SALVADOR BEL CARALT Podías
haber sido tú, Podías haber sido tú, con tu micrófono en ristre o con tu ordenador portátil a cuestas. Podía haber sido yo, con mi cámara al hombro como la que he llevado durante más de veinte años de profesión. Podría haber sido cualquiera de los miles de periodistas y reporteros que hay en el ancho mundo, o cualquiera de los centenares de compañeros que están desplazados al conflicto de Irak. Pero han sido Julio Anguita Parrado y José Couso las víctimas. Uno, por el impacto de un misil iraquí, el otro por el "fuego amigo", maldito eufemismo para calificar un asesinato en toda regla. Julio Anguita murió por prudente, no quiso adentrarse en Bagdad con la unidad en la que estaba insertado y prefirió quedarse en el cuartel de las tropas aliadas, hasta que el maldito misil iraquí, que no distingue de civiles y militares, que no distingue entre beligerantes y notarios de la actualidad, segó su vida y algunas más. José Couso murió de las heridas que sufrió al pie de su cámara, mientras desde su habitación del hotel, donde estaba alojada toda la prensa internacional, plasmaba en imágenes las evoluciones de las tropas norteamericanas en su entrada en Bagdad. Era un testigo incómodo, era un notario demasiado fiel de lo que estaba ocurriendo en esa entrada a saco en la capital iraquí. Por eso el tanque americano disparó su obús contra el hotel, contra un objetivo que sólo captaba la verdad y que no ofrecía ningún peligro para las tropas yanquis. El obús iba dirigido contra la libertad de informar, e hirió mortalmente a uno de los nuestros. Hirió mortalmente a José Couso, que como única arma empuñaba su cámara. Al día siguiente, como remate a su entrada a fuego en la capital iraquí, los marines colaboraron eficazmente al derrumbe de la estatua de Saddam Hussein instalada delante del Hotel Palestina, no sin antes cubrir la cara del dictador con la bandera de las barras y estrellas, una esperpéntica imagen que dio la vuelta al mundo. Alguien ha dicho que los reporteros ya sabían a lo que se exponían al acudir a cubrir la contienda. Evidentemente. Nadie fue forzado a ir a Bagdad. A nadie se le obliga a ir a una guerra, a nadie se le obliga a desempeñar su profesión en libertad. Pero ésta era una guerra evitable. La mayoría de la población española está en contra de esta invasión, y otro tanto ocurre en la mayoría de los países del orbe, incluso entre la población norteamericana y británica. Las muertes de Julio y de José, junto con las de todas las demás víctimas de esta contienda, eran evitables. Pero los mandatarios que la provocaron, y quienes les dieron su apoyo, hicieron oídos sordos a la opinión de los ciudadanos de sus respectivos países. Todas las muertes son execrables, pero siempre duelen mucho más cuando son más cercanas. Podías haber sido tú, podía haber sido yo, pero han sido Julio y José. Que sus muertes no hayan sido inútiles, y que consigamos entre todos parar ésta y todas las guerras. Como dijo Julio Anguita padre, "malditas sean las guerras y quienes las provocan".... |
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