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Portada Nº Mayo 2005
Información General y Opinión
Sección General


CECILIO URGOITI


¿Existe la democracia más allá
del Estado-Nación?

Una de las cuestiones más controvertidas de la Ciencia Política es hoy la pregunta que se hacen, los teóricos, los actores políticos y los inquietos ciudadanos, y esta es la siguiente: ¿Existe la democracia más allá del Estado-Nación? Formulémosla de otra forma: ¿Es el Estado-Nación la única vía para el imperio de la ley y el principio de los derechos humanos? Se me antoja la posterior respuesta: La democracia se creó en el nivel local, la Ciudad-Estado, en la Grecia Clásica, se transformó durante la primera modernidad en el nivel nacional, el Estado-Nación hace tan solo dos siglos y ahora en el futuro debe ser reinventada en el nivel transnacional.
 
La democracia que hoy nos sustenta y susténtanos es una “democracia legal” donde la participación de los ciudadanos en la misma, se ciñe a votar en un periodo de tiempo mas o menos largo con lo que legitimamos a una elite. Su misión, es generar un Gobierno fuerte, que dome al Parlamento, ya que son los Partidos Políticos los que con la configuración de mayorías van hacer posible el mantenimiento del Gobierno. Las preguntas, las interpelaciones, los comisiones de investigación van a funcionar en aras a la reglamentación parlamentaria, creadas en la generalidad de los casos, por quienes van a impedir la caída del Gobierno.

Miremos a los ciudadanos. Podemos encontramos otro límite importante: los individuos no son activos de manera directa. Su protesta se expresa de manera simbólica y a través de los medios de comunicación. Otra pregunta decisiva es la siguiente: ¿Quién es el dueño de los símbolos? ¿Quién encuentra (inventa) los símbolos que, por un lado ponen de manifiesto el carácter estructural del problema y, por el otro, lo tornan capaz de la acción, y cómo se consigue?. Esto último debería ser tanto más factible cuanto más sencillo es el símbolo escenificado, donde sencillez significa en primer lugar, transmisibilidad: todos nosotros hemos atentado alguna vez contra el medio ambiente, con la diferencia esencial, esos si, de que la probabilidad de la absolución pública seduce tanto más todo lo mayor que es la gravedad del pecado. En segundo lugar, grito de indignación moral: “los de arriba” pueden, con la bendición del Gobierno y de sus expertos, hundir una isla llena de residuos. Mientras que “los de abajo”, debemos dividir en tres partes cada bolsita de té, té, papel e hilo, para salvación del mundo. En tercer lugar, oportunidad política, vamos a una guerra, para luego dar un discurso en el Capitolio, que más nos da que mueran soldados nuestros o del oponente. En cuarto lugar, tráfico de indulgencias ecológico: el bloqueo cobra importancia con la mala conciencia de las sociedades industriales porque, a través de él, se puede repartir una especie de perdón sin costes ulteriores para la Administración.
 
Hay una caricatura de los conquistadores españoles haciendo su entrada, con armas relucientes, en el Nuevo Mundo, “Hemos venido a vosotros para hablar de Dios, de la civilización y de la verdad”, a los que contesta un grupo de nativos con aire perplejo: “muy bien, y ¿qué queréis saber?”...
 
Lo ridículo resulta de la imagen de la falsa comprensión recíproca del “encuentro”: el imperialismo occidental que se impone por las armas esconde su celo misionero bajo la retórica del “diálogo intercultural” La amarga comicidad estriba en que el observador sabe más... el observador conoce el futuro real del cuadro que se le expone... y este elemento trágico ha embrujado la situación mundial hasta hoy. Lo trágico y lo cómico son los dos lados de un “diálogo” intercultural permanentemente fracasado.
 
En esta situación, cabe preguntar: ¿es posible una cosa tal como la crítica intercultural? Para armar mejor esta pregunta, preguntaremos en primer lugar a los clásicos de la tolerancia y del malentendido –Nietzsche y Lessing– y, en segundo lugar, trataremos de tender puentes entre los dos campos –hostiles– de los contextualistas posmodernos y los universalistas ilustrados.
 
Ciertamente está el Nietzsche posmoderno, que alegremente da al traste con las seguridades en cuanto descubre y fustiga lo egotístico en la moral y predica el inmoralismo y la irresponsabilidad. Pero también está el Nietzsche ilustrado e irónico, y hasta tal vez el aún por descubrir fundador de una nueva Ilustración. Él sabía bastante de la sabiduría de la risa, a la que llama “esa sabiduría tan llena de picaresca”... Nietzsche sustituye la com-pasión por la risa compartida. Es evidente que el intercambio de los valores no es para él un fin en sí, sino que debe crear espacio para la alegría y la risa compartida de otras verdades en un diálogo intercultural. Acerca de otros cuyas máscaras nos hemos puesto, y acerca de las máscaras en que nos hemos convertido y que miramos con los ojos de otros, etc.
 
