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Portada Nº Febrero 2005
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


AMANDA MUÑIZ GARCÍA


Locos por matar

Siete de Enero. Resaca de Reyes. Ya nadie se acuerda, pero ese día hizo un año de la ejecución de Charles Laverne Singleton en Arkansas, Estados Unidos. Este hombre asesinó a sangre fría a una compañera de trabajo, allá por el año 1979. Hasta aquí, muchos pensarían que, efectivamente, aplicarle la pena de muerte como castigo fue un gran acierto; pero, ¿y si se tratase de un enfermo esquizofrénico?  

Pocas veces nos interesamos aquí en España por esta clase de noticias. Y cuando lo hacemos, es por que el preso condenado es español. Sin embargo, desde mi punto de vista, cualquier caso donde vidas humanas acaben con vidas humanas en aplicación de la ley debe darse a conocer, para que acabemos de una vez por todas con este cruel exterminio. 

A partir del caso de Singleton, en los Estados Unidos se levantó un encendido debate sobre la pena capital, pues la mayoría aprueba la pena de muerte pero desaprueba la ejecución de enfermos mentales. La cuestión es si era o no un demente, ya fuera con medicación o sin ella. El veredicto puso a los médicos que trataban a este condenado psicótico en una situación insostenible, pues tratarlo podía, y así lo hizo, darle un breve alivio que resultase en una ejecución; mientras que dejarle sin tratamiento le condenaría al mundo en el que vivía, lleno de alucinaciones.   

Mi pregunta va dirigida a los gobernantes, no solamente al recién reelegido Bush, sino a quienes piensan que pueden resolver problemas sociales y políticos urgentes ejecutando a unos cuantos infelices. Demasiados ciudadanos en demasiados países todavía no se han dado cuenta de que la pena de muerte no ofrece a la sociedad más protección, sino mayor brutalidad. Permitir la pena de muerte en un sistema democrático como el de los Estados Unidos, máxima potencia del mundo, y quizá por eso a veces tan caprichosa, es tanto como autorizar el tiranicidio en una dictadura. Cuando lo Estados Unidos atacan a otros países por la violación de los Derechos Humanos, sus condenas pierden fuerza por el simple hecho de ejercer la pena de muerte. 

En mi reflexión final, cabe decir que, realmente, la indignación supera los límites de la cordura. No sé hasta qué punto están más locos aquellos que con sus doctrinas y falsedades autorizan unas muertes sin sentido. Y lo peor es que los medios de comunicación españoles ni siquiera se hubieran hecho eco de la noticia.  

No cae duda de que muerto el perro, se acabó la rabia. 25 enero 2005     

 


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