ANA VIDAL Golpear las conciencias 2004 terminó con la conmoción internacional que supuso el devastador tsunami que arrambló Asia dejando cerca de 300.000 muertos. El maremoto fue la impactante culminación de toda una serie de desastres naturales que se sucedieron a lo largo de todo el año. Ha supuesto un golpe de conciencia para todos los países y ha hecho que la ONU se apresurara a convocar el pasado 18 de enero su conferencia internacional sobre Reducción de Desastres, para acelerar la creación de un sistema de alerta de catástrofes. Teniendo en cuenta que catástrofes naturales de esta índole empiezan a estar a la orden del día, la política mundial debería al menos, si no aunarse, tratar de evitar nuevos desastres. Por su parte, España cerraba además un año especialmente doloroso con la huella imborrable que dejó en el país el atentado terrorista del 11-M, que ha sido utilizado como referente en la vida nacional. La política española ha atravesado un año difícil, en el que la crítica a los partidos políticos por la desvirtuación informativa llevada a cabo ha sido la protagonista. Los españoles tuvieron otro claro golpe de conciencia para recordar que la vida no es un juego político, que por encima de todo no debe serlo. Habría que tener muy presente (por favor, que no caiga en el olvido) el discurso que la portavoz de la Asociación de las Víctimas del 11-M, Pilar Manjón, hizo en su magistral comparecencia ante la Comisión de Investigación del 11-M, acusando a los partidos políticos de utilizar el atentado como “arma arrojadiza” y solicitando la creación de otra comisión “libre de intereses partidistas”. Las palabras de Manjón han quedado grabadas en la memoria nacional y fueron una llamada de atención para un mundo político insensibilizado. “No utilicen nunca más ni aquí ni en otro contexto nuestro dolor con fines partidistas”, declaró el pasado mes de diciembre, consiguiendo las disculpas de forma unánime por parte de los portavoces parlamentarios. La comparecencia ante la Comisión del 11-M del ex presidente del Gobierno, José María Aznar, no estuvo falta de polémica. Aznar admitió que se pudieran haber cometido, en los meses precedentes al 11 de marzo, fallos policiales: “Que no se ridiculice a los que tienen en sus manos la seguridad de los españoles”, solicitó. Pero no vamos a centrarnos en esas comparecencias, estamos ya muy cansados de tanta verborrea política y discursos requeteestudiados como para ahora darles mayor importancia de la que en realidad tienen. Lo cierto es que, con aprobación de los discursos por parte de unos, y crítica agresiva de lo dicho por otros, la Comisión ha hecho la vista gorda igual que lo hicieron los mismos actores políticos pretendiendo salir del paso. Y cuando aún no habíamos tenido tiempo de asimilar todo lo acontecido, cobra vigor otro tema ahora de candente actualidad. Y es que 2004 se cerró en España con la aprobación del Plan Ibarretxe en el Parlamento Vasco por 39 votos a favor y 35 en contra: para en el presente año la polémica ya estaba servida El Plan Ibarretxe ha trastornado la política española en uno de los momentos más críticos que hemos atravesado en los últimos años. Pero nadie puede decir que le ha pillado desprevenido: el lehendakari Ibarretxe ya venía planteando “el nuevo pacto político”, basado en la libre asociación del País Vasco a España, desde octubre de 2002. La población española tiembla. Zapatero intenta calmarnos y confía. “El Plan Ibarretxe es una propuesta que no va a prosperar”, asegura. Si bien es cierto que, tras su abrumador rechazo por el Congreso de los Diputados, el Plan no tiene ninguna virtualidad jurídica, y que es una de las pocas veces en que PSOE y PP están de acuerdo y votan juntos, el simple hecho de que el Plan Ibarretxe haya llegado hasta aquí asusta y mucho, porque ahora su rechazo será utilizado por el nacionalismo como baza electoral para intentar ganar las próximas elecciones autonómicas, lo que le permitirá posteriormente volver insistir de nuevo en sus postulados. Esta vez son los nacionalismos los que necesitan un golpe de conciencia para conseguir ubicarse con claridad en este mundo y comprender que, quizá (ojalá), el progreso venga de la mano de la unificación, en la que cada vez España está más asentada gracias a la UE. En este punto cobra importancia el próximo referéndum que se celebrará en
España el 20 de febrero para decidir si aceptamos o no el Tratado de la
Constitución Europea, cuyo artículo 3.3 señala que se fomentará la
cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados
miembros, velando esta nueva Constitución por una política común favorable
al interés general europeo y no el de las minorías contrarias al gobierno
mayoritario de cada país. Espero que todos los españoles seamos conscientes
de ello y que no quede en una mera reflexión, sino que actuemos
consecuentemente.
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