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ELIA
ARMERO
La violencia se ha convertido en
el más firme aliado de la frustración del ser humano
El hombre se ha convertido en el animal menos racional que habita la
tierra, a pesar de ser ésta la cualidad que les hizo distinguirse entre el
resto de seres vivos. Una de las condiciones que más destacan en la sociedad
actual es la frustración que presentamos en distintas facetas de nuestras
vidas. De esta forma, cuando un ser humano presenta rasgos de frustración,
la primera característica que, inevitablemente, surge a la palestra, es la
violencia. Pero… ¿con quién? Podemos encontrar tres tipos de violencia:
contra uno mismo a modo de autoagresiones, con los demás y en la vida
profesional.
Estamos cansados de encontrarnos en los diferentes medios de comunicación
noticias relacionadas con la violencia de género, que nos acompaña en
nuestras comidas o cenas diarias a través de la “caja tonta”. La violencia
se ha convertido en el más firme aliado de la frustración del ser humano,
por llamarlo de alguna forma, ya que no es un comportamiento digno de tal
mención.
Es el momento de plantearnos si el modelo social que tenemos y defendemos es
el apropiado para los hombres, puesto que el número de personas frustradas
que reaccionan violentamente aumenta cada día sin ningún tipo de control.
Las frustraciones pueden provenir de una libertad, autonomía y
responsabilidad individual fracasadas, que suele manifestarse con violencia
y más violencia describiendo un “estilo destructivo”.
Una de las causas que apuntan los estudiosos acerca de las graves
frustraciones del ser humano en esta sociedad es la de vivir en un mundo “virtual”.
Con ello queremos decir que, actualmente, vivimos dentro de un haz de ‘bienestar’,
de diversidad, con todas las comodidades tecnológicas, culturales… pero que
no pueden ser suficientes para un desarrollo pleno del ser humano. Hemos
confundido bienestar con felicidad, y no pueden ser sinónimas dos palabras
que tienen como finalidad u objetivo cosas tan opuestas. La felicidad lleva
a los seres humanos a un modelo de vida, a una armonía interna y externa.
Por el contrario, el bienestar, la era del confort, que estamos
“disfrutando” desde hace unos años en estos países ‘desarrollados’, abocan
al individuo hacia el afán consumista irrevocable. El consumismo puede
aportar sensación de felicidad a las personas, en algunos casos, pero nunca
será una felicidad auténtica, por ello se trata de un pseudovalor.
No obstante, no somos conscientes de la dependencia que causa este
pseudovalor en nosotros. Hacemos colas a las puertas de los grandes
almacenes, madrugamos para ir ‘de compras’ y conseguir el mejor producto,
discutimos e, incluso, peleamos por la última prenda de ropa de nuestra
talla que queda en una tienda… Todo ello altera las relaciones que tenemos
con los demás, puesto que aflora la violencia implícita que se gesta a lo
largo del proceso.
Todo el mundo habla ahora, en la era de la aglomeración, de la globalización,
de las prisas y el desasosiego, de la calidad de vida. ¿Cuántas veces hemos
oído decir a alguien ‘yo prefiero tener calidad de vida’? Pero, ¿qué es la
calidad de vida? ¿Vivir en el campo, alejado del estruendo de la ciudad, de
la contaminación, de los ruidos… para autorrealizarte como persona? o, por
el contrario, ¿se trata de disfrutar de la comodidad, el confort, con todo
tipo de lujos y detalles tecnológicos, típicos del consumismo desmedido?
Allá cada cual con sus preferencias, pero hemos de saber distinguir los
términos, puesto que hemos aprendido a confundirlos por completo.
Volviendo a la frustración, podemos encontrarla muy definidamente en el
comportamiento consumista ilimitado, puesto que suple las necesidades
verdaderas, sociales o personales, por la ambición de consumir, lo cual
repercute directamente contra nosotros mismos. El ser humano pude frustrarse
por diferentes motivos: a causa de los diferentes obstáculos que puede
encontrarse en su camino hacia un objetivo, debido a deficiencias de
derechos que a uno le corresponde y, finalmente, por los incentivos, los
cuales pueden provocar conflictos considerables. Pero existe un hecho común
a todos: “todo ser frustrado reacciona como ser violento”.
Dentro del marco de la violencia doméstica, que crece y crece en la sociedad
actual, podemos citar que el individuo violento, fija en su víctima (alguien
siempre cercano), a quien maltrata física y psicológicamente, el símbolo que
ejemplifica la causa de su frustración. Esta es una actitud denominada ‘paranoide’,
puesto que el agresor presenta rasgos excesivamente violentos, con complejos
de superioridad desmedidos. Además, la persona violenta suele no confiar en
nadie y es un ser solitario e intolerante. Estos hechos suelen acentuarse
más, si cabe, a propósito de las drogas o el alcohol, que les reconstruye
dentro de una vida irreal y violenta.
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