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MOHAMED ABDELKEFI
¿Por qué las colas inhumanas en la Comisaría Central de Inmigración? Alguien dijo una vez que no hay nadie más cruel para con el ser humano que su semejante. Tal crueldad se manifiesta en todo y por todo y a todos los niveles, pero aún más cuando se trata de superior a inferior o, mejor dicho, cuando actúa quien se cree mejor contra quien considera inferior. Allí la crueldad aparece con su más fea y horrible cara, cayendo sin piedad ni consideración de ningún tipo sobre sus “víctimas”, que en la mayoría de los casos no pueden o no se atreven a reaccionar contra sus “verdugos” mas que con lamentaciones y paciencia, mucha paciencia. Todo lo que digo aquí, y es poco, me lo ha inspirado una visita de trabajo que efectué un día, concretamente el 9 de mayo de 2006, a la Comisaría Central de Inmigración, o como se llame, en el barrio madrileño de Aluche, con la intención de entrevistar a funcionarios e inmigrantes solicitantes de permisos y buscadores de legalidad. Allí fui y choqué con un espectáculo horrible, indescriptible, inhumano, repugnante, revulsivo: colas y más colas, una cola de casi un kilómetro de largo, sin exageración, de seres humanos, de personas de todas la edades, de todos los orígenes y de todos los colores, expuestas en pié a la intemperie, al sol infernal en aquel día, horas y horas (por no decir día). Me acerqué y escuché: – Lo hacen a propósito para hacernos sufrir, para que abandonemos. – ¡Así lo quieren los jefes! – Sí, los superiores. – ¡Pero si los superiores ni se enteran de lo que pasamos aquí! – Sí que se enteran. ¿Para qué sirven los guardias? – Para hacernos sufrir más. – No todos. Hay algunos muy amables y actúan con bondad y gentileza. – ¿Y los otros? ¿Qué me dices de los otros, que se consideran dioses y nos tratan como basura? 1.500 personas para estampar sus huellas en un solo día… – Yo estoy aquí desde anoche y mira lo que tengo delante de mí. – No me extrañaría que vayamos a dormir aquí… Lo que acabo de reproducir es una mínima muestra, una mínima parte de lo que pude oír y escuchar en aquel día, omitiendo reproducir quejas de sufrimientos físicos, de necesidades físicas y otras de índole personal, porque no quiero transcribir más de lo que, según mis rígidos y estrictos criterios, cabe dentro de los límites de la educación y de la decencia. Después de lastimar mi pobre corazón humano y herir mis sentimientos de piedad y compasión con lo que veía y escuchaba, intenté llegar a algún responsable para averiguar cómo se maneja todo aquello, cómo se enfrentan los jefes y los subordinados, funcionarios de aquel infernal centro, a todos los problemas y operaciones no fáciles de realizar ni de solucionar. He dicho intenté, porque con toda la amabilidad, toda la gentileza y todo el buen trato –gracias a mi carné profesional– que recibí por parte de guardias y otros empleados, no llegué a tomar contacto con ningún responsable y volví bredouille, o sea las manos vacías, sin conseguir mi entrevista. Una pregunta que se hacen los sufridores de este asunto, que son los solicitantes de permisos, residencias y legalización de situaciones, pregunta que hago mía, es: ¿Por qué esta centralización? Y añado: ¿Por qué en la era del ordenador y sus redes, que permiten la descentralización y el reparto de las tareas, se obstinan en tener todo en el mismo momento y lugar? ¿Cómo es posible recoger en un solo día 1.500 huellas dactilares? Creo que para un problema como este la solución es fácil de encontrar si hay buena voluntad: que cada solicitante presente su expediente en la comisaría de la zona de su domicilio, equipada con un ordenador conectado a la red central y un funcionario sin más. Sé que se dirá: “no es tan fácil”. Pero aún así soluciones habrá para liberar, salvar, a los solicitantes de sus sufrimientos y a los funcionarios de la infernal Comisaría Central de su inaguantable castigo y cansancio. ¡Sepa Dios que he cumplido! Como mensajero he transmitido el mensaje de los sufridores, que al enterarse de mi profesión me pidieron, insistiendo a veces, que escriba algo para que los responsables se enteren. Ya he escrito. ¿Se enterará alguien? ¿Se interesará alguien? ¿Se buscarán soluciones para aligerar las dolencias de los pobres inmigrantes, que según el refrán “no les empujó a lo amargo sino lo que es todavía más amargo”? No estoy
seguro, pero lo he dicho.
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