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Portada nº 25
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


MAR SÁNCHEZ


Una historia de Fellini

El local estaba en penumbra. Las pocas lámparas enclavadas en las paredes dejaban entrever una decoración bien cuidada. Alrededor de las mesas bajitas de madera, de color caoba, hombres y mujeres maduros, donde la media superaba los cincuenta años, se esforzaban en conversar; los temas, por las expresiones de sus caras, debían ser alegres y animados.    

Caí ahí por pura casualidad, y gracias a unas amigas que habían decidido enseñarme el sitio de moda para la gente que habíamos pasado los treinta y tantos. Después me di cuenta que omitieron que a la edad había que sumarle un gran sentimiento de soledad y de necesidad sexual. Lo que no olvidaron fue una amplia información previa sobre ropa, retoques y arreglos personales que ellas iban a lucir aquella noche. Todo parecía estudiado como para asistir a una fiesta repleta de normas y protocolos.      

Antes de llegar a aquel local, completaron las reglas explicándome las características del juego con el que me iba a encontrar en el interior: decir pocas verdades, intentar mantener conversaciones superfluas y, sobre todo, no hablar ni de ex maridos ni muchísimo menos de nuestros hijos. Máximas que, por la manera de exponerlas, podrían dar lugar a un desastre total.     

Mi corazón latía deprisa. Acababa de traspasar el umbral de un mundo kafkiano. Lo único que me unía con mi vida real era un móvil que hacía pocos días que me había comprado, con la intención de estar siempre en contacto con mi casa y con mis hijos. ¡Uy, perdón!, se me olvidaba que no podía hablar de ellos.    

La seguridad aparente, que poseía en las demás facetas de mi vida, aquí no tenía donde sustentarse. Quizás hubiesen estado bien, antes de ir a un lugar así, unas clases de autoestima que tan de moda están o, mejor aún, una buena dosis de pastillas "metamorfosis", pero no sé si las venden en las farmacias.    

La imagen del escarabajo de Kafka era lo único que obsesivamente me venía a la cabeza. Desde mi infancia, la ética y la cultura habían sido los pilares fundamentales de mi existencia. Ahora, al traspasar aquella puerta, tenía que olvidarlos.     

Muchas más mujeres que hombres iban y venían por los pasillos que se formaban entre la multitud de personas que estaban de pie. Hablaban entre sí o se saludaban con besos efusivos. Era indudable que eran asiduas, pero que su amistad no llegaba más allá.            

Todas las mujeres parecían cortadas por un mismo patrón. Daba igual que sus edades oscilaran entre los cuarenta y muchos y los cincuenta y tantos. La indumentaria general se basaba en ropas ajustadísimas que, en muchos casos, lo que dejaban entrever eran michelines y grasas contenidas dentro de un traje al borde de estallar. Los cortes de pelo muy modernos y, por supuesto, el predominio de las melenas de todos los tonos rubios del mercado.        

Ellos parecían atraídos por un imán monumental hacia las dos barras que se encontraban situadas estratégicamente a ambos lados de la sala. Mientras sujetaban una copa entre las manos, sus ojos no dejaban de contemplar abiertamente el panorama .         

Por su indumentaria daban la sensación de haberse puesto de acuerdo, como ellas, antes de ir... Trajes de chaqueta, corbatas con pasadores y, alguno que otro, gemelos en los puños. Era difícil encontrar algún hombre vestido de forma informal.            

La media de edad entre los varones era bastante superior a la de las mujeres. Paso del tiempo que les dejó huellas en aquellas barrigas prominentes que les sobresalían por encima de las hebillas de sus cinturones. Para conformar el conjunto, cabellos canos o blancos, el que tenía la suerte de haberlos conservado.          

No había que ser muy listo para darse cuenta del juego al que ambas partes estaban jugando. ¿Pero quién era yo para juzgar tanta necesidad, aunque me llegara así, de improviso, sin casi tiempo para reaccionar? Decidí no jugar y al mismo tiempo dar las gracias a mi genética, que había logrado mantener las hormonas en ese punto de conformismo y hasta de tranquilidad. Eso sí, aquel grupo me hizo dudar de la importancia de las teorías de Freud adaptadas a mi persona y, sobre todo, del sexo como parte imprescindible para lograr un buen equilibrio, cuando me sorprendí a mi misma pensando que qué cansancio y cosas similares...      

Dije adiós a Freud, que estaba fuera de momento y hasta de lugar –acuérdense de las premisas necesarias que me habían aclarado antes de ir–, y me limité a ver una película de Fellini con personajes de carne y hueso –las carnes, desde luego, tiraban mucho y estrógenos y testosteronas estaban más que alborotados deambulando por toda la sala–. Rápidamente también descarté que todos los personajes fueran separados/as o solitarios/as. Nada de eso, había mucho dedo anular con la marca de un anillo desaparecido, probablemente en la misma puerta del lugar. Pero lo que me hizo más gracia fue, indudablemente, el cambio de papeles: no se imaginan el gran número de cazadores cazados que pude ver en unos minutos. Ellas no perdían el tiempo ni la oportunidad de exponer sus encantos a la vista, sus paseos alrededor de la presa escogida, su alegría forzada, sus risas hasta escandalosas y, en definitiva, sus armas de mujer: armas que no dejaban de disparar en todas direcciones. Alguno, incluso, si se resistía a dejar su papel de cazador, se veía forzado a correr antes de que le dispararan a bocajarro y no tuviera manera de huir por pies. Éstos eran, sobre todo, los personajes del dedo anular y los anillos desaparecidos en la frontera que dividía el mundo familiar de este otro. "Los desanillados" preferían buscar una gacela perdida en lugar de las amazonas. Supongo que les influyó mucho la figura del Tenorio, aunque aquí tuvieran dificultad en encontrar a alguna Doña Inés. Pero, bueno, alguna "Doña" ya tendrían en sus casas y aquí podrían recordar la juventud perdida, su puntería y sus artes de conquistadores. Quien más quien menos, a lo mejor, podría sumar a lo anterior algún matrimonio con innumerables lazos económicos, de esos que unen más que el superglú. Por otra parte, también podría darse el caso que entre ellos se encontrara el Doctor Jeckill y Mister Hyde; es decir, el puritano en casa que no se atreve a decir lo que quiere y el cazador nocturno que busca en las demás lo que no tiene en casa.      

Por supuesto que, entre unos y otros, estábamos unos cuantos con cara de Fellinis despistados, escondidos lo mejor que podíamos entre la multitud, por si acaso nos alcanzaba una bala perdida o se nos confundía con alguna "sor" de colegio de monjas.     

 


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