BEATRIZ ELOLA RUIZ DE LA SIERRA La pasarela de la vida y la estética de la autodestrucción Las peores enfermedades son las que nosotros mismos nos creamos. Los parámetros de la realidad cambian según enferma la mente, contaminada por la cara sucia de la sociedad. Enfermedades que no se ven, que no se sienten pero se resienten, se muestran cuando el paciente ya está dominado por una mente que se resigna a aceptar su fracaso en su lucha particular por seleccionar lo bueno de lo malo, lo conveniente de lo nocivo, potenciado por una sociedad que manipula, que induce y hace la vista gorda ante sus consecuencias. Se trastornan los valores y cambian las motivaciones en una carrera hacia la estética sin importar el cómo ni el por qué, ni si merece la pena dejarse la vida o la salud por el camino, ni siquiera pensar para qué tantas preocupaciones por una estética deshumanizada que pierde al individuo en su propia imagen. Estoy hablando de una enfermedad que pone en peligro a gente de cada vez más corta edad, que empieza a afectar también a un mayor número de hombres y que se está propagando como una moda: la anorexia. El culto al aspecto físico, la preocupación por la imagen, han sobrepasado los límites del propio cuerpo hasta condenarlo a una enfermedad crónica de muy importantes consecuencias, pudiendo llegar a ser mortal. Entre los efectos que tiene la anorexia caben desatacar: falta de autocontrol, cambios hormonales, pérdida de la regla en las mujeres, ansiedad; anulación de la voluntad, pérdida del apetito –físico, psíquico y sexual–, desconfianza y agresividad, pérdida del amor propio y otros trastornos graves que pueden degenerar en el desarrollo de doble personalidad e incluso inducir al suicidio; malnutrición, descalcificación de los huesos, caída del cabello y aparición de vello corporal, piel grasa y pérdida de melanina en la piel, además de los riesgos que provocan la carencia de muchos nutrientes indispensables para el sano funcionamiento del cuerpo, agotamiento y falta de lucidez intelectual... Toda la actividad de la persona concentrada en una sola causa: perder kilos, siempre, los más que pueda. Una enfermedad degenerativa y triste, que afecta tanto física como psíquicamente a las personas, que llega a aislar a los individuos en su propia enfermedad, cuyas salidas son mucho más duras que el atractivo que tenía al principio la idea de un cuerpo perfecto que nunca verán, pues la anorexia engaña los ojos del enfermo haciendo ver la gordura en un cuerpo tísico al que nada de aprecio tienen, y cuyas secuelas duran toda la vida. Una enfermedad que afecta también a las familias de estas personas, que ven como se destruye poco a poco la personalidad de su pariente, que sufre bruscos cambios de humor, irritabilidad, pérdidas de control, insatisfacción y obsesión por el deporte y el estudio (o trabajo), pérdida de los lazos sociales y, por supuesto, repulsa hacia la comida y control abusivo sobre su peso, falta de ánimo y motivaciones. Se crean graves conflictos porque estas personas se resisten a admitir su enfermedad, se cierran y reaccionan con violencia hacia cualquier tipo de ayuda, entran en el círculo vicioso de la mentira y llegan a comer en presencia de otros para aparentar que están sanos, vomitando después. Aquí aparece una enfermedad muy ligada a la anorexia que también hace mella en la sociedad: la bulimia. Como con la anorexia, las personas que sufren esta enfermedad quieren adelgazar a toda costa, pero el método consiste en comer todo lo que se pueda para luego vomitarlo, de forma deliberada o por sentirse culpables después de haber comido. También sufren de ansiedad, falta de autoestima y autocontrol y trastornos psíquicos similares a los que crea la anorexia. Si en enfermos anoréxicos se observa una tendencia al aislamiento social y a la pérdida de apetito sexual, con las personas bulímicas sucede lo contrario, se acrecienta obsesivamente su apetito sexual. Aunque sea un proceso largo y costoso el de intentar sacar a estas personas de su enfermedad, es sin duda la familia el principal apoyo que necesitan, siendo indispensable para su curación. ¿Cómo condenarte a no comer si eso significa condenarte a no vivir?. Una lucha demente contra las calorías y la obsesión por librarse de ellas. Vivimos en el mundo de la comunicación, pero no nos paramos a pensar qué se pretende comunicar con el bombardeo mediático incesante de figuras esqueléticas representando el ideal de la persona perfecta. Cada vez más productos adelgazantes e instrumentos para estilizar la figura, acompañados de una publicidad arrasadora que llega a hacer sentir mal a las personas por comer y, encima, disfrutar haciéndolo. Y las tiendas de moda se suman a este "boom" suicida de ir reduciendo cada vez más las tallas, para si todavía no te había afectado esta histeria colectiva, te lo empieces a plantear. Se le ha dado una importancia desmesurada al volumen de las personas, tanto que una persona delgada tiene más posibilidades de encontrar trabajo que una gruesa. Y en las relaciones sociales los gordos también salen desfavorecidos. Una cosa que comenzó como una simple moda ha llegado a convertirse en una norma que rige los juicios de las personas, hasta el punto de llegar a tergiversar el término; y lo que antes era una persona delgada, ahora es "normal". La libertad de vivir en paz cada uno como es se pierde cuando nos sumimos en la desesperada lucha por estar de acuerdo con los valores sociales que nos son impuestos, y aceptamos, aunque no coincidan con el sujeto o se puedan llevar por delante al propio individuo. Y es que las personas necesitamos sentirnos aceptadas por los demás y es este miedo al rechazo lo que nos hace querer ser como los demás, o como se supone que debemos ser, y las imágenes que recibimos nos entregan la realidad distorsionada. La televisión, por ejemplo, los cuerpos que muestra son, en su mayor parte, mucho más delgados que la media, embadurnados de maquillaje y con una luz más que estudiada para mostrar una imagen atrayente que parece natural, adornada por el prestigio de ser retransmitida por un medio que parece reflejar la realidad ante la gente. Nadie llega a saber nunca si tras esos cuerpos famélicos de los modelos se esconde de verdad esa confianza que pretenden trasmitir, o si es precisamente esa falta de carne la que les hace mostrarse felices delante de las cámaras (tanto en fotografía, como televisión o cine), serenas, tranquilas, orgullosas. Vivimos en la sociedad del bienestar, pero todo el mundo lo busca y pocos lo parecen encontrar. Vivimos en una sociedad fantasma donde bajo las apariencias hay muchas cosas que no se quieren ver, y todas estas cosas seguirán estando ahí hasta que las cambiemos, o cambiemos nosotros, porque no son más que el reflejo de lo que somos o en lo que nos estamos convirtiendo. Si la dignidad de la persona reside en que es única, y todos somos diferentes, intentar parecer iguales es inútil, y perder autenticidad es perderse. Fantasmas que se pretenden ignorar tienen cada vez más presencia y menos razón de ser. Seamos inteligentes, que una imagen no vale más que mil palabras y la belleza perdurable es la que se lleva por dentro. |
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