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Portada Nº Febrero 2005
Información General y Opinión
Sección General


INÉS MARTÍN RODRIGO


La Comisión de la esperanza

Hace casi un año desde que Madrid vivió el episodio más doloroso de toda la historia del terrorismo en España. Y, con la objetividad que aporta el tiempo transcurrido, me gustaría analizar el medio democrático empleado para aportar alguna brizna de esperanza: la Comisión Parlamentaria del 11-M. Tengo que reconocer que me ha sido imposible seguir al completo las comparecencias de todos los que durante estos meses han sido llamados a declarar. Sin embargo, eso no me exime de sacar algunas conclusiones, derivadas sobre todo de las comparecencias más esperadas, las de José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar. Ambos dejaron patente su intención de colaborar, en la medida de lo posible, en el esclarecimiento de los hechos; sin embargo, dicho esclarecimiento se vio truncado a lo largo del desarrollo de la Comisión, en demasiadas ocasiones, por las ansias difamatorias de algunas lenguas viperinas infiltradas en el hemiciclo, cuya única intención era desinformar (ya saben que a fuerza de repetir insistentemente un mismo mensaje puede calar hondo en el cerebro de la masa). Sin embargo, los auténticos parlamentarios, ésos que llevan a la práctica el espíritu dialogante de la democracia, no se dejaron doblegar y demostraron a la sociedad, a su sociedad (por cuya mediación han sido legítimamente elegidos) que el Congreso no será nunca un búnker infranqueable para los demócratas.  

Una vez descritos los personajes protagonistas y el contexto de su desarrollo, he aquí las conclusiones que nos harán ver luz al final del negro túnel en el que nos adentramos aquel 11 de marzo: en primer lugar, los que tenemos claro quién hizo qué cosas entre el 11 y el 14 de marzo, hemos podido corroborar que el Estado de Derecho goza de perfecta salud; en segundo lugar, en lo que respecta a las muchas personas a las que aún les cabe alguna duda, sea sobre el aspecto que sea de la dolorosa fecha, disponen ya de argumentos suficientes para elaborar sus propios juicios de valor.  

Por último, me gustaría destacar la extraordinaria comparecencia de Pilar Manjón. Reconozco que tenía serias dudas acerca de la conveniencia de que una persona que estaba subjetivamente implicada en una experiencia tan funesta representara a todos los que, aquel fatídico día, perecieron o nunca volvieron a ser los mismos. Muchas madres como Pilar se dejaron en ese tren una parte de su vida en el balance final de muertos y heridos; y ahora, gracias a ella, pueden “tragar ahora un poquito mejor, al menos sin bilis”. Desde aquí mi más sincero reconocimiento para ella. Rectificar es de sabios. Algunos deberían tomar buena nota.  5 febrero 2005   

 


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