ANGELINO ALEJANDRE
Informadores en Iraq:
Vaya por delante nuestro más ferviente deseo de que la peripecia de nuestros colegas franceses Christian Chesnot (Radio France) y Georges Malbrunot (Le Figaro), secuestrados por el autodenominado “Ejército Islámico” de Iraq, acabe en su más pronta e incondicional liberación. Esperemos que la rápida y unánime movilización de la opinión pública francesa, líderes musulmanes incluidos, así como las gestiones políticas y diplomáticas de numerosas personalidades y organizaciones de todo el mundo, particularmente de las de confesión islámica, consigan disuadir esta vez de sus siniestros designios a los patibularios ejecutores del informador italiano Enzo Baldoni, asesinado a sangre fría hace escasos días por este mismo grupo tras la negativa del Gobierno de Roma a acceder a las pretensiones de sus desalmados y descerebrados captores, que exigían a Silvio Berlusconi la retirada de las tropas italianas destacadas en territorio iraquí, apenas unos pocos miles de soldados sin ningún peso operativo más allá de su función de “respaldo simbólico” a la aventura militar anglonorteamericana en dicho país. En una febril actividad contra el reloj, son innumerables las declaraciones y los gestos que se están produciendo en todo el mundo para que los carniceros liberen sin daño a sus aterrorizadas presas. Es un clamor prácticamente unánime la expresión de que resulta inaceptable la captura de cualquier clase de rehenes para presionar, bajo la amenaza de su inminente asesinato, a los gobiernos y los países, pero también a toda la comunidad internacional, con la vana pretensión de dictar la política exterior (como en el caso italiano) o interior (la derogación de la ley que prohíbe la ostentación de signos religiosos en las escuelas galas) de las sociedades y los Estados, sin otros argumentos que el cruel chantaje y la más repulsiva brutalidad. Pero, para quienes somos periodistas, más allá de la conmoción humana que nos provoca la desesperada situación de nuestros colegas, resulta aún más deplorable si cabe el secuestro y la amenaza de muerte contra unos informadores desplazados a una zona de conflicto, donde ya es de por sí muy alto el riesgo personal que deben asumir los profesionales del periodismo para servir al mundo la información más veraz e independiente posible sobre lo que está sucediendo. Si los informadores pasan a ser blanco de cualquier clase de ataque intencionado, la alternativa no será otra que informar de la evolución de los acontecimientos de Iraq no desde el terreno, sino posiblemente desde la División de Propaganda del Pentágono, de la CIA o de una Casa Blanca ahora ocupada por unos personajes tan poco recomendables como George W. Bush, Dick Cheney o Donald Rumfeld. Quienes un año después de los hechos todavía lloramos el
aún impune asesinato por las tropas norteamericanas en Bagdad del cámara de
Telecinco, José Couso, tenemos toda la fuerza moral para denunciar
las gravísimas consecuencias informativas de actos como los perpetrados por
el “Ejército Islámico” de Iraq.
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