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Portada Nº Febrero 2005
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


ÚRSULA SEBASTIÁN


Las trampas de la libertad

¿Qué es la libertad cuando vivimos en una sociedad llena de trampas y cadenas que saben atarnos a lo que quieren que oigamos, veamos y hagamos?
Lo recojo de un libro de Chomsky y Hernán, Los guardianes de la libertad, que realiza un análisis de la propaganda como forma de instrumentar la comunicación de masas en la sociedad moderna. Su centralidad en los medios de comunicación, en la cultura y en la transmisión de información se ha hecho evidente, y es a partir de esta realidad cuando los autores se preguntan por la manipulación de las gentes a través de radio, prensa y televisión.   

Lo que queda más que plasmado en esta obra es la defensa de la transparencia y la libertad por parte de los autores. He tenido la ocasión de leer que Chomsky escribió su primer artículo, “En defensa de la República Española”, a los once años, un dato que confirma que la vocación siempre es importante a la hora de desempeñar tu profesión en la vida. Este autor ha luchado con sus palabras enlazadas para contar, por lo menos a quien le interese, la verdadera situación en la que la sociedad mundial está presa y ahogada sin conocimiento de ello.   

Principalmente para que la noria de los “intereses” pueda seguir funcionando y girando, se necesita: la concentración de la propiedad de los medios, financiación mediante la publicidad, dependencia de la información suministrada por el gobierno o las empresas, domesticar a los profesionales de la información y el anticomunismo como principal medida para eliminar “riesgos de infección”. Son unos pequeños detalles que están más que anclados en la maquinaria de los medios de comunicación. El dinero y los intereses son los jefes eternos del capitalismo, que en la teoría nos haría tan libres y que en la práctica nos hace tan pobres.

Considero que es muy valiente por parte de los autores analizar situaciones políticas a través de este modelo. La separación entre víctimas “dignas” e “indignas” es bastante cruda y real. En esta sociedad todos llevamos una etiqueta diciendo lo que somos, lo que valemos y a dónde pertenecemos. Por lo tanto, la etiqueta definirá a una víctima como “digna” cuando los verdugos sean adversarios de los Estados Unidos, e “indigna” en caso contrario. Es obvio que el mundo está dividido en polos. Opuestos, claro…, pero que se atraen por intereses y siempre hay uno que se impone.  

Dentro del libro cabe destacar el brutal asesinato del padre Popieluszko por unos policías comunistas, hecho que produjo más ríos de información que el asesinato de noventa y seis religiosos, incluido un arzobispo, por policías y militares de la sociedad “civilizada”. En los EE.UU. se dio gran importancia al caso Popieluszko, describiéndose detalladamente las manifestaciones, las misas celebradas, etc. Los policías que asesinaron al sacerdote fueron reconocidos en poco tiempo, juzgados y condenados. Vaya rapidez…  

En el saco de las víctimas “indignas” cabe destacar al padre Rutilio Grande, jesuita que ayudaba a los campesinos. Fue asesinado al ir a misa y no ocupó ni una milésima del espacio que ocupó Popieluszko. También se podría hablar de otro caso que fue totalmente ignorado por la prensa: una integrante de las Madres de los Desaparecidos fue violada, golpeada, y torturada. La perspectiva que tomó forma en el instante en el que hice esta comparación me llevó a pensar que ni siquiera nos damos cuenta de que somos vagos títeres que observamos lo que nos ofrecen tal cual. Da rabia comprobar cómo nos tratan como tontos aquéllos cuyas manos manejan el dinero y el poder.   

Es triste pensar que ni siquiera las desagracias nos hacen ser iguales, ya que los golpes de suerte, como la lotería, la belleza o el carisma, nos separan y nos hacen rivalizar a los unos contra los otros.   

A través de ejemplos verídicos queda más que confirmado que cuando la víctima “es de los otros”, la noticia va haciendo intensas paradas en los detalles más macabros, muestra los registros de la indignación popular y las acusaciones de responsabilidades merodean en las alturas de los organismos políticos. Sin embargo, cuando han actuado las fuerzas del orden de un Estado de Derecho, la información sufre un tratamiento de chapa y pintura, dando una impresión aséptica y ocupando el lugar de la última página.    

La democracia y el voto ocupan parte del libro, concretamente cuando se tratan las elecciones en un país “libre” como El Salvador en 1982 y 1984, o Guatemala en 1984 y 1985, siendo legitimadoras de regímenes sanguinarios. Mientras Guatemala y El Salvador se sumían en el horror, en los EE.UU. no se publicaron ni siquiera los informes de Amnistía Internacional que relataban las barbaries allí cometidas. La situación cambia cuando un país sometido a “dictadura”, como Nicaragua en 1984, las elecciones se utilizan para transformar y ocultar la verdadera “naturaleza” del régimen.  

Laos y Camboya han sufrido lo que se denominó la década del genocidio, en los años setenta, un verdadero holocausto igual de oscuro que el de Hitler y Stalin.   

Dispuesta a que me cuenten más películas, una increíble es la de las guerras de Indochina, donde los jemeres rojos de Pol Pot se convirtieron de malísimos en buenos cuando empezaron a luchar contra el Vietnam comunista. Después volvieron de inmediato a ser terribles. Como se puede comprobar, los guionistas de la realidad tienen un morro que se lo pisan para intercambiar los roles de ángeles y demonios…  

Cabe destacar el caso Watergate. Nixon se atrevió a actuar ilegalmente con el partido demócrata y Reagan, para no ser menos, se atrevió a violar las prerrogativas del Congreso.   

Parece increíble que un medio del calibre del New York Times dedicara tres veces más de espacio a Laos y a Vietnam que a Camboya. Esto sería muestra más que suficiente para no tener ningún tipo de respeto a este periódico y, por su puesto, retirarle toda nuestra confianza.  

En la actualidad, los medios no son más que perritos falderos y siervos de las jugosas cantidades que ofrece la publicidad para que aquéllos puedan seguir en marcha. Todo está infectado de dinero, y pedir un poco de honestidad a los responsables sería de ilusos, pero yo lo haré por si cuela…  

De todas formas, a pesar de descubrir cosas que no dignifican al periodismo, me ha encantado la lectura del libro por la sinceridad, la capacidad de crítica y su valentía, aunque es una invitación a que todos desconfiemos de lo que tenemos a nuestro alrededor. ¿Incluso del propio libro? No, a mí me ha convencido, no hay más que abrir los ojos y leer un periódico, ver la tele o escuchar la radio para ver que es verdad.   

Lo único negativo del libro es el desencanto de conocer la verdad, la pérdida de la inocencia, descubrir que los que mandan no sueñan como yo en un mundo mejor… No es justo darte cuenta que los “peces gordos” del gobierno, de los medios y de las empresas de publicidad están jugando al “Monopoly”, mientras nosotros sólo somos fichas que se mueven de un lado a otro. 2 febrero 2005     

 


OPI

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