Apoyar la reivindicación del nombre de Couso y la investigación de su asesinato, peor todavía. ¿Cómo se atreve a cuestionar a Bush, el amigo de Aznar? Carlotti, en el mejor estilo Berlusconi, ha terminado con tanto ataque de ética profesional y personal, intolerables en los tiempos que corren, los de la peste informativa. Le acompañan doscientos catorce más, entre ellos Rosa María Mateo, otro símbolo a derribar, como la estatua de Sadam en Bagdad, para que quede meridianamente claro que aquí nadie está a salvo, que cualquiera puede ser tratado como un apestado de la información, como un leproso de una sociedad tan infiltrada por el PP que cualquiera que no adore al líder, a sus pompas y a sus obras, queda condenado a la indigencia. Y si alguien está en la primera línea, en la vanguardia de una posible desviación ideológica o simplemente discursiva, ese es siempre un periodista. Lo de Antena 3 es un serio aviso. Es un vamos a por todos. La arbitrariedad de las medidas. La arbitrariedad del apoyo gubernamental. La gélida sordera de Aznar ante los informes desfavorables emitidos por los gobiernos autonómicos a la pretendida reducción de plantilla. El desprecio a los profesionales. La humillación calculada de las personas... Es el termómetro que marca la temperatura de la soberbia, los grados de impulso genocida contra una profesión que en un gran porcentaje cree en sí misma, cree en el trabajo concienzudo, en los intentos de objetividad y en los planteamientos veraces. Y no comprende, o si lo comprende le escandaliza, cómo es posible que quienes antaño perseguían a los periodistas por defender la Constitución cuando era un recién nacido frágil, hoy les persigan con ésta en la mano, queriendo justificar descaradamente bajo su manto una terrible involución absolutamente impensable hace ocho años. |
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Esta publicación es fruto del empeño personal de Valentín Álvarez Portada Portadilla Nº 22 Información General y Opinión Sección General © OPIN@R. Las personas interesadas en publicar sus colaboraciones
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