MAR SÁNCHEZ Periodistas por vocación
El hecho de que los hijos sigan los pasos de sus progenitores ha sido tradicionalmente un orgullo familiar, quizás por ese sentido de continuidad que prevalece en el ser humano. Uno no se quiere ir de este mundo pensando que su paso por él no ha dado ningún fruto. En muchas culturas y sociedades lo hemos visto a través de los tiempos y las evoluciones históricas. Desde las culturas más arcaicas hasta nuestros días, el simple hecho de haber engendrado otro ser humano supone que algo de nosotros mismos se quede en el planeta y, de esta manera, mantiene parte de nuestro espíritu en su realidad como ser. Es algo así como morir a medias o no morir nunca. Basándonos en estas premisas, si a este continuismo inherente aún en numerosas sociedades le añadimos que además alguna persona engendrada por nosotros quiera continuar nuestros pasos, debía de ser un hecho relevante; algo así como comprobar que la semilla que sembramos ha dado un fruto digno de exposición. Y, de paso, un espaldarazo a nuestro ego, tras comprobar que nuestra labor como padres –con todos los esfuerzos e inseguridades que esto supone– ha sido digna de un reconocimiento tal. Entonces, ¿por qué se me ponen los pelos de punta con
sólo pensar que alguno de mis hijos quiera ser periodista? Tengo que
reconocerme a mí misma Conocerse a uno mismo debía de ser el mejor punto de partida, pero a veces no es fácil desear que nuestros seres más queridos repitan actuaciones que han supuesto un gran sacrificio en nuestra vida cotidiana. ¿Cómo desear que un hijo se embarque en una profesión donde las reducciones de plantilla o las suspensiones de pagos son el pan nuestro de cada día, como ha sido el caso reciente de Antena 3 TV y Onda Cero? ¿Donde los periodistas pueden ver rescindidos sus contratos o ser simplemente echados del trabajo por intentar reflejar objetivamente la realidad, como le ocurrió a Carlos Hernández tras sus retransmisiones desde Irak, o a Ricardo Ortega por no mantener las posturas que deseaba el Gobierno del momento? ¿Donde un reportero puede ser asesinado sin escrúpulos y que el poder establecido oculte y omita lo sucedido, como ha visto todo el mundo con el caso Couso...? Por otra parte, ¿cómo no reconocernos que a pesar de los desastrosos tiempos por los que ha pasado, está pasando y –esperemos que no– previsiblemente pasará esta profesión, nosotros –los que pertenecemos, ante todo por vocación, a ella– no podemos desligarnos del atractivo fatal que nos arrastra y que incluso con estas premisas volveríamos a ser lo que somos? Y si partimos de este hecho, ¿cómo no comprender y ayudar a las futuras generaciones, aunque sólo sea con nuestro apoyo? ¿Qué fuerza moral tenemos para negarles sus aspiraciones, cuando nosotros mismos no hemos sido capaces de alejarnos de las nuestras, a pesar de conocer la realidad y sus consecuencias? Y como siempre hay que buscar un hecho que nos reconforte, también podemos volver la vista hacia sectores culturales que se mantienen en la misma línea de calamidades. ¿O no hay muchos escritores que tienen que vivir de otra cosa, o malvivir de lo que escriben? ¿No sufren muchos músicos apuros económicos? ¿No ha infinidad de actores en paro? En consecuencia, a una sólo le queda esperar que ante tanto infortunio como persiste dentro del mundo de la cultura, la sociedad se dé cuenta que éste es un bien necesario y los gobiernos, nacionales e internacionales, tomen las medidas pertinentes para preservarlo. Aquí y ahora empieza a haber motivos para la esperanza, ya que el PSOE está dando muestras más que evidentes de querer desligar los medios públicos de comunicación del poder mediático ejercido por los políticos (aunque sean harina de otro costal las reducciones draconianas de las plantillas y el manejo de los medios privados sobre sus profesionales). Quizás, si las cosas continúan por este camino recién
estrenado, el apoyo institucional deviene en real y se fortalece, y paso a
paso se van creando otras realidades diferentes en esta profesión, el hecho
de que mis sucesores continúen mis pasos podrá permitirme un subidón a mi
ego; o, por lo menos, dejará de ser una preocupación la forma de vida que
elijan.
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