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Portada Nº Febrero 2005
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


AURORA FERRERO DÍAZ


El agujero negro
de la violencia de género

Sábado 20 de noviembre de 2004, Torrejón de Ardoz, Madrid. El reloj anunciaba las 21,30 horas de la noche cuando la ex mujer, adelantándose a su hora de llegada del trabajo, irrumpía con estrépito en el domicilio conyugal que continuaba compartiendo con su anterior pareja (por razones económicas que hicieron a ambos pensar en el bienestar de la hija que tienen en común). En el sofá del salón se encontraba él con su actual pareja viendo una película en DVD. Ignorando en ese momento el acuerdo que ambos mantenían sobre sus vidas y sobre la relación que les unía, Stella, de 30 años, en un arranque de ira exigió a Fernando y a su acompañante que abandonaran de inmediato el hogar. Calmadamente, y sin saber muy bien cómo tomarse el berrinche de su ex mujer, Fernando salió de su casa. Pero no tuvieron tiempo para bajar al portal cuando la pareja vio cómo todos los enseres de Fernando, desde ropa hasta los documentos más importantes, como el pasaporte, estaban volando en caída libre desde la ventana del quinto piso. En menos de cinco minutos todo lo que él poseía quedaba estampado contra el suelo o contra el coche que estaba aparcado enfrente del portal. Todo, hasta las cosas más queridas. Stella no tuvo compasión de nada. Ante una situación descontrolada, sólo quedaba la opción de llamar a la Policía para evitar que algún transeúnte pudiera resultar accidentado. 

Una hora más tarde, y después de tres llamadas realizadas, la patrulla hizo acto de presencia en el domicilio de los hechos. Los dos agentes tomaron los datos tanto a Fernando como a su pareja, y después de escuchar su versión de lo acontecido subieron a dialogar con la otra parte implicada. Esto fue lo acordado: a Fernando, debido que era sospechoso de haber agredido a su ex mujer, se le aconsejaba no regresar al domicilio conyugal hasta el día siguiente, fecha en la debería ir a comisaría para presentar su denuncia, en caso en que así lo creyera conveniente. Este es el proceder en caso de posible malos tratos: el marido tiene que abandonar el hogar, mientras que la mujer se queda en él con los niños. Esto es muy lógico cuando realmente hay evidencias físicas de que ha habido tal agresión, pero las palabras, como todo el mundo sabe, se las lleva el viento. Y, siguiendo la actualidad, todavía mucha gente hoy se pregunta por qué, o mejor dicho, quién inventó eso de “violencia de género”. El género lo tienen los sustantivos, los adjetivos; el sexo, sin embargo, los animales y las personas. Y ya que así lo han dejado, puesto que nadie parece querer rectificar, ¿a qué están llamando “género”? ¿Al género femenino? Esta historia es un buen ejemplo para testimoniar cómo ese 1 por 100, frente al 99 por 100 que ocupan las mujeres, es suficiente como para que los hombres también sean incluidos dentro de esa ley que están elaborando, o mejor dicho, reelaborando y volviendo a elaborar, sobre la violencia doméstica. Las mujeres llevamos muchos siglos luchando por una igualdad frente al hombre que todavía no hemos conseguido, pero ello no nos debe obligar a rebajarnos a su nivel; nosotras no discriminamos. El hombre maltratado, como persona y ser humano maltratado, debe gozar de los mismos derechos que una mujer en la misma situación.   

Como así lo estipularon los policías, Fernando tuvo que pasar la noche fuera de su hogar. Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de su pequeña, la cual se asomaba a la calle desde la ventana de su habitación sin entender muy bien por qué su madre arrojaba todos aquellos objetos. A la mañana siguiente, Fernando regresó y a mediodía se dirigió a la comisaría de la localidad para poner una denuncia contra su ex mujer. Stella tampoco había perdido el tiempo. Los vecinos no tardaron en escuchar la versión que convertía a Fernando en un maltratador. Asimismo, la noche anterior se dirigió a urgencias para conseguir algún tipo de acreditación sobre la supuesta agresión física. Lo único que consiguió fue una receta de antidepresivos. Pero la sorpresa llegaría por la tarde, cuando Stella, influenciada por sus amistades (“si te han maltratado tienes que denunciarlo”, es lo que se suele decir), se acercó a la comisaría a poner su denuncia contra Fernando. Todavía no sabía que no era la denunciante, sino la denunciada. Aún así, dejó acta de su declaración de los hechos. Lógicamente, la denuncia nunca llegó a procesarse, sí la de Fernando. El caso quedó sobreseído porque ambas partes consideraron que lo mejor era llegar a un acuerdo verbal. A pesar de ello, Stella a día de hoy sigue manteniendo su historia de cara a la gente que la rodea. Incluso ha visitado un centro de mujeres maltratadas, donde llegaron a proporcionarle un abogado de oficio. 

Lo que pretendo decir con todo este guión sacado del mismísimo Hollywood es que cualquier mujer puede hoy, como salida de escape, echar mano a “mi marido me ha pegado” para hacer frente a una situación que le podría ser adversa. En definitiva, para su propio beneficio o interés. Y esto es así debido a las terribles cifras, que recogen a diario los medios,  de mujeres que han sido brutalmente asesinadas a manos de sus cónyuges. Ser hoy en día mujer maltratada despierta una sensibilidad en la sociedad que es aprovechada por otras tantas que no lo son, pero que dicen serlo. La violencia doméstica es un fenómeno que debe ser erradicado, pero estos testimonios no hacen si no enturbiarlo aún más. La denuncia de Stella está ocupando el lugar de la denuncia de María, Alejandra o Sandra, y el abogado de oficio que le asignaron en el centro para mujeres maltratadas podría estar gestionando el abandono del hogar de cualquiera de ellas, abandono que podría ahorrar unas cuantas muertes. 24 enero 2005     

 


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