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CECILIO URGOITI La inmigración no sólo se da en Canarias
El fenómeno de la inmigración nos está llevando a situaciones rígidas y están teniendo lugar en diferentes lugares del mundo desarrollado; por tanto, son preámbulos de lo que va a seguir ocurriendo. Si no se vigila como es debido, y la mejor fórmula humana de llevarlo a cabo no es frenar la inmigración en masa que estamos sobrellevando, las consecuencias pueden ser incalculables. Para ello debemos abordar muchas medidas y todas deben ir encaminadas a solucionar el problema en origen, principalmente por cuanto las bandas organizadas logran pasar a todos estos necesitados en condiciones inhumanas y sin ningún tipo de garantías. Estos seres humanos huyen de sus países, porque o bien no pueden vivir allí, o vienen buscando una mejor situación humana para sí mismos o su familia, cosa lógica por demás. Si miramos la inmigración de África hacia Canarias y analizamos el portento “patera”-“cayuco” podemos ver un lado terrible de esta huida y abandono de la más dura realidad del desarraigo social de estas masas humanas. El enviado de la ONU para el Cuerno de África, Kjell Bondevik, advirtió los pasados días en El Cairo que la situación en esa región es muy crítica y pidió ayuda humanitaria urgente para las zonas más castigadas. “Hay un crisis seria y real en esta zona, en la que más de ocho millones de personas se enfrentan a una grave carencia de alimentos y necesitan ayuda urgente”, aseguró al entrevistarse en la capital egipcia con el secretario general de la Liga Árabe, Amro Musa. Según fuentes de la Liga Árabe, que agrupa a 22 países, la entrevista entre ambos se centró en la situación en Sudán, Somalia, Kenia, Etiopía y Eritrea, que se enfrentan a la sequía, la desertización y las guerras civiles. Por ahora son pocos los que de esa zona se desplazan a Canarias, o al menos es lo que manifiestan cuando llegan presos de miedo, frío y sufrimiento reflejado en sus rostros. La ayuda que se les presta es loable, tanto desde las Administraciones como desde las ONG, pero no pasa de ahí. A la par, hay que perseguir y penar con la máxima contundencia a quienes se aprovechan de toda esta masa de inmigrantes, que en su mayoría vienen jóvenes y fuertes para el trabajo..., pero que son esclavos para los nuevos negreros, que recuerdan aquellos otros que existieron hasta el siglo XIX. Hasta hace poco, con las pateras, lo normal era que se tratase de embarcaciones débiles que daban inseguridad a sus ocupantes. Ahora la sensación de estabilidad y unos motores que ofrecen un mínimo de garantía podrían ser las características principales de los cayucos, algo mayores que las pateras, pero las unas y los otros son pequeñas barcas sin ningún atisbo de seguridad. Antes, los tramos para su traslado eran más cortos y por tanto el riesgo menor. Así debía ser, ya que el patrón volvía con la embarcación al punto de partida y, por lo general, era gente experimentada que contaba con un bote preparado para faenar en alta mar pero reconvertido para ofrecer cruceros a “Occidente” como gusta decir a José Luis Sanpedro. En cambio, hoy muchos de los patrones no son más que hombres que quieren llegar a la otra orilla, con conocimientos mínimos de marinería y apenas destreza para alcanzar tierra firme, sin tener que devolver la barquilla, algunos ayudados por un GPS en el mejor de los casos. Un patrón de Salvamento Marítimo, con base en el Puerto de los Cristianos en Tenerife, es una de las personas que más directamente trabajan con los inmigrantes. Auxiliado por su equipo, los recoge en alta mar. Este experimentado marino reconoce que “las embarcaciones que se utilizan ahora son cada vez más grandes. Cuando logras llegar hasta ellas muchas hacen agua. Además, con el peso, navegan a poco más de una cuarta por encima del mar. El panorama es desolador”. Por las costas canarias es normal encontrar barquillas, pateras o cayucos, que en muchos casos conservan aún en su interior ropa, botellas de agua y panes, un surtido que casi parece más un equipo de supervivencia para quienes