BEATRIZ PALANCAR La tragedia no se va de vacaciones Nuestros ojos, desgraciadamente, estaban acostumbrados a contemplar los horrores de la guerra, los muertos por un atentado y los cuerpos tirados en el asfalto después de un accidente de tráfico. Sin embargo, la impresión ha podido imponerse una vez más al contemplar el desastre absoluto en aquellos lugares que antes eran paraísos. Y lo peor: miles de víctimas que son sólo un número. El tiempo apremia. Para los gobiernos de los países del sudeste asiático afectados, su principal cometido es evitar la propagación de epidemias. Los cuerpos se entierran sin identificar y suman un macabro número más que cumple los peores presagios iniciales. Lo que para muchos iban a ser unos días inolvidables, unas navidades diferentes en playas paradisíacas, se transformó en tragedia. ¿Pudo haberse evitado? Los primeros días de diciembre los periódicos nos daban a conocer que el observatorio de California había detectado un movimiento en la falla de San Andrés. Esto hecho, según podía leerse, era un indicio claro de que en unos días se produciría un cambio importante en la corteza terrestre. La información ocupaba un espacio pequeño, ni siquiera destacaba dentro del área internacional. Con más cercanía en el tiempo, en concreto dos horas antes del maremoto, se conocía exactamente lo que ocurría a cientos de metros de profundidad del océano. ¿Por qué no se evacuó la zona de lo que después se convirtió en catástrofe? Sin duda, los gobiernos de los países afectados no sólo deben hacer frente a las necesidades de la población, sino que tienen que asumir su responsabilidad. No se puede hacer frente a una catástrofe natural, pero sí se pueden reducir sus efectos mortales con planes de emergencia. Pero ninguno se puso en marcha. No hay que olvidar que a muchos turistas las olas de 50 metros les sorprendieron en la playa mientras tomaban placidamente el sol, por poner un ejemplo. Además, el otro gran reto al que se enfrentan las administraciones implicadas es el reparto de la ayuda que se envía desde todas las partes del planeta. Lo deseable sería que ese dinero llegara de verdad a las víctimas, que sirviera para que su vuelta a la normalidad sea más fácil. Sin olvidar el dolor, pero que cuenten con lo necesario para vivir. En España, los mensajes de móvil han servido para algo más que para felicitar las navidades a los amigos: a través de mensajes solidarios paliamos en parte el desastre. Aunque siempre hace falta más... Las imágenes son estremecedoras.
La destrucción ha tomado forma de ola y se
ha llevado todo por delante. Sólo caben dos respuestas posibles: ayuda
económica y medios tecnológicos que eviten que otra catástrofe de estas
dimensiones se repita sin haber tomado ninguna medida. El curso de la
naturaleza no se puede parar, pero en nuestra mano está que no se produzcan
víctimas mortales.
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