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INÉS
MARTÍN RODRIGO
La vida vista
mar adentro
“And the Oscar goes to… España, por Mar Adentro, by Alejandro Amenábar”.
Eran casi las cinco y media de la madrugada cuando el genial acento
toledano de la actriz Gwineth Paltrow trasladó a Alejandro Amenábar
directamente hasta la cima del séptimo vicio. Muchas habían sido las
especulaciones en los días anteriores, aunque la confirmación del Spirit
en la noche del sábado sabía un poco más a estatuilla. Sin embargo, no es
lícito considerar ahora, una vez obtenida la gloria, que era una batalla
ganada y, además, fácil de vencer; más al contrario, la película del gran
Alejandro (y no me estoy refiriendo a la muy discutida actuación del
oxigenado Colin Farell) contaba con unos dignísimos rivales, ya sea Los
chicos del coro (nunca pensé que pudiera llegar a tararear en francés
música de un coro, por Dios, si ni si quiera lo hago en castellano) o El
hundimiento (con un Bruno Ganz inmejorable, aunque, por mucho que les pese
a otros, no se trata de una crítica hacia el III Reich). Por tanto, es
innegable el gran logro de Mar Adentro, más aún si se tiene en cuenta que
ha sido concebida por un genio de apenas 32 años…se imaginan lo que la
vida le puede deparar!
Sin embargo, llegados a este punto, creo que son numerosos los análisis
elogiosos del filme, por lo que me gustaría detenerme, no en el
reconocimiento de la obra artística (que, en sí misma es un prodigio),
sino en la historia de la que procede, el germen que la ha dado vida, la
historia que cuenta, la de una vida anclada en el sufrimiento y, sin
embargo, generadora de felicidad. No pretendo entrar en un amargo debate
(que, por otro lado, tanto juego mediático crearía) sobre la tan llevada y
traída eutanasia; mi reflexión pretende ir mucho más allá (y creo que
también la reflexión de Amenábar, perfecto conocedor de la psique humana,
como ya demostró en su opera prima Tesis, por detenerme en una de sus
anteriores creaciones, en mi opinión, la menos valorada y la más
adictiva), pues, ante todo y sobre todo, creo en las personas, y mucho me
temo que esta película no es una defensa del derecho a morir (aunque
también reconozco que me fascina el trabajo de la asociación Derecho a
Morir Dignamente), sino una inmensa oda a la vida; y ese canto imposible
de silenciar se observa en el enlace de escenas (tras la amarga muerte, el
milagro del nacimiento), en los planos que se suceden mostrando la vida
del protagonista, en la habitación de Sampedro (su pequeño arén de amor,
que dice su cuñada en la ficción)…en definitiva, en todos y cada uno de
los detalles que configuran los millones de vidas que podemos llegar a
entrelazar en la historia de Sampedro.
La vida de Ramón Sampedro fue una constante llamada de auxilio hacia la
libertad, y esa misma libertad es la que ha permitido a Amenábar contar
una historia basada en un hecho real (cosa nada fácil) sin miedo y sin
tapujos, pero desde el más profundo de los respetos. Desde ese respeto,
tanto hacia la obra ficticia como hacia la obra real, me atrevo a formular
la siguiente cuestión: ¿Qué pasaría si historias como la de Ramón Sampedro
(que, por ende, implica a su familia y todos cuantos le conocieron)
quedaran silenciadas? Pues bien, la realidad es que se trata de la
excepción que confirma la regla, pues en este inmenso circo mediático en
el que vivimos, las personas quedan empequeñecidas y actos de amor tan
insuperables como el de Ramona Maneiro son convertidos en juicios orales
en los que todos nos consideramos con derecho lícito a opinar.
Ramón Sampedro y, por extensión, Alejandro Amenábar, nos han dado una
enorme lección, pues nos han enseñado a mirar la vida desde la objetividad
que aportan sus propias entrañas, desde…Mar Adentro.
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