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Portada nº 25
Reportajes y Entrevistas
Sección General

 


LETICIA ALONSO


Solidaridad frente al terror

España entera salió a la calle a mostrar su total repulsa por los atentados del 11 de marzo. La indiscriminada matanza terrorista ha unido a toda una nación, sumida en el dolor, y ha llenado las calles de las ciudades españolas de un desfilar interminable de personas.        

En Madrid, ciudad destrozada por el sufrimiento, las casas quedaron vacías y alrededor de dos millones de personas, según fuentes oficiales, se concentraron a las siete de la tarde en Colón para recorrer el camino que une esta plaza con Atocha y mostrar así su indignación.       

Caía la lluvia sobre la capital, aunque no parecía importarle a nadie, y sus gotas se confundían con las lágrimas de los asistentes, que con gritos de "¡Víctimas somos todos!", o "¡El pueblo, unido, jamás será vencido!", daban su apoyo a las víctimas de la barbarie terrorista.      

Los pasos lentos pero firmes, uno detrás de otro, conscientes de que el destino no era lo importante. Pasos seguros pero temblorosos. El miedo estaba presente pero no era suficiente para superar los deseos de protesta que todos sentían. Los rostros reflejaban la indignación sentida. No había consuelo posible a semejante horror, pero cada participante contaba con toda una ciudad a su lado para apoyarse.       

La pancarta, bajo el lema "Con las víctimas, con la Constitución, por la derrota del terrorismo", impuesto por el Gobierno, era portada por una importante representación de autoridades nacionales e internacionales. El Príncipe de Asturias junto a las Infantas, en representación de la Familia Real, acompañados del presidente del Gobierno, José María Aznar, y los ex presidentes Leopoldo Calvo Sotelo, Adolfo Suárez y Felipe González. Todos los partidos políticos estaban presentes, así como las principales fuerzas sindicales. Mariano Rajoy, José Luis Rodríguez Zapatero, Gaspar Llamazares, Iñaki Anasagasti, Jordi Puyol, Cándido Méndez, entre otros, se unían con un mismo fin dejando de lado todas sus posibles diferencias. En esos momentos los políticos no ocupaban sus cargos. Las diferencias desaparecían para dar paso a un dolor común como seres humanos. Incluso desaparecían las banderas y representantes de otros países, como el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, o los primeros ministros de Francia, Portugal, Italia, Alemania o Suecia, recorrían las calles madrileñas como el resto de ciudadanos que llenaban la capital.  

La unidad se convertía en protagonista de la manifestación. Unidad del pueblo español, unidad de los madrileños, unidad política para hacer frente a la amenaza terrorista.     

La calle era insuficiente y se quedaba pequeña para tanta gente. El mundo entero parecía ser pequeño para albergar a todo aquel que se sentía herido, para dar cabida a todas las personas que necesitaban mostrar su rechazo a una matanza de tal calibre y su apoyo a todas las víctimas y familiares afectados.     

El 11-M es un día que permanecerá para siempre en la memoria de los madrileños, de los españoles, de todo ser humano, porque con estas doscientas incomprensibles muertes y esos mil cuatrocientos heridos, a todos nos han quitado un trozo de vida.    

Todos hemos perdido algo en Atocha, en Santa Eugenia, en el Pozo del Tío Raimundo. Todos sentimos un vacío en nuestro interior pues nos faltan lágrimas, nos falta justicia… Los dos centenares de muertos y más de un millar de heridos han marcado un día negro en la historia de España, que desgraciadamente siempre recordaremos. El tiempo se detuvo a las 7: 40 de la mañana y nuestras vidas se pararon. Ya nada era igual. El silencio, el horrible silencio que provoca el dolor, invadió las calles de Madrid y durante horas sólo fue roto por los desgarradores gritos de sufrimiento de aquellas personas que perdían a sus seres queridos en el atentado.    

En el día después ese silencio ha vuelto a romperse, pero esta vez por un motivo distinto. El silencio ha dado paso a las peticiones de justicia, a las protestas, a la solidaridad. El 12 de marzo nadie ha querido permanecer callado. Un nuevo espíritu, como el que en su día surgió en Ermua, ha nacido en las calles de Madrid y ha sobrevolado el país para llegar a cada persona con conciencia y corazón.     

El 11-M ha marcado un antes y un después en nuestras vidas. Los madrileños han sentido la muerte de cerca pero han reaccionado dando un ejemplo al resto del mundo. Los gestos solidarios de los ciudadanos aparecieron desde el primer momento y fueron aumentando hasta alcanzar su punto álgido en la manifestación. En los peores momentos que ha vivido Madrid en toda su historia, sus habitantes supieron conjugar el tremendo sufrimiento que sentían con el deber de colaborar y de prestar ayuda.     

¡Que nos dejen vivir en paz!. Eso es lo que pedimos. Algo tan sencillo y que sin embargo parece tan difícil de conseguir.    

Sean quienes sean los culpables al presidente Aznar le coreaban durante todo el recorrido de la manifestación una pregunta: "¡¿Quiénes han sido?!"–, queremos que se haga justicia y que afronten las consecuencias de tanto sufrimiento injustificado. La ley hará pagar a los responsables de esta matanza, porque a diferencia de ellos nosotros sí creemos en la democracia y la legalidad. Nuestro espíritu democrático sigue vivo y así se demostrará el 14 de marzo. Y que no esperen a que pase esa fecha para contarnos la verdad.   

 


OPI

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