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Portada Nº Noviembre 2005
Cultura, Ciencia y Sociedad
Sección General


SALVADOR BEL CARALT


El Estatut visto en Asturias
 

Hace unos días tuve que viajar a Asturias, a Gijón concretamente, para asistir a una convención de periodistas. Era mi primera salida de Catalunya después del “pollo” que se había montado con la discusión del proyecto de nuevo Estatuto catalán. Como la organización que sufragaba mi viaje es pobre, como casi todas las organizaciones sindicales, realicé el viaje hasta el Principado en tren, un largo recorrido ferroviario de más de doce horas de duración. Dado mi marcado acento catalán, pensé que no sería extraño que alguien me dedicase algún improperio a cuenta del debate durante los días de estancia fuera de mi tierra natal.

Nada más arrancar el expreso de la estación de Sants, me dirigí a la cafetería para tomar un refrigerio y me topé de cara con el interventor del tren, que me conminó a que regresase a mi asiento para mostrarle el billete. Mientras el empleado lo revisaba, le pregunté amablemente si había algún lugar del convoy donde poder fumar durante el trayecto, dado que el viaje era tan dilatado en el tiempo. Al responderme que no, le repliqué que tenía entendido que en los viajes de más de seis horas de duración todavía se podía fumar en algún lugar de los vagones. Me miró de arriba abajo y me espetó: “No se crea Vd. todo lo que dicen en la tele”. Cuando iba a replicarle que la televisión no mentía, que yo llevaba 30 años trabajando en ella…, me dejó con la palabra en la boca y siguió impertérrito su deambular por los vagones picando todos los billetes que se le ponían por delante.

Acompañado por el traqueteo del convoy conseguí dormir unas horas. Sobre las seis y media de la mañana me desperté y conecté el transistor. Tuve la mala suerte de que la primera emisora que sintonicé fue la COPE. A esa temprana hora ya estaba el Losantos vociferando y despotricando como cada mañana. Opté por apagar la radio y seguir durmiendo. 

Al llegar a Oviedo el tren hacía una parada de 5 minutos, así que bajé al andén y aproveché para echar unas caladas a un pitillo. Al comprobar que el interventor, el camarero y el maquinista también estaban en el andén, pensé que algo raro ocurría. Así era. Al preguntar el motivo de la demora en la salida me comunicaron que había una barricada en la vía y que la línea estaba cortada. Vaya, me dije para mi. Esto es que han visto que llegaba el tren de Barcelona y se piensan que en él viajan Maragall o el Rovireche, como le llama don Federico. Pero no, el motivo de la barricada era la protesta de los mineros asturianos, que habían convocado paros y cortes en todas las vías de comunicación del Principado. Al cabo de media hora, el tren reemprendió su viaje y en un santiamén llegamos a Gijón. 

Mi estancia en la ciudad asturiana transcurrió plácidamente. Nadie, a pesar de que mi acento me delataba, me preguntó por el Estatut ni por mi familia, y mira que me moví a placer por la ciudad. Sólo la segunda noche de mi estancia en Gijón temí que saltara la chispa. Habíamos estado cenando en un lagar cercano al centro urbano y algunos impacientes no pudimos esperar a los autobuses que nos habían llevado al lugar a los componentes de la convención mencionada, así que optamos por pedir un taxi. Dado lo voluminoso de mi figura, me senté en el asiento delantero del taxi mientras tres compañeros más lo hicieron en el asiento posterior. Nada más indicarle el hotel al que nos dirigíamos al taxista, un joven de unos treinta años, éste nos preguntó de dónde éramos. Le respondí que tres eran gallegos y que yo era catalán. Al momento me preguntó de qué parte de Catalunya y me temí lo peor. Vaya, pensé, ¿a que sale el tema del Estatut? Al responderle que de Badalona, el taxista me brindó un sonrisa de oreja a oreja. Me contó que antes del taxi era transportista, y que había viajado con un camión varios años por toda Catalunya y por Badalona concretamente. Me citó lugares comunes que los dos conocíamos sobradamente y me cantó las excelencias de los catalanes, su hospitalidad y su trato deferente. Ni un atisbo de mal rollo, ni un mal recuerdo. Sólo quedó sorprendido cuando me preguntó por mis raíces: al comentarle que mis cuatro abuelos eran catalanes no salía de su asombro, ya que la mayoría de sus amigos y conocidos tenían sus ancestros en otros lugares de la península.

Cuando llegamos al hotel, Severino, que así se llamaba el muchacho, aparcó el taxi y se vino con nosotros a gozar de la noche gijonesa. Y allí nos tienen a tres gallegos, un asturiano y un catalán tomando “sidrina” hasta la madrugada. Al final acabamos entonando el “Asturias, patria querida…”; pero no el himno del Principado, sino el “Asturias, patria querida…” de nuestra juventud, el que entonábamos siempre al finalizar nuestras farras. Sin discusiones, sin mal rollo.

Conclusión: menos escuchar la COPE y menos leer La Razón o El Mundo y más viajar por España. Aunque sea en la vetusta Renfe y sus expresos de hace cincuenta años.22 noviembre 2005  

 


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