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MOHAMED ABDELKEFI
Libertad, ¿hasta dónde? La incomprensible, tardía, violenta y reprochable tormenta levantada por unas malas y mal intencionadas caricaturas, impone unas preguntas que sería –tal vez– difícil de responder. ¿Quién manipuló la tormenta? ¿Por qué después de tres meses desde la publicación de las caricaturas? ¿A quién benefician las manifestaciones organizadas –o desorganizadas– en muchos países? Cuando se sabe que no es la primera vez –ni la última– que se trata malamente al Islam y su profeta y cuando la respuesta a la “ofensa” hubiera sido mejor, más eficaz, más pragmática, más civilizada y sin víctimas, si se hubiera limitado al uso del derecho a la contestación con unas explicaciones en las columnas del mismo periódico que publicó las caricaturas y, si fuera necesario, llevar el asunto ante los tribunales del mismo país que se proclama democrático. Pero como no hay mal que por bien no venga, la tormenta puso un importante tema en la mesa de discusión y es la libertad de expresión. Alguien escribió diciendo: “¿Cómo debemos conciliar la libertad de expresión y el respeto a las creencias religiosas?”. Por mi parte no creo que el asunto se limite al respeto a las creencias, sino que se extiende a otros horizontes como la dignidad, el honor y algunos más de la o las personas. Así que la pregunta sería: ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión y de opinión? Creo que termina donde empieza el derecho del otro. Yo no puedo, hablando de mujeres, por ejemplo, tratar y considerar la madre de alguien, presente o ausente, de fulana bajo el paraguas de la libertad de expresión o de opinión. La razón, la lógica y el sentido común obligan a no llegar –al expresarse– al insulto, ni a la ofensa, ni a la ridiculización del prójimo, sea cual sea su origen, color o creencias. Según otro, hay que “garantizar y consolidar lo conquistado a alto precio en el terreno de los derechos humanos y de la democracia”. Por supuesto que sí. Pero no debemos pasarnos de la raya del respeto mutuo, del derecho del otro –humano él también–, sea quien sea, y de no convertirnos en jueces en posesión de la verdad. Hay quien piensa, en relación con las violentas manifestaciones surgidas en muchos países, que “estamos –los occidentales– en distinto tiempo histórico”, en referencia a los países de las manifestaciones. Yo diría que estamos en el mismo tiempo, pero unos libres y unos no. Todo en este mundo tiene límite y la libertad de expresión, la libertad de opinión, no se exceptúan en este sentido. ¡Ahora bien!
¿Quién fijará este límite? ¿O hasta dónde se extiende? Lo fijará el respeto,
el sentido común, el abandono de la prepotencia, de la arrogancia y del
complejo de superioridad; así, los límites se trazan por sí mismos y se
evita la violencia de los que no saben dar otra respuesta.
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