se lanzan al Atlántico en condiciones infrahumanas en busca de una vida mejor, objetivo que la mayoría de las veces no consiguen. Asegura este patrón que en alguna ocasión ha remolcado la patera vacía con la patrullera “y al llegar a puerto sólo queda el palo al que se amarró el cabo”. Se habla de que son buques nodriza los que les acercan a las costas. En Salvamento Marítimo ni lo confirman ni lo desmienten, dicen que “da la impresión en algunos casos de que puede ser así, pero los buques nodriza no han sido avistados y los restos de alimentos y enseres que se encuentran en los cayucos hacen pensar que viajan desde lejos”. No hace cuatro años, raro era el día que no llegan pateras a algún punto de las costas canarias o andaluzas. Rara es la semana que no teníamos noticia de algún naufragio. Es posible conocer, más o menos, el número de cuerpos sin vida que devuelve el mar y quedan esparcidos por la arena y entre las rocas; lo que muy probablemente no llegaremos a saber nunca es cuántas personas han quedado atrapadas para siempre en sus profundas aguas. Estas semanas pasadas, las televisiones han argumentado la noticia sobre cayucos en las bahías de los puertos canarios con miles de inmigrantes, con imágenes verdaderamente espeluznantes, llegando a ser hasta ocho en un solo día. “Las imágenes mostradas por las cadenas de televisión son insoportables”, denunció el embajador de Marruecos en España hace menos de un año. Y tiene razón. Toda la razón del mundo, pero se equivoca cuando afirma que se trata de una “campaña mediática”, “denigrante para las víctimas” y dirigida a la opinión pública española, “que puede acabar fomentando la xenofobia”. Me temo que lo denigrante para las víctimas es que se vean obligadas a arriesgarlo todo, incluso la vida, intentando huir de la pobreza y el subdesarrollo, y que su desesperación les convierta en presa fácil de traficantes sin escrúpulos mientras las autoridades del país permanecen impasibles ante la miseria y ante la tragedia que ésta provoca. El rey Mohamed VI se decidió a anunciar, no hace un año, la creación de organismos encargados de elaborar y de poner en marcha un plan de lucha contra las redes de emigración clandestina. Por otra parte, constatada queda una vez más la imposibilidad de poner puertas al campo (en este caso al mar). Si las puertas fueron las vallas de Ceuta y Melilla, ahora ya se pide otra valla en medio del Atlántico. Y ésta al parecer son barcos de la Armada, por tanto territorio español y lugar de rescate de esas personas, realmente estimable. ¿Qué otra cosa puede hacer un buque de la Marina? Lo real es que se han generado dudas más que razonables sobre la capacidad de las autoridades españolas, tanto estatales como autonómicas, para controlar el flujo migratorio procedente de África. Las denuncias de quienes viven sobre el terreno día a día el problema, de muchos voluntarios que dedican prácticamente las 24 horas del día a ayudar en lo que pueden a estos inmigrantes, ponen de manifiesto la escasez de efectivos disponibles y de medios de salvamento, si bien es verdad que cada día son más y más eficientes. Algo que se ha de tener en cuenta con el fin de ayudar es ser ágiles para no añadir más tragedia a la tragedia. De poco sirven las reformas y contrarreformas legales si no van acompañadas de las medidas y de los medios necesarios para garantizar el control de la inmigración ilegal y, por supuesto, socorrer a las personas. Salvamento Marítimo, Guardia Civil y autoridades autonómicas, municipales y del Estado deben ser una sola cosa para obtener tal objetivo. A mi modo de ver, la cercanía de África a Canarias tiene varias lecturas. Incidamos en dos de ellas. Por una parte, se puede ver como una oportunidad económica de expansión comercial, ya que Canarias podría actuar como puente en realizar inversiones y liderar el desarrollo al menos de parte de ese continente. De hecho ya hay acercamientos comerciales no sólo en Marruecos, sino con países del entorno. La cercanía “hipotéticamente” serviría como ventaja competitiva frente a otras regiones o países que deseen arrancarnos tal