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LETICIA
ALONSO
Un cementerio en el paraíso
Los paraísos
del Índico han sido destruidos y en su final, se han llevado consigo más de
150.000 vidas humanas, cifra que desgraciadamente se incrementa a cada hora
que pasa. Un terremoto, el mayor registrado en la Tierra en cuatro décadas,
con una magnitud de 9.0 en la escala de Richter, hizo temblar el pasado 26
de diciembre el continente asiático, provocando gigantescos maremotos a
través del Golfo de Bengala. Diferentes áreas de las costas de Sri Lanka,
Bangladesh, Indonesia, Tailandia, Maldivas y Malasia fueron literalmente
arrasadas por tsunamis (olas gigantes) de hasta 10 metros de altitud. Nadie
pudo escapar a la destrucción del mar. Para nada valía correr, todo el mundo
era alcanzado. Para nada valía esconderse, todos eran encontrados. Para nada
valía llorar, pues las lágrimas desaparecían entre las gigantescas olas que
actuaron sin piedad.
Desde el llamado Primer Mundo, los privilegiados miramos lo ocurrido con
estupor, con horror y no dudamos en apiadarnos de “esa pobre gente”, pero en
el fondo sólo vemos números. Vemos cifras, sí, espeluznantes, pero cifras al
fin y al cabo, y no alcanzamos a ver las vidas que hay detrás de cada
número. La frialdad de los números y los porcentajes nos oculta la verdadera
realidad, nos ciega ante el sufrimiento de millones de personas porque nos
hace ver todo con la seguridad que da la distancia, con la tranquilidad que
proporciona pensar que eso no nos puede ocurrir a nosotros.
En momentos como éste, viene a la memoria lo ocurrido el 11 de Septiembre.
Recordar el horrible atentado acontecido en Manhattan nos sigue
sobrecogiendo el corazón. Cuántas veces habré oído como personas relataban
que viendo lo ocurrido en las Torres Gemelas lloraron por sus víctimas.
Cuántas veces hemos homenajeado, justamente, por supuesto, a las cerca de
3000 personas que aquel día perdieron la vida.
Todos nos sentimos más cercanos a los ciudadanos de Nueva York y sentimos
ese atentado como algo más nuestro, porque ellos sí eran como nosotros, eran
gente privilegiada que no merecía morir así. Pero, ¿acaso las más de 150.000
personas que han muerto por el terremoto en Asia lo merecían? Y no vale
pensar que lo ocurrido en el sureste asiático ha sido un desastre natural y
que lo ocurrido el 11-S fue un acto terrorista provocado por la crueldad de
algunos hombres, porque es culpa del hombre la situación actual del planeta.
Es culpa nuestra que cada vez haya más terremotos, más maremotos, que la
capa de ozono esté dañada y que se estén descongelando los glaciares. La
naturaleza ha dicho basta. Basta de contaminación, basta de destrucción,
basta de acabar con las reservas naturales. La naturaleza se ha cansado de
que mordamos la mano del amo que nos da de comer, y lo han pagado los que
menos lo merecían.
Esa gente no era privilegiada, sino todo lo contrario y ha sido esa pobreza
la que ha hecho que este desastre alcance semejantes magnitudes. Podemos
preguntarnos que consecuencias habría tenido un terremoto semejante en un
país desarrollado, con infraestructuras modernas y edificios sólidamente
construidos. Todos sabemos que la cifra de muertos hubiese sido
considerablemente inferior.
Ahora todos debemos mirar hacia allí y tratar de ver la realidad que se
esconde tras las sobrecogedoras cifras que nos cuentan los medios de
comunicación. Nadie merece sufrir un desastre como el ocurrido pero no
podemos desentendernos por vivir donde vivimos. De vez en cuando conviene
que cada uno de nosotros nos preguntemos: ¿cómo sería mi vida si no hubiese
nacido en el país que he nacido? ¿Merecería ser olvidado? Todos conocemos la
injusticia del mundo, pero insisto en que conviene recordarnos que lo
sabemos, porque solamente siendo conscientes de esta injusticia podremos
empezar a solucionarla. Todos somos iguales, todos tenemos los mismos
derechos y lo que verdaderamente sería injusto es olvidarlo, o no querer
recordarlo, por muy duro que sea.
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