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SALVADOR BEL CARALT


Los pancarteros atacan de nuevo
 

Satisfechos, estaban francamente satisfechos. Le habían “pillado” el gusto a eso de desfilar detrás de una pancarta y manifestarse por las calles. Mariano, Ángel y Eduardo habían comprendido, por fin, el auténtico significado de la frase que hizo famosa su prócer don Manuel: “¡La calle es mía!”. Ellos, claros exponentes de la derechona patria, que nunca antes se habían manifestado por nada ni sabían lo que era correr delante de los “grises”, estaban verdaderamente satisfechos con la sensación de invadir la calle, un espacio hasta entonces reservado a los rojos y los izquierdosos separatistas de siempre. Y la verdad es que la suerte les había sonreído en todas las convocatorias. Es por ello que, ajenos al desaliento, estaban preparando el próximo encuentro con las masas en la calle. Y esta vez tendrían que cuidar la cita con especial interés, ya que era un encargo directo del ex jefe José Mari. Y de verdad que se lo tomaron con fervor. El propio Mariano fue a comprar los esprais para pintar las leyendas de las pancartas. Había que ver con qué ahínco removía Mariano el esprai. Parecía como si el sonido de las bolitas interiores al remover el tubito le excitara cada vez más. Allí mismo, mientras pintaba la pancarta, dio las órdenes oportunas para convocar la cita. “Ángel, haremos como ellos”, dijo Mariano a su segundo de a bordo: “la convocatoria, a través de sms”. “El día 5 a las 6 de la tarde, todos en la Carrera de San Jerónimo. Pásalo”.  

Y llegó el Día D. Mariano, Ángel y Eduardo fueron los primeros en llegar. Al poco rato se les unió José Mari, que como impulsor de la “mani” no quería perderse ni un detalle. Desplegaron la pancarta y se dispusieron a iniciar la marcha. Mariano dio un ojeada hacia atrás, y… ¡horror! Aparte de ellos, sólo los conserjes de sus respectivos domicilios y un puñado de militantes habían acudido a la cita. “Ya te dije que era mal día convocar la ‘mani’ un 5 de enero a las 6 de la tarde, Mariano”, le espetó Eduardo a su jefe. “¡Pero si no han venido ni los de la Cope!”, exclamó José Mari. “Estarán celebrando la epifanía”, farfulló Ángel. “O gastando alguna broma radiofónica”, remató Eduardo. Al contemplar el desolador panorama, la pancarta se les cayó de las manos. “¿Y ahora qué le digo yo a George?”, se lamentó José Mari. A lo que le respondió Mariano: “Me parece que cada vez tienes más difícil lo de poner en marcha de nuevo el asunto de tu medalla, José Mari”. A lo que terció el ex jefe: “Y además habrá que devolver la subvención a la compañía de cola, que éstos no perdonan como La Caixa, Mariano”. Menos mal, pensó Eduardo, que nos quedarán las latas de promoción que nos regalaron. Tenemos cubatas para tiempo. 

Apesadumbrados, se dispusieron a recoger la pancarta, no sin antes darle una ojeada a la leyenda que tan bien le había quedado a Mariano: Abajo los Reyes Magos. Viva Santa Claus. Mientras recogían la pancarta, a lo lejos se oían las fanfarrias de la cabalgata. José Mari llamó a su esposa: “Anita, dile a Alberto que nos haga un hueco en el balcón del Ayuntamiento, que ahora vamos para allá”. Por lo menos, pensó José Mari, que salgamos en la foto. “¿Qué cómo ha ido la ‘mani’, me preguntas? Ahora te lo cuento, Anita, ahora te lo cuento….”.5 enero 2006   

 


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