posible liderazgo, al menos de cercanía como digo. Por otra parte, la vecindad de África implica también arrastrar o al menos contagiarse de los problemas de ella. El caso más palpable de esta segunda asimilación es la inmigración ilegal. El desfase entre una y otra economía provoca esos movimientos humanos. Son de goteo, por la constancia, y por tanto los de quizá mayor impacto a largo plazo. Me explico: la inmigración ilegal, la de “pateras-cayucos”, es muchas veces subestimada porque es sólo valorada en términos cuantitativos. Y aun en estos términos, sólo se cuantifica lo que se ha podido medir, no lo real. Ninguno de los dos casos nos permite indicar que tienen imbuida la famosa “ética protestante”, aquella que según dijo Max Weber proporcionó los valores claves para el surgimiento del capitalismo y la prosperidad moderna (trabajo, sacrificio y vida austera). Sin embargo, hay una percepción de cercanía (cultural, histórica, racial) mucho más evidente entre la inmigración procedente de América que en la de África. Por eso las diferencias cualitativas entre esas dos clases de inmigración son radicalmente distintas. Y si se considera el movimiento migratorio más importante, el que viene de la Unión Europea (de Alemania o Inglaterra, por ejemplo), el contraste se acentúa aún más cuando se compara con la población inmigrante derivada de África. Cuantitativamente, según datos, la más numerosa es la comunitaria sumando aquí la peninsular y también la de mayor impacto demográfico. Pero hay una diferencia que a mi juicio es crítica: África carece de experiencia de vida en sociedades modernas. Y esto tiene consecuencias. Porque vivir en una sociedad así tiene sus beneficios, pero también sus obligaciones y exigencias. Estoy seguro que la pobre gente que viene en pateras sabe más de los beneficios que de las obligaciones. Los inmigrantes de cayucos, al entrar en Canarias con estas grandes y serias desventajas, no sólo asumen riesgos desproporcionados, sino que además contribuyen a deteriorar el entorno social al que quieren incorporarse. Por ello debemos proporcionarles las medidas de integración, de tal forma que asuman las costumbres sociales a las que han de integrase como forma normal de convivencia. También es un hecho palpable en toda Europa el surgimiento de tendencias ultraconservadoras, con claros toques xenófobos y racistas. Evitarlo debe ser el objetivo inmediato pero no el fin, ya que éste debe ser la generación de riqueza en su país de origen con el solo principio de su bienestar y de su vivencia en democracia. La inmigración irregular es un fenómeno reciente en Canarias, aunque su irrupción ha sido tan concluyente y en tan corto espacio de tiempo que hubiese sido preciso que, en un acto reflejo, el Gobierno del Estado hubiese aplicado en su momento medidas eficaces con la misma celeridad que las ha tomado en el fenómeno territorial. Para evitar lo que hoy es uno de los problemas que más preocupa a los canarios, no se ha actuado desde Madrid con rapidez para atajar los efectos de un portento cuyos aspectos negativos se multiplican en un territorio tan limitado como el nuestro. Y ello ha generado una reacción social de protesta, por la pasividad del Estado y por los escasos resultados que se han obtenido desde que el Ministerio del Interior se convenció de que la inmigración irregular era un problema en Canarias y que necesitaba respuestas. La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega visitó Canarias queriendo conocer de cerca la situación, pero vio que el problema era mayor y había que actuar en origen. Así que ahora, meses más tarde, se empieza con la apertura de una ofensiva diplomática. Creo que dará resultados si va acompañada de la pertinente ayuda al desarrollo de esos países. Occidente esta obligado a devolver a África lo que ha ido cogiendo sin más permiso que el que él se dio. Pero siendo el horizonte actual no poco angustioso, puede decirse que las inmigraciones europeas apenas han hecho otra cosa que empezar, pues la presión demográfica africana y asiática va a impulsar ese fenómeno de manera extraordinaria. En