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Portada Nº Febrero 2005
Información General y Opinión
Sección General


ALMUDENA TORAL MARTÍNEZ


¿Cuánto cuesta la corrupción?

Un informe presentado por Transparency International muestra que los países con más altas cotas de corrupción son Haití, Bangladesh y Nigeria. El sector petrolero es, a su vez, el más corrupto a escala mundial, revelando una pobreza extrema que subyace más allá del desfalco de dinero público y los atentados de los gobiernos contra la transparencia en las contrataciones.  

La corrupción. Diez caracteres. Un vocablo. Una constante histórica. Un concepto más actual y mundializado de lo que nunca sus estudiosos imaginaran en los albores de la creación de esta palabra. Existente desde hace más de veinticinco siglos, Platón ya tipificaba en Las Leyes la corrupción pública como crimen. Pero, ¿hasta qué punto las divagaciones de Platón podían predecir los millones de personas que actualmente mueren de hambre por desviaciones de fondos públicos en los más diversos gobiernos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir viendo a gente muriendo por las más temibles enfermedades por sobornos en contrataciones públicas?   

La corrupción es una de las principales causas de la pobreza; pobreza que se acentúa por este motivo en los países productores de petróleo, según el reciente informe de Transparency International. Este allanamiento de los Derechos Humanos de muchos pueblos, causado por la espada de la corrupción en manos de sus gobernantes, es uno de los grandes impedimentos para el crecimiento económico y el progreso social de un país. Agrava los problemas presupuestarios, desalienta la inversión extranjera y nacional, socava la confianza del público en las instituciones de su país… Pero, sobre todo y ante todo, atenta contra la justicia y el orden moral. Y pide a gritos una voz que denuncie esta situación.   

DATOS PARA REFLEXIONAR

Cuatrocientos mil millones de dólares al año constituyen las pérdidas por sobornos en contrataciones de gobiernos en todo el mundo. El índice de la percepción de la corrupción en 2004, proporcionado por TI, señala con puntuaciones del cero al diez los grados de corrupción que muestran los diferentes países sondeados. Entre los más limpios se encuentran Finlandia (9,7), Nueva Zelanda (9,6) y Dinamarca e Islandia (9,5). Por el contrario, las cotas más altas de corrupción se hallan en Bangladesh y Haití (1,5), Nigeria (1,6), Myanmar y Chad (1,7), así como Paraguay (1,9).  

Algunas de las causas de la corrupción son la recortada sinceridad de los gobiernos, los procedimientos contables no transparentes y la defectuosa estructura de los países para el ejercicio del poder y el cumplimiento de la ley. Pese a la creación de algunas instituciones propias para frenar las prácticas gubernamentales corruptas, como la Convención Anti Soborno de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), conseguir el fin de los fraudes aún se encuentra lejano. El soborno está tipificado como delito, lo que no impide que la legislación nacional de algunos países permita el pago de ciertas cantidades sin que ello esté penado. Se revela necesario que todos los grandes proyectos posean cláusulas anti soborno y que se tomen muy seriamente toda clase de medidas al respecto. Generalmente la corrupción se define como “abuso de un cargo público para beneficio privado”, pero más allá de una definición, de un recuento de cifras y estadísticas, subyace la verdadera situación de muchos países en vías de desarrollo –más susceptibles a los efectos perniciosos de la corrupción–, a los que el progreso les queda demasiado lejos.  

Preguntarnos por qué el sector petrolero es especialmente corrupto nos revela un entramado complejo. Petróleo y transparencia se muestran antónimos, ya que los culpables de los mayores sobornos después de los contratos del sector armamentístico son el petróleo y el gas. La riqueza de los países productores del famoso oro negro se queda en los bolsillos de algún alto dirigente nacional o de algún ejecutivo del petróleo occidental; quizá en la hucha de algún funcionario local, mas nunca en la boca de la población a la que ellos supuestamente salvaguardan. Los fondos generados por el negocio del petróleo se traducen en arcas de particulares llenas, en vez de en comida que alimente a los niños que serán el futuro de las naciones.  

La renta petrolera es un impedimento, como añadidura, a la democratización; los países que viven de la producción de petróleo tienen como característica común la falta de instituciones políticas sólidas y una clase media mínimamente desarrollada.  

Algunas de las más infames prácticas en el sector petrolífero son la firma de cláusulas de reserva, mediante las cuales se prohíbe revelar detalles de contratos con países en desarrollo. El swap (pase de mercaderías) también es frecuente, y sirve para reducir costes en el transporte. Mediante el swap un título de petróleo producido en un lugar determinado pasa a referirse a un petróleo de igual valor extraído en otra parte.   

La Historia está repleta de jugosos ejemplos de gobernantes corruptos: el ex dictador de Nigeria, Sani Abacha, desfalcó entre 2.000 y 5.000 millones de dólares durante su mandato; y el ex presidente de Indonesia, Mohamed Suharto, fue acusado de robar a su país entre 15.000 y 35.000 millones de dólares. Y éstos son sólo un par de ejemplos ilustrativos sobre la infinidad de ellos existentes. Aún así, es conveniente resaltar que petróleo y corrupción no están intrínsecamente unidos, son las instituciones encargadas de controlar la producción del mismo, y distribuir posteriormente las riquezas que esta producción conlleva, las responsables de la pobreza en estos países.  

BÚSQUEDA DE SOLUCIONES

Se han planteado algunas posibles soluciones en el ámbito internacional, como la publicación obligatoria por parte de las empresas petroleras de sus pagos en honorarios y regalías a gobiernos y empresas petroleras locales, y la instauración de sanciones contra las empresas sobornadoras. Además, debe existir un férreo control por parte de agencias de naturaleza independiente que supervisen los procesos de financiación política y que emprendiesen acciones legales en caso de incumplimiento de las normas. Reducir la corrupción requiere un esfuerzo continuado por parte de todos los estratos sociales, empezando por el fomento de un gobierno transparente y la intensificación del coste real de la corrupción a pequeña y gran escala.

Pero las cifras y teorías distan de acercarse a la perspectiva humana que se esconde detrás del asunto en cuestión. En Bangladesh no se respira por las calles más que resignación ante la brutalidad policial y la tortura que cada uno de sus habitantes aprendió a considerar normales. En Haití, las organizaciones internacionales se dejan el cuello cada día para distribuir ayuda entre su población, mientras la Administración del propio país no hace más que poner las cosas, si cabe, más difíciles. En el diccionario mental de millones de personas las palabras asistencia médica, educación o perspectivas de futuro no existen. En ningún idioma. Simplemente no existen. ¿Acaso esta fría e impertérrita palabra, corrupción, será capaz de mostrar cómo los presos en las cárceles de Haití mueren de hambre porque no hay quien recuerde siquiera que existen? Promesa truncada la garantía de los derechos del hombre en estas tierras con nombre y sin ley… ¿Acaso el concepto “corrupción” no lleva los suspiros de las madres nigerianas que han visto morir en sus brazos a sus hijos? ¿Acaso no conlleva dolor? ¿Acaso no clama justicia y encierra una realidad mucho más humana, más grave?  

Desde lejos nos llegan los rumores de un mal, por ahora, sin fecha de caducidad: la corrupción. Diez caracteres, un singular vocablo con espacio suficiente para albergar más que lo que las palabras, en su más esforzado cometido, pudieran expresar nunca. Una palabra que ojalá algún día desaparezca del diccionario de la realidad diaria.  17 diciembre 2004   

 


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