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Portada Nº Enero 2005
Información General y Opinión
Sección General


MAR SÁNCHEZ


Reverte pelea en Trafalgar

Miré el reloj cuando vi a Arturo Pérez Reverte ascender por las escaleras del Círculo de Bellas Artes las 19:40–. Caminaba acompañado de Rafael de Cózar y Juan Eslava Galán, contertulios con los que iba a presentar su última novela, Cabo Trafalgar, el martes 26 de octubre en Madrid.  

Subían los tres con paso firme y rápido, Reverte en el centro y ambos amigos a los lados, como si le protegieran estos frentes ante las posibles interrupciones y saludos de las personas que se encontraban en el vestíbulo al acecho. Sus andares veloces y decididos podían denotar dos cosas: que llegaran tarde a la cita, hecho incierto puesto que aún quedaban veinte minutos para que diera comienzo el acto, o bien la intención de pasar lo más desapercibidos posibles. Por tanto, era evidente la segunda opción: Reverte no deseaba pararse entre aduladores. Pero, como es normal, no pudo ser y hubo quien los retuvo, eso sí, por las mismas el anfitrión, con bastante arte, se deshizo de los compromisos en segundos y los tres amigos retomaron su ritmo vertiginoso hasta desaparecer por una de las puertas laterales.   

Pero si entre adulaciones y charlas de pasillo no parecía encontrarse muy cómodo Pérez Reverte, todo lo contrario sucedió en el escenario del teatro Fernando de Rojas, donde él y sus contertulios mantuvieron ensimismado al público que abarrotaba el local de principio a fin. Los tres derrocharon entusiasmo mientras desmenuzaban la técnica literaria, la batalla de Trafalgar, la España del siglo XVIII, el declive del imperio, los héroes anónimos, los políticos corruptos y, sobre todo, el paralelismo con muchas situaciones que se mantienen hoy en día.   

Comenzaron la tertulia a medio gas dialogando sobre la técnica literaria, hecho que le dio la oportunidad a Pérez Reverte para defender su obra y exponer, desde un primer momento, la finalidad que ha querido conseguir en su novela. El envite estaba más que estudiado, y el mano a mano entre Juan Eslava y Rafael Cózar nombrado éste último constantemente por Reverte como Fito resultó impecable. Ambos expusieron cómo hallaron en Cabo Trafalgar un gran rigor en lo marinero y en lo histórico, pero al mismo tiempo constataron la existencia de bastantes anacronismos. Reverte encaró el tema justificando el lenguaje para hacer comprensible al lector de hoy lo que realmente ocurrió, además de hacer la novela divertida. Quería coger “al lector del siglo XXI y llevarlo a Trafalgar”. Su argumentación partía de la pregunta inicial que se hizo de cómo insertar tantísima documentación sobre la batalla de Trafalgar, meter al lector desde la primera página dentro de un barco inmerso en un conflicto bélico y hallar el modo de hacerlo disfrutar. La respuesta la encontró en un lenguaje con anacronismos tan exagerados como nombrar a Rocío Jurado como una cantaora de la época o la utilización de palabras a medio camino entre el español y el francés chapucero, mezcladas con la gracia de un saltimbanqui de cualquier taberna del puerto gaditano.   

Su etapa como corresponsal de guerra sobrevoló en el ambiente ante la disertación técnica sobre la dificultad de escribir la batalla naval desde dos planos diferentes, fuera y dentro del barco; a lo que Reverte contestó con un simplemente “yo se cómo se ve la vida desde el agujero”. Y los que estábamos allí sabíamos que aquello era indudable. Nadie mejor que un periodista que ha estado en primera línea para describir la valentía del héroe a la fuerza, que no sabe muy bien por qué lucha, y que al final se juega el pellejo y saca el valor en el fulgor de la batalla por rabia, por el dolor por los compañeros muertos o la visión de los cuerpos destrozados a su alrededor, sin saber siquiera el motivo que le llevó hasta allí. Uno de los personajes centrales de su novela, Nicolás Marrajo, representa a uno de estos héroes anónimos. Éste fue reclutado en una taberna gaditana a la fuerza entre otros borrachos, pícaros y mendigos, que se encontraron dentro de un barco sin saber nada del mar, de batallas ni de guerras, por el simple hecho de pertenecer a los desheredados. “No eran héroes sino pobres desgraciados que pelearon con cabreo, dignidad y mala leche mantiene Reverte–. Siempre pagamos los mismos”.     

Llegados a este punto, donde la historia y las injusticias dejan a un lado la técnica, el ambiente se caldea. Reverte gesticula constantemente y sus palabras se impregnan de rabia. Rabia que llega a la indignación ante la figura de Nicolás Marrajo como representante de los sin nombre de todas las batallas; hombres que sólo son tenidos en cuenta como números o, como él dice en uno de sus capítulos, “como carne de cañón”. Mantiene el grado de crispación al hablar de los oficiales de marina en todo su escalafón, a quienes describe como personas ilustradas, rectas y dignas. Las órdenes y el honor es lo que les hace embarcarse en una batalla sin sentido, contra una armada como la inglesa mucho más fuerte y preparada, a sabiendas del triste final. En tierra dejan una familia que difícilmente cobrará pagas ni indemnizaciones por su sacrificio. Otra vez vuelven a pagar los mismos. Y todo este desastre por conveniencias políticas. Los culpables, sin lugar a dudas para Pérez Reverte, fueron cuatro: “El primero, Napoleón, que nunca entendió el mar; luego Godoy, que se pone a su servicio; y después Villeneuve y Gravina, los dos mandos que, sabiendo que nos llevaban al desastre, dijeron adelante”. Posteriormente, pero sin nombrarlos, deja entrever claramente que tanto Godoy como Gravina sobresalen entre los últimos responsables, porque si Francia tenía como fin extenderse y Inglaterra defender su territorio, España no ganaba nada por estar allí; de ahí su frase “los españoles se miraban unos a otros y decían: ¿qué hacemos aquí?”.  

Tras el anterior análisis Pérez Reverte dispara chispas por los ojos mientras gesticula constantemente. Le enerva el paralelismo con la realidad y con lo sucedido desde siempre. Mantiene acaloradamente que la historia está para recordarla y aprender de ella. Pero su visión, tanto del pasado como del presente, raya en el nihilismo. “Cuando leo la historia de España, me pregunto: ¿a quién le parto la cara?”. La respuesta casi está implícita: a la clase política. “Repetimos el mismo ciclo continuamente”. “No creo que haya esperanza. Pelear, hay que pelear. Hay que dejarles con las narices sangrando”. “Ahora los culpables somos los de infantería, nosotros, cada vez más incultos. No te puedes resignar…”. Ni siquiera con Reverte.  1 noviembre 2004   

 


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