un artículo publicado el pasado año en El País, Guillermo de la Dehesa subrayaba que en el próximo medio siglo “la población del continente negro pasará de 770 a 1.800 millones de personas, con un incremento, pues, de 1.030 millones, es decir, un aumento del 137 por 100. En tanto que en Asia, la carga demográfica se elevará desde 3.960 a 5.340 millones, con un aumento, pues, de 1.400 millones, lo que representa un incremento del 35 por 100. Mientras tanto, Europa, en esos mismos cinco decenios tendrá un decremento vegetativo de 200 millones”. No hay que ser por tanto un experto demográfico, para darse cuenta de que la presión desde el Sur y el Este sobre la Unión Europea va a ser virtualmente irresistible. A menos que se tomen medidas efectivas para frenar tan masiva invasión. Por eso tiene tanta importancia que la Unión Europea se tome el tema inmigratorio como uno de los más importantes de su agenda de cambios inmediatos. En ese sentido ya se inició la búsqueda de soluciones en el Consejo Europeo de Tampere, Finlandia (octubre de 1999), para después entrar en una fase de dilaciones hasta celebrarse el Consejo de Sevilla (junio del 2002), en el cual Francia boicoteó la propuesta española de que los países en desarrollo que no cooperen con la Unión Europea para controlar la inmigración clandestina tendrían que experimentar recortes en los fondos de ayuda. Las medidas que cabe imaginar de cara al futuro es el establecimiento de un “visado europeo” para los países más activos en materia de inmigración. De manera que entrar en la Unión como turistas o similares no sea tan fácil. A lo cual debería agregarse el requisito de que toda permanencia por encima de un tiempo muy reducido se vincula a la disponibilidad de un contrato de trabajo efectivo, con compromiso de retorno una vez terminado. Cuestiones a las que podría agregarse un sistema diplomático único a escala de toda la Unión para el movimiento de inmigrantes, y una policía federal europea para la vigilancia conjunta de las fronteras más problemáticas. Naturalmente, una política así debería corresponderse con la idea de que no es bueno, ni para los ciudadanos comunitarios ni para los inmigrantes, una situación como la actual, que lleva a resistencias de todo tipo por parte de los primeros, e incluso al racismo, y a graves frustraciones en los segundos. Por lo cual, todo lo dicho debería completarse con una política de cooperación al desarrollo mucho más activa que la actual. Incluso, cabría pensar en un impuesto europeo con tal finalidad, yo repasaría la “Tasa Tobin”, los grandes flujos de capitales circulan a su libre albedrío, que permitiera financiar proyectos para que una buena proporción de los inmigrantes en potencia se queden en sus propios países con mejores perspectivas de vida. Los impuestos son también políticas de izquierda del 2006. El asunto es peliagudo, complejo, pero tiene que empezar a ser solucionado de forma tajante, respetando los derechos humanos, pero sin caer en la permisividad ni en el desorden más absoluto que hoy prevalece. En definitiva, no estamos ante meras cuestiones difíciles de inmigración en Canarias, en España, sino ante un problema y una solución claramente de dimensiones europeas.
Las cifras totales siguen diciendo que Latinoamérica continúa produciendo un
exceso anual de población que oscila entre los sesenta y setenta millones de
personas. Esta desproporción se genera en áreas deprimidas y aumenta la
pobreza. En ese sentido es un problema y un desastre global... Por otro lado,
está el asunto de la inmigración que, por supuesto, está movida por la
pobreza y protagonizada por países con exceso de población. Si se reduce la
tasa de crecimiento demográfico, también disminuirá la presión en las
fronteras occidentales. Esto sería muy útil para controlar los flujos
migratorios y hacer que sean gestionados y aceptables. Diez mil personas (en
lo que va de año en Canarias) no son un problema, pero en África hay
doscientos millones que quieren salir de allí. Y esto es la mitad de la
población de Europa...
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