Con lo cual, lo global que Nietzsche tiene ante sí no se da de manera sincrónica, sino que incluye el estar juntos y enfrentados a lo largo de los siglos.
 
Resulta más fácil decir qué cosa “no es”: presupone el que se desagreguen las morales absolutistas de los mundos separados... no para que no ocurra nada, sino para que se abra el espacio a un sincrónico empequeñecimiento y engrandecimiento de las pautas y exigencias morales. Es decir, una moral que quiere fijarse una meta.
 
Por una parte, el filósofo aboga por una individualización del ideal: el individuo se convierte en legislador, pero sólo en legislador de sí mimo... pero ello no abre de par en par las puertas al relativismo moral... precisamente lo contrario, opina el filósofo. La tolerancia pensada y practicada básicamente en la simultaneidad de dos movimientos: de un lado, empequeñecer el propio ámbito de grandeza moral para, del otro, buscar la conversación transcultural con las demás verdades, las verdades de los otros. La individualización de la moral no es tampoco fruto de un motivo egoísta. Más bien, abre oportunidades para una moral global de la tolerancia: hace posible algo más que la conversación, la crítica intercultural: la autolegislación, en su doble sentido de limitación y ampliación, nos capacita para la crítica y para el conflicto.
 
Se pueden resumir las respuestas nietzscheanas a la cuestión de cómo deviene posible la crítica intercultural de la forma siguiente: sola y únicamente la autolegislación y el autocuestionamiento tomados como una unidad nos abren y fortalecen para las exigencias de la vida internacional.

La autolegislación sin autocuestionamiento conduce a la intolerancia, el etnocentrismo y el egocentrismo, sólo el autocuestionamiento sin autolegislación debilita y capitula ante la obstinación del mundo. Esta contradicción se resuelve, en lo que el filósofo llama “la moral que busca fijarse una meta”.
 
Se puede encontrar una respuesta parecida en Lessing, quien trata de la cuestión de las certidumbres autoexcluyentes sobre todo en su obra teatral “Natán el sabio”... Natán quiere ver, palpar, coger lo que se esconde detrás de las palabras, que a menudo no son más que pura altisonancia y retórica. La necesidad de decidir entre certezas autoexcluyentes... se resuelve de manera paradójica. Por una parte nada, y por la otra, dos cosas: el juez no decide, invita a los que buscan consejo a la reflexión y acción personales. Al mismo tiempo, ofrece también a los que pugnan por conocer la verdad un criterio para abrirse camino en la vida; según su juicio, la única prueba posible de la “predestinación” está en los frutos de sus acciones.

La respuesta de Lessing conduce a una diferenciación que, de todos modos, no es realmente clara y absoluta, es decir, la diferenciación entre certeza y verdad.

Kant desarrolló en “La Paz Perpetua” la tesis de que las democracias nunca son posibles aisladamente en forma de sociedades únicas no estatales, sino sólo en la sociedad civil mundial. No sólo vincula el autogobierno de los muchos a un auto-pensamiento sino que, además, condiciona esto a los ámbitos de la autoexperiencia de la sociedad civil global, situaciones jurídicas universalmente válidas.
 
Las interrelaciones vivénciales transnacionales consisten y surgen de cosas tan diversas como las relaciones comerciales intercontinentales, los movimientos migratorios, la esclavitud, las guerras, el imperialismo...
 
La cultura global, a diferencia de las culturas nacionales, no dispone de ningún pensamiento. Una “Nación Estado” se puede apoyar, para su formación, en experiencias y necesidades recónditas de la población y darles expresión, mientras que una cultura global no corresponde a ninguna necesidad real ni ninguna identidad en desarrollo.
 
La respuesta a nuestra primera pregunta, pasa por la recuperación de la “democracia participativa” en el ámbito interior, con el fin de volver a lograr la legitimidad hurtada a la soberanía popular y de ese modo hacer coparticipe a la sociedad de las decisiones a tomar en aras a los nuevos tiempos globalizados que se nos avecinan. No podemos decir que: “las cosas son como son” sino que “las cosas son como cada uno queremos que sean.” Logrado esto estaremos en disposición de reinventar una nueva forma democrática global en la que se pueda contemplar la ciudadanía como único sostén de las elites. Ellas sin los ciudadanos no pueden decidir, son representantes del conjunto.
  12 abril 2005   

 


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