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Portada Nº Mayo 2005
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


LETICIA ÁLVAREZ DURÁN


¿Cambio climático?
Posibles consecuencias
económicas y sociales

Madrid, 2 de mayo de 2004. Temperatura: 10º C – 5º C.
 
París, 13 de Septiembre de 2000. Temperatura: 28 º C – 17º C .
 
Kyoto, diciembre de 1997: Temperatura alarmantemente alta en la sala donde se encuentran reunidos líderes políticos de Oriente y Occidente para establecer un consenso en cuanto a la reducción de la contaminación atmosférica.

La Conferencia de Kyoto nació del convencimiento de que la emisión de gases de efecto invernadero sumada al efecto invernadero natural habría causado –aún lo hace- un sobrecalentamiento de La Tierra y de la atmósfera capaz de provocar una más que preocupante perturbación del clima: aumento de las lluvias torrenciales, de la sequía, desertización, disolución de los hielos, elevación del nivel de los mares y océanos promovido tanto por la licuefacción de los glaciares como por la expansión de las aguas por el incesante calor, aumento que podría, a su vez, sumergir islas y franjas costeras echando a pique instalaciones turísticas, fábricas e infraestructuras tales como carreteras y ferrocarriles.
 
Estas fueron las principales preocupaciones que motivaron tal reunión intergubernamental, preocupaciones que no han dejado de hacerse patentes (nada más lejos de la realidad: se han mostrado más acrecentadas) salvo en las relajadas conciencias de los representantes políticos que allí acudieron.
Y es que como conclusión final y remedio para este panorama desalentador acordaron una reducción de las emisiones nocivas para el período 2010 – 2012 equivalente al 5,2% respecto a la situación de veinte años atrás, en 1990. No quiero ser pájaro de mal agüero, pero si tenemos en cuenta que en 2001, durante la Cumbre de Bonn, se acordó un recorte de las mencionadas emisiones al 1,8%, no está de más pensar que, a este paso, cuando vayamos a intervenir será demasiado tarde (las previsiones estiman que duplicaremos el número total de habitantes del planeta en sólo medio siglo, cuando La Tierra habitable se habrá reducido a la mitad de lo que es actualmente, y ya no habrá tiempo ni espacio para actuar).

Al contrario de lo que muchos apologistas alegres creen, no estamos ante caprichos climáticos, sino ante una tendencia constante –y cada vez más agudizada- al recalentamiento del planeta.
 
Los mejores testigos de ello: los glaciares, que muestran el mayor deshielo desde el final de las glaciaciones. No podemos dejarnos guiar por la convicción de los caprichos climáticos, decía, porque si bien es cierto que nuestra Edad Media fue especialmente calurosa entre el 1100- 1400 , y que a este período le siguió otro de enfriamiento (1450 – 1850), también lo es que desconocemos las causas que lo propiciaron, por lo que acatar la excusa del cambio climático natural es aferrarse a un clavo ardiente del cual, para más INRI, saldríamos inconmensurablemente peor parados: si el recalentamiento que presenciamos –y provocamos- fuera natural, entonces nada podría hacerse. En cambio, si tal perturbación se debiera a causas humanas, todavía habría tiempo para la acción.

Son tantos y tan variados los impactos que el cambio atmosférico puede acarrear que resulta complejo comenzar a citarlos. Así, además de los mencionados al principio de este comentario cabe resaltar otros, entre los que diferenciaremos aquéllos cuyos efectos se ciernen sobre los sistemas naturales y los que hacen lo propio sobre los sistemas humanos.

Entre las consecuencias que ocasiona el sobrecalentamiento de nuestro planeta al primer grupo destacamos , entre otras, las que atañen a la hidrología (aumento de los flujos medios anuales), a los ecosistemas terrestres y de aguas dulces (el comportamiento, distribución, tamaño y densidad de población de la fauna se ven afectados directamente por la transformación del clima e indirectamente por los cambios en la vegetación; asimismo, crece el riesgo de extinción de las especies cuyas capacidades de adaptación son limitadas), impactos sobre los ecosistemas costeros y marinos (intrusión del agua del mar en aguas dulces, y proceso de redistribución de las especies marinas) y, en último lugar, efectos en la agricultura, donde hallamos alguna consecuencia positiva (mejora del rendimiento posible de las cosechas en algunas latitudes medias con el aumento de menos de 1º C ) eso sí, oculta tras una mayoría de efectos adversos.

