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Portada nº 23
Información General y Opinión
Sección General


CECILIO URGOITI


Sin pluralismo no hay profesión periodística

La libertad de pensamiento es uno de los fundamentos del pluralismo político. No se trata de algo tan innegable como que el pensar es siempre libre porque sólo puede ser verdaderamente censurado por uno mismo, sino que ha de entenderse como extensión del pensamiento, como un acto público como manifestación de nuestros ideales.       

De nada sirve, políticamente hablando, que uno en su intimidad sea totalmente libre de conducir sus pensamientos por cualquier derrotero si luego no tiene la posibilidad de llevar eso tan suyo al foro de la confrontación con los demás. Por eso la libertad de pensamiento es también libertad de expresión, libertad de discusión pública, libertad de crítica y libertad de asociación.      

La exteriorización pública de las ideas es también una de las principales vías para que la pluralidad de formas del ser humano aflore e intervenga en el espacio público. Por eso, la libertad de pensamiento es algo esencialmente público, aunque su nacimiento sea en el mundo privado, como expresión individual. La libertad de pensamiento adquiere su forma completa precisamente al encararse con lo público, al enfrentarse y medirse con el conjunto de expresiones que componen un espacio público de discusión. Y esa pluralidad de ideas, ese residuo de representaciones presente en todos los colectivos humanos, en tanto que consigue una expresión pública, adquiere una naturaleza plenamente política.    

El pensamiento es libre y casi en cualquier circunstancia política encuentra la manera de expresarse, contrastarse y hasta publicarse; de hecho, la libertad de pensar se estimula en la clandestinidad. Pero tratándose de algo público se espera que todo eso se desarrolle en un entorno de seguridad para los actores sociales. En este sentido, el orden político debe actuar como garantía de que el pensamiento no será asaltado y de que la lucha entre las representaciones no será excluyente ni concluirá con la eliminación del oponente; es decir, no se llegará al sectarismo. La pluralidad del mundo social exige precisamente esas condiciones de seguridad pública para quienes están dispuestos a expresar libremente sus ideas. Sólo así puede darse la necesaria publicidad de la libertad de pensamiento, y sólo así puede ser ésta completa. A cambio, el espacio público se llena de pluralidad hasta la impregnación, y esa impregnación nos hará más demócratas. Para poder ser reconocido sólo es necesario estar en ese espacio, mostrarse sin necesidad de demostrar nada. Este riesgo de dar validez a lo desconocido es el precio que ha de pagarse para salvaguardar la libertad de expresión como derecho político. La bandera de la libertad conduce directamente al pluralismo, y no cabe vuelta atrás.    

Pluralismo es, como ideología y teoría que ensalza la diversidad y justifica la bondad de reconocer como un valor todo eso que emerge del espacio político esto es, del mundo privado, reconvertir la política en gestión pública. En definitiva, es lo que ha contribuido enormemente a la preservación del espacio público como lugar donde se desarrolla la expresión de lo múltiple y lo diverso. La pluralidad no sólo tiene derecho a existir, sino también a expresarse y mostrar sus aspiraciones sociales, entrar en la pugna política y hacerlo sin peligro de ser eliminada de escenario. La libertad y el orden y, como consecuencia, el respeto al disenso parecen, pues, esenciales para el desarrollo público de la pluralidad.    

Como uno de los mayores yerros es no predicar con el ejemplo, sería bueno que los que promulgamos por convicción, o por oficio, el tan cacareado pluralismo, no cayéramos nunca jamás en la tentación excluyente del sectarismo.     

El pluralismo no es un capricho, sino el único sostén y justificación del periodista.       

 


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