La vulnerabilidad de los sistemas humanos radica en daños graves a la salud (por la extensión de enfermedades infecciosas, diarreicas y respiratorias, así como del hambre y desnutrición en los países en vías de desarrollo), a la productividad económica (incluimos aquí los recursos de agua) , y demás impactos sobre seguros y otros servicios financieros. Los efectos del cambio climático sobre los asentamientos humanos son atribuibles tanto a factores socioeconómicos – ingente crecimiento de la población, aumento de la riqueza y consumo, urbanización de áreas vulnerables - como a factores climáticos propiamente dichos – notables modificaciones en pluviosidad e inundaciones.
Además, advertimos que diversos fenómenos extremos tales como sequías, olas de calor, inundaciones, etc) podrían aumentar considerablemente mientras otros, como los períodos de frío, disminuirían. Y todo ello sin mencionar que los impactos crecerán a medida que el cambio incremente su ritmo, magnitud y duración, y que contribuirá a desequilibrar la ya de por sí inestable balanza de desigualdades sociales.

¿Cómo se traduce todo lo anterior?

Estamos conformando los elementos de un nuevo escenario global en el que protagonistas y secundarios entrecruzan sus papeles mientras el público, atónito pero impasible, no muestra empeño siquiera por experimentar alguna sensación catártica que le haga atisbar la cruda realidad de la que es responsable.

Y mientras todo esto ocurre nosotros estamos aquí, lamentándonos amargamente por esta sucesión (ya molesta) de días desapacibles, por no poder empezar a broncearnos para el verano, por no poder lucir la nueva blusa de primavera que hemos comprado en una de esas grandes tiendas textiles con centenares de sucursales por todo el país. Esos almacenes que practican, orgullosos, la nueva política de división internacional del trabajo por la cual sitúan sus centros de negocio en las grandes urbes desarrolladas del mundo occidental mientras se nutren de la mano de obra infinita y alienada – explotada es un término benévolo a estas alturas- del llamado Sur del Mundo.

Pero este es otro asunto. Sí, pero está irremisiblemente vinculado al que estamos tratando.

Crecimiento y técnica contribuyen, junto a la población, a provocar la insostenibilidad del desarrollo. Según esto es fácil deducir que, a más personas, mayor uso de energía y, consecuentemente, mayor contaminación provocada por la emisión de gases de efecto invernadero liberados por los consumos de petróleo y otros combustibles( metano, protóxidos de nitrógeno, hidrofluorocarburos y los antiguos perfluorocarburos). Si bien es verdad que estos gases se han acabado sustituyendo, también lo es que lo han hecho por otros que agravan el recalentamiento atmosférico.

Teniendo ahora presente que el 97% del aumento de población mundial en los últimos años del siglo XX se ha producido en los países menos desarrollados (esto es, los que pertenecen a Asia, África , América Latina y Oriente Próximo islámico), y que estos emplean como principales las energías fósiles – las más baratas y a la vez contaminantes- obtenemos un resultado escalofriante: el aumento de las emisiones nocivas en los países superpoblados se está produciendo a un ritmo que triplica el de los países desarrollados. Todo ello se basa en un hecho constatable: el desarrollo en los países pobres sólo puede ser de bajo coste energético, y por lo tanto sucio.

Así tenemos que para desarrollarse -cuando lo consiguen- estas regiones están contaminando demasiado, puesto que la nube tóxica asiática es más extensa y mortífera que el smog occidental.

He aquí la cuestión a la que aludíamos anteriormente: la importancia de la contaminación guarda una estrecha relación con el volumen de la población. Este axioma se ve complementado con la siguiente relación de cifras: hace menos de un siglo éramos 2000 millones de almas en La Tierra; hoy somos 6000 millones los que la habitamos.

¿Cómo mantener estables los niveles de contaminación con una población en crecimiento infinito?

Frente a este desastre cuyas consecuencias sobrepasan las barreras ecológicas, EEUU – con Bush hijo a la cabeza- se retiraba de los acuerdos de Kyoto sobre la reducción de la contaminación atmosférica. A ello se unía la Conferencia Mundial de Marrakech (2001), en la que se propuso descender por debajo del 1% las emisiones de gases contaminantes. Algo, a mi parecer, realmente inútil.

¿Tan elevado es el coste económico de la limpieza ambiental? La respuesta es no: teniendo en cuenta que los daños económicos provocados por los desastres naturales imputables al cambio climático ascienden, en los últimos diez años, a 50.000 millones de dólares, y que los gastos de limpieza se sufragarían con 57.000 millones de euros –según Altero Matteoli, ministro de Medio Ambiente del gobierno italiano-, considero que es mayor el coste moral de admitir nuestra ineludible responsabilidad esquivada que el coste económico.

En cualquier caso, esta iniquidad sui géneris que producimos día a día no es sino la consecuencia de ser demasiados y demasiado inconscientes, y de seguir siendo sólo impresionables ante las catástrofes visibles. 18 abril 2005
    

 


